Describiría el relato, entrevistaría a su familia, diría que fue buena persona, que cuánta injusticia se vive hoy en día, pero ¿para qué? Sí sucedió en plena luz del día, todos lo vieron: “lo masacraron como a un perro”, dijo un testigo. Corrección, nadie hubiera dejado que maten al perro. Pasará la moda de las IA pero continuará el goce heterosexual de matar al grito de "puto de mierda"
Escribo para que mi casa deje de oler a azufre. Dicen que los muertos descansan en paz, yo lo dudo, nunca hablé con uno, menos con uno asesinado por la policía. Escribo porque el cuerpo sulfurado me mira y yo lo veo. Su boca acallada por la patada de una, dos, tres, cuatro pares de botas negras, magullaron sus labios hasta silenciarlo. Los muertos son de los otros, las angustias son nuestras.
Escribo como enunciación de cualquier acto que pueda parecer de justicia. Está vieja, vetusta y actúa según su antojo. Ya no escucha, tampoco camina. Más parecida a la madre de Norman Bates que a sus años de alfombra roja durante el juicio a las juntas. Escribo porque no me puedo sacar de encima el cuajo en el pecho de tener que contar que otra vez mataron a uno de los nuestros.
Describiría el relato, entrevistaría a su familia, diría que fue buena persona, que cuánta injusticia se vive hoy en día, pero ¿para qué? Sí sucedió en plena luz del día, todos lo vieron: “lo masacraron como a un perro”, dijo un testigo. Corrección, nadie hubiera dejado que maten al perro.
Ni siquiera quisiera escribir esto, nada quita de mi nariz el olor a azufre, tampoco el silencio que recorre “mi departamento” al que le subieron el precio, porque no vaya a ser cosa que a la inmobiliaria le llegue la inflación. No hay neurosis que organice la enfermedad que atañe nuestras vidas. El pecado no nació con nosotrxs, aunque seamos la piel que refleja el deseo de ser acallado, pateado, hurgado hasta encontrar “la cura”, aún si eso significa la muerte.
Tapa de Clarín del 25 de marzo de 1976: TOTAL NORMALIDAD. Eso se siente escribir este esbozo que no va a ningún lado. Quizás podría sonar a sensacionalismo pero a ese titular en 2025, habría que ponerle: “TOTAL NORMALIDAD: lo mataron por maricón”.
“Quiero decir tu nombre/ por cada vez que te gritaron put*/ quiero decir tu nombre/ como marica que no firma el silencio/ como lengua viperina que se rebela al miedo/ para desobedecer la muerte”, (Wala Deasis).
Samuel Tobares
Cadáveres
Miro mis manos que quieren narrar algo y se topan con la muerte. Ese vacío legal que se explica por las causas, más que por el silencio que produce. Testigos que cuentan lo sucedido y jueces que acusan a dos perejiles por “homicidio paraintencional”. Culpables hay en todos lados, la inquisición es el olvido.
Las uñas de mis dedos están todas comidas, por los nervios, por la amargura, porque la sangre me recuerda que estar viva se parece, muchas veces, a un sueño. Total normalidad, otro puto sin nombre muere a plena luz del día. Total normalidad, una trabajadora sexual es encontrada adentro de una bolsa, repartida en partes por la ciudad. Total normalidad, una fotógrafa trans es dejada moribunda afuera de un hospital. Su última foto: un patrullero que tenía escrito gatos en el capot.
“Bajo las matas/ En los pajonales/ Sobre los puentes/ En los canales/ Hay Cadáveres” (Hay Cadáveres, Néstor Perlongher)
En un punto, le tenemos más miedo a la exageración que a la muerte. La persecución, sospecha y paranoia es tema de mortales, de psiquiatras y de psicólogos; la muerte es gratis. Pienso en la correspondencia de Perlongher antes del exilio: “cada vez hay con quien menos hablar: a unos los traga la emigración y a otros el silencio, la pesadumbre de una barbarie incomprensible”. El Estado de Sitio produce sus propios fantasmas.
Aunque tratemos de despegarnos de la malaria persecutoria y elijamos creer que la democracia es la reparación del hecho siniestro de un gobierno de facto, el contrato social cuando ve reducido su caudal de acceso a bienes y servicios, ajusta y reprime sobre los márgenes, no hacía adentro de los beneficiados. Es como sí el “quién las hace, las paga”, fuese el nuevo “algo habrá hecho”.
“Hubo muchas compañeras que abandonaron matándose, vistiéndose de una manera que no eran ellas, escondiéndose. A los trece años, con esa primera detención, escuché palabras que jamás había escuchado. 'Puto, degenerado, invertido'. Mucha violencia verbal, que cuando salí, le pregunté a mi hermana y ella me dijo: 'las mujeres siempre somos violentadas y vos sos un tipo de mujer que vas a tener mucha más violencia'”, (Ivana Aguilera, Enfant Terrible).
Por: Paloma Cerna
Pecado nefando
Cada cita, cada fragmento de poesía, cada anécdota está atravesada por la incertidumbre del “closet”. Es una metáfora que tiene vida propia. Es un termino prestado para las vergüenzas nimias que puede tener la heterosexualidad en estos momentos donde se banaliza cualquier sentido. Sin embargo, ese signo es real. Una vez mostradas las alas, se borra cualquier pasado, para pasar a ser presente perfecto simple: maricón.
Salir del closet es un pasaje directo a lo clandestino. La política partidaria, esa que se jacta de cambiar la democracia es tibia, lívida, impávida para nuestras realidades. Y debo de decir que como población marginada lo hemos aceptado, quisimos creer que la Justicia y el Estado nos escuchaban, que Tik Tok e Instagram nos daban visibilidad, que el Pride era compartido; más nunca se deja de ser el nombre asignado al salir del closet: puto.
“No importa el estatus que tengas, te caes de la humanidad misma. Perdemos nuestra esencia, si se quiere, de seres humanos. No hay parangón. Lohana lo llamaba 'identidades cloacalizadas', Hanna Harendt habla de lo 'paria' y mi amiga Cristina decía 'nos bañan en oprobio'. Es total, es absoluto, es imposible e irracional, quedas en una encerrona trágica”, (Marlene Wayar, Enfant Terrible).
Nos acostumbramos porque también queremos una vida tranquila. La fantasía de la loca aceptada por el sistema. Lo único antinatural que existe: creer que podemos formar parte del sistema heterocisexual. Que nos festejen la fiesta una vez al año no significa que formamos parte de sus políticas públicas. Leí por ahí que en la marcha éramos la mitad del padrón electoral que vota en Córdoba, 400.000 personas. De igual manera, un camión con música, sin consigna, es pop para las masas.
“No podía entender ese odio y si entendía muy bien cual era el nexo que me unía a ese objeto de odio. Ella era travesti, yo era travesti, ella era pobre y ejercía la prostitución, yo también y sabía que me podía suceder a mí. Un estado confusional donde yo y Ave María somos iguales, éramos objetos del mismo odio y nos tocaba el mismo futuro”, (Marlene Wayar, Enfant Terrible).
El confeti dura lo que dura la fiesta. No es ir en contra del encuentro, es una crítica abierta a que la organización que hizo posible todo lo recuperado hasta hace unos años atrás, al punto de hacer parte de la agenda pública el reclamo por la “reparación histórica”, creó un lenguaje político propio y que parece velado: estrategias de cuidado para un sistema que nos abyecta.
Podemos quitarnos de encima el oprobio, reconocernos en nuestro propio abecedario LGBTIQNB+, pero siempre estaremos con un pie adentro y otro afuera, en tanto somos la marginalidad de la norma, lo liminal de lo clandestino. Esa es nuestra marca imborrable, impronunciable y siempre técnica eficaz de la estructura patriarcal capitalista. Si yo huelo azufre por mis compañerxs, la policía huele putos a la distancia.
“El pecado nefando está ahí en todos lados, es visible y es parte de la culpa de la demonización. A partir de ahí las mujeres pierden su rango de pares. Comienza la jerarquización en relación al sexo, todos serán esclavos pero de manera estratificada, solo basta con tener pene para estar por encima. Esto no está desteñido de culpa y ahí entra otro de los ejercicios que trajo la occidentalización: la negación. Eso tiene que ver con el éxito tremendo que han tenido en su ejercicio genocida”, (Marlene Wayar, Enfant Terrible).
Pedro Lemebel por: Barbara Alper / Getty
Hablo por mi diferencia
Si bien existieron gobiernos con quienes se pudo realizar ciertos acuerdos para la recuperación de nuestros derechos, en estos últimos dos años el ajuste a trabajadores fue tan brusco que la pobreza alcanzó un rango por encima de la media poblacional: 67%.
Entre esos recortes y la nivelación hacía abajo de un gobierno que no será de facto, pero que tiene cada vez más empleados estatales a favor de la mano dura, como la nueva ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, o el nuevo ministro de Defensa, Carlos Presti, la población LGBTIQ+ quedó completamente desprotegida.
Durante la post dictadura, mientras unos gozaban de la “vuelta de la democracia”, tantos otros y otras, eran perseguidos por la nueva unidad de seguridad: “los cazamariposas”. Déjà-vu.
La tecnología avanza, la libertad avanza, la represión policial avanza, pero hay cosas que siempre se mantienen con total normalidad: “por rojo y por maricón”; “por puto y comunista”; “puto de mierda”. La primera frase corresponde a lo último que escucho Federico García Lorca antes de ser fusilado por el franquismo; el segundo a matones contratados, según dicen, por el gobierno y el clero italiano de los 70, para matar a Pier Paolo Passolini, el tercero del grupo de policías que mataron a Samuel Tobares.
“No necesito disfraz/ Aquí está mi cara/ Hablo por mi diferencia/ Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro/ Me apesta la injusticia/ Y sospecho de esta cueca democrática/ Pero no me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor/ Hay que ser ácido para soportarlo”, (Hablo por mi diferencia, Pedro Lemebel).
La injusticia se parece mucho al olor a azufre, al sabor a poco que ofrece este sistema para nosotras. No importan los títulos cuando se lleva un diagnóstico 'erradicado' de los manuales, pero que continúan en el imaginario social y democrático. Nuestros cuerpos liminales guardan ese oprobio que trajo consigo la colonización, a la par que también continuamos buscando en ese lenguaje político propio, para no desatender lo que nos duele.
“Usted no sabe/ Qué es cargar con esta lepra/ La gente guarda las distancias/ La gente comprende y dice: Es marica pero escribe bien/ Es marica pero es buen amigo/ Súper-buena-onda/ Yo no soy buena onda/ Yo acepto al mundo/ Sin pedirle esa buena onda/ Pero igual se ríen”, (Hablo por mi diferencia, Pedro Lemebel).
Igual se ríen. Nunca quise, ni quisimos la cura de esta enfermedad. El mayor de los padecimientos es la negligencia heterocisexual. Un mundo manejado por varones que lloran el sufrimiento de su propio sistema.
“¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?/ Y no hablo de meterlo y sacarlo/ Y sacarlo y meterlo solamente/ Hablo de ternura compañero/ Usted no sabe/ Cómo cuesta encontrar el amor/ En estas condiciones” (Hablo por mi diferencia, Pedro Lemebel).
Un deseo continuará latiendo, espero, en las nuevas generaciones que se van gestando y es conocer que después del closet, empieza la vida. Con todo lo que conlleva: construir nuestro propio sentido de pertenencia, aún, si nos matan en el intento.
“Que la revolución no se pudra del todo/ A usted le doy este mensaje/ Y no es por mí/ Yo estoy viejo/ Y su utopía es para las generaciones futuras/ Hay tantos niños que van a nacer/ Con una alita rota/ Y yo quiero que vuelen compañero/ Que su revolución/ Les dé un pedazo de cielo rojo/ Para que puedan volar”, (Hablo por mi diferencia, Pedro Lemebel).
Fotografía de portada: Débora Cerutti y Guada Scotta
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