Perú: elecciones, fragmentación y crisis de representatividad

Con una oferta hiperfragmentada, las y los peruanos fueron a las urnas para elegir quién será el noveno presidente en menos de una década

Tras la jornada electoral celebrada este domingo 12 de abril -y continuada el lunes por faltante de material en centros de votación-, los primeros resultados oficiales procesados por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) confirman un escenario de alta fragmentación política y una relativa victoria de derecha.

Según ONPE, al mediodía de este martes 14 de abril de 2026, la candidata Keiko Fujimori (Fuerza Popular) se sitúa en una posición de liderazgo relativo con un 16,8% de los votos, lo cual evidencia que ningún candidato logra aglutinar una mayoría sólida, algo ciertamente previsible con la presentación de 35 candidaturas.

Esta dispersión dibuja un escenario de segunda vuelta donde pelean por el segundo lugar candidatos como el alcalde derechista de Lima, Rafael López Aliaga (Renovación Popular) 12,7%, el centrista Jorge Nieto (Partido del Buen Gobierno) 11,8% y el izquierdista Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) 10,1%.

Jerí y Boluarte, los dos últimos jefes de estado del Perú, ambos no fueron votados por el pueblo y ambos fueron vetados por el Congreso. Foto: Congreso de Perú.

¿Una crisis permanente solo contra los trabajadores?

La crisis de gobernabilidad en Perú es una marca registrada para la historia reciente de Latinoamérica, con la sucesión de ocho presidentes en apenas diez años; un fenómeno que ha convertido la excepción constitucional en una norma política, incluso con un régimen denunciado por centrales obreras y organizaciones indígenas como dictadura.

Con la plena normalización de la vacancia y la renuncia como mecanismos de resolución de conflictos intrapartidarios, el estado de interinidad se ha hecho permanente, siendo una particularidad en la región.

Sobre este panorama, Yair Cybel (periodista y analista geopolítico) sostiene que el Perú ha logrado mantener una macroeconomía estable y ordenada, con indicadores fiscales claros, pero bajo un modelo que deja a la gran mayoría de la gente afuera del bienestar. Esta desconexión permite que el Banco Central de Reserva funcione con autonomía mientras las calles demandan servicios básicos que el Estado, sumido en sus disputas internas, no garantiza.

La realidad indica que la estabilidad de la moneda y la disciplina fiscal no han sido suficientes para contener el descontento de un sector informal que, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), alcanzó el 70,2% al cierre de 2025, condenando a siete de cada diez trabajadores a la ausencia de derechos laborales.

La percepción de una elite política enfrascada en sus propios intereses mientras los indicadores de desarrollo humano se estancan -con un IDH que apenas roza el 0.662 y sigue por debajo de los niveles previos a la pandemia- explica -en parte- la fragmentación electoral que hoy se observa en los resultados.

Este divorcio entre las cifras macroeconómicas y la realidad cotidiana se agrava al observar que la pobreza monetaria, según el propio Estado peruano, afecta al 27,6% de la población, lo que representa a más de 9,3 millones de peruanos que no logran cubrir una canasta básica. Aunque estudios no oficiales como el Índice de Pobreza Multidimensional de la Universidad de Lima sugieren una profundidad mayor, estimando que 10,8 millones de personas enfrentan carencias críticas en salud, vivienda y conectividad.

Foto de portada: Getty.

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