Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Pasaron casi tres semanas desde que un cartucho de gas lacrimógeno lo alcanzó en la cabeza. El disparo fue realizado por el Cabo Primero Guerrero de la Gendarmería Nacional.
“Habla, mira, ve, oye, mueve los brazos, las piernas, da pasitos y tiene memoria reciente”, dice con alivio Fabián Grillo, su padre, tras más de 20 días de vigilia a su lado en el Hospital Ramos Mejía.
En el policlínico de Barrio Balvanera se congregan -día tras día-, familiares, amigas de toda la vida y hasta jubiladas que jamás lo conocieron. La vida se ha detenido para ellos, mientras Pablo pelea y mejora.
Agradecidos de “caer en la salud pública”, la familia agradece a las trabajadoras del hospital y la solidaridad de quienes se acercaron a darles abrazos, pero también de quienes donaron sangre. “Necesitan donaciones constantemente, en el Ramos Mejía o en el hospital que puedan, acérquense. Porque hoy es para Pablo, pero mañana la necesita alguien más”.

María del Carmen, Fabián y Emiliano -madre, padre y hermano- son los pilares en los que se sostiene el joven oriundo de Remedios de Escalada. Sentados en una esquina detrás de la capilla del hospital, en el jardín que ahora es el punto de encuentro, conversan con la tranquilidad de quienes saben que, a pesar del dolor, en familia pasarán esta tormenta.
Pablo se recupera a pasos agigantados, el martes fue trasladado a rehabilitación. El proceso es lento, pero se mantiene firme. La dedicación de los trabajadores de la salud fue y es clave en ello.
María del Carmen cuida a su hijo. Lo alimenta, le habla, se mantiene cerca. Cuarenta años en la salud pública la convirtieron en sostén de tantos, y hoy, una vez más, es sostén de los suyos.
La historia se cruza, se entrelaza. María trabajó en el Hospital Interzonal de Agudos Evita, donde Pablo trabajaba como jardinero antes de ser herido. Allí solía caminar entre enfermeras y pacientes, regar las plantas y cuidar espacios comunes. “Buscaba habitar de forma distinta ese lugar. Ofrecía que sea una experiencia distinta. Les llevaba plantines a los pacientes de salud mental para que transiten su estadía con otras sensaciones”, cuenta su madre.
“Acá las enfermeras son re macanudas”, comenta con el tono de quien compartió incontables charlas de pasillo. Son ellas las que acompañan, las que sostienen. “A mi hijo lo motivan todo el tiempo, ¿vieron cuando me apretó la mano?”, le pregunta a su familia, y afirma: “ellas son fundamentales en esto. Hace dos semanas que no veía a Pablo sonreír”.

La política no es una mala palabra en esta familia. No lo fue para la madre de María y abuela de Pablo, ni para ella tampoco. “A mi mamá le gustaba la política, y así me acerqué yo. Por eso mis hijos supieron desde chicos que militar no es un insulto”, cuenta.
Fabián -el padre- lo dice sin titubeos: “Nosotros estamos de un lado de la vereda. Respetar las ideas de los demás, discutirlas y poder convivir es una cosa. Justificar que le rompan la cabeza a alguien, eso no es un problema ideológico, es un problema humano”.
La militancia se aprende y se ejerce. Emiliano y Pablo la encontraron en la secundaria, en la Escuela Media N° 17, conocida en la zona como “Medio Caño”. Siguieron en la Universidad Nacional de Lanús (UNLa), donde se alarmaron de entrada al conocer que la alta casa de estudios carecía de un centro de estudiantes.
Al poco tiempo crearon el centro, noticia que fue celebrada por sus padres. “Con la política construyen herramientas para pensar por y para los demás”, dice Fabián al respecto.

El 12 de marzo, entre la multitud de jubilados que se movilizaban, Pablo fue uno de los tantos que sufrió la represión. Aquella jornada, vestía el pantalón de Independiente, el club del que es hincha toda su familia.
“Al nacer y criarme en Avellaneda, mamé el rojo desde chico. Y le heredé mi pasión a Pablo”, expresa Fabián, un tanto nostálgico, mientras rememora el tiempo donde llevaba a su hijo en hombros a la cancha de Independiente.
“Le conté que le habíamos hecho cuatro goles a Brasil y me miró asombrado, casi sin creerme. Buscamos estimularlo, y funcionó, porque amamos a Argentina”, cuenta Fabián sobre el último partido disputado por la selección contra Brasil.
Este ADN futbolero está marcado por cábalas y tiene un Dios: “Nosotros somos muy maradonianos”, cuenta Emiliano, el hermano, mientras saca de su mochila una estampa de “Santa Maradona”, con el relato de Víctor Hugo Morales en el gol del siglo. “Esta me la regaló él y la llevo a todos lados. En 2022 vimos el Mundial en casa, en familia, con amigos. Para la final, armamos un altar maradoniano, con fotos, velas y amuletos”, expresa.

Ese 18 de diciembre, la familia mantuvo la cábala: "Nosotros con María vimos el partido en la parte de arriba, mientras los chicos lo veían abajo", recuerda Fabián. Convencido de que la superstición tiene sus efectos. Pablo estaba inquieto, recuerda Emiliano, y relata cómo, mientras la selección disputaba la tan ansiada copa contra Francia, aún faltando minutos para el final, su hermano quería empezar a hacer fotos. "Lo cagué a pedos: ‘¡quedate quieto!’ le dije", pero, como siempre, Pablo trajo la cámara igual, aunque la dejó a un costado.
Después vino el estallido de alegría y los festejos en las calles y la plaza de Escalada, también en la zona de la estación del tren, donde, aseguran, Pablo hizo lo de siempre: capturar momentos para mantener vivos esos recuerdos.
“La casaca que tiene Pablo en la foto que salió en todos lados, se la regalé poco después de que murió el 10. Un día me crucé con un hombre en Banfield, me dijo que él las hacía y automáticamente le pedí tres. Tanto en el Mundial de Qatar como ahora en el hospital, el Diego siempre está presente", relata Fabian.

Más allá de la pasión por el fútbol, fue la fotografía la que marcó la vida de Pablo. Desde 2014, se acercó a este oficio con la misma intensidad con la que enfrentaba sus luchas políticas.
“Él se iba a México, entonces le dije que se llevara la Nikon D90. Creo que su formación en diseño industrial le despertó esa inquietud por las imágenes y encontró una mirada tridimensional de las cosas”, cuenta su padre.
En ese viaje, tal vez fue donde más aprendió de fotografía: retrataba turistas por unos mangos; también participó en la película Una Great Movie, dirigida por Jennifer Sharp. No solo hizo fotos, sino que se metió en el backstage, en el corazón del rodaje. “Después volvió a casa, estudió fotografía en ARGRA, donde el bicho del fotoperiodismo empezó a picarle fuerte”.
Hoy, como ayer, la fotografía, sea oficio o pasión, es un sacrificio. “Esta es otra de las cosas que heredó, quizás, y que compartimos mucho”, dice Fabián. “Empecé a hacer fotos a los 14 años, en el 74. Trabajaba como asistente en un estudio publicitario y teníamos unos equipos increíbles para la época”, recuerda. Uno de sus primeros equipos fue una Zenith rusa. Esa misma máquina, años después, pasó por las manos de su hijo.
“Cuando el proyecto de vida pasó a ser la familia, la fotografía quedó en segundo plano. Construir la casa y llevar comida se volvió prioridad. Los equipos eran caros, inalcanzables”. Hoy no es distinto: los equipos fotográficos de calidad siguen siendo un privilegio.
Con los años, la inversión en imágenes volvió a la casa de Fabián. “Compré la D90 que usó mi hijo, pero después una D800”, cuenta. Esa misma cámara, comprada a su amigo Rubén Digilio, estuvo con Pablo el 12 de marzo, en medio de la represión. Y en sus manos, un lente 24-70, “un equipo de guerra”, como lo describe su padre: versátil, todoterreno, capaz de adaptarse a cualquier contexto, hasta el más violento.
“¿Se acuerda del momento en que le disparan? La foto previa al disparo está ahí. Esa imagen entre llamas es una hermosa y violenta foto”, describe Fabián, combinando la mirada de un padre con la de un fotógrafo.
En esta familia, la cámara es trinchera. “Quiero seguir compartiendo la fotografía con mi hijo. Compartimos no solo equipos, sino miles de historias. Cuando salga, no sé cómo ni con qué plata, pero le prometí regalarle una Leica”, concluye. Y en su voz, el peso de una promesa y el eco de tantas charlas sobre el hobbie, el oficio y el sueño de una cámara con tradición alemana.
“Dos semanas después pude ver lo que hizo con la cámara ese día. Vi dramatismo, retratos crudos, escenas que duelen”, comenta Fabian. Esas fotos -que ya tiene ARGRA entre sus archivos- son de Pablo. “Serán públicas o no cuando él lo decida. Pero son pruebas, son historia” asegura su padre.
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