Testosterona: el dispositivo de investigación teatral del cuerpo vivo

Mañana sábado 14, a las 18 y 21h, en el Teatro Comedía, se estrenará por primera vez en Córdoba, "Testosterona", la opera prima de Cristian Alarcón, dirigida por Lorena por Lorena Vega. La puesta en escena de un cuerpo intervenido a temprana edad por la medicina y una investigación teatral del cuerpo vivo que se transforma con las contradicciones del trauma

Una habitación azul, un volcán en erupción. Un cuerpo intervenido. Un órgano sometido a la fina y fría aguja que penetra la dermis. Un líquido espeso ingresa. Sustancioso, amortigua la zona inyectada. La mano con latex acerca un algodón sobre el pinchazo: “sobate despacio para que se esparza”, escucho decir al médico, como un eco lejano que golpea entre las paredes.

“Rechazaba la vil materia / que me confirmaba ese mundo / al que yo no pertenecía / del que debía irme”, (Olor a Diablo).

Ese olor a diablo. Mis padres lo olían también, pero ellos no fueron pinchados incontables veces. Hay un modelo imperante en la medicina que considera que todo se soluciona por la vía de la intervención del organismo. Para cada dolencia un remedio, para cada enfermedad una cura infalible. La ética es tema de la filosofía, no de la ciencia.

“Estoy solo / Solo, soy ingresado / como un pasajero clandestino / a esa habitación celeste, / como entrando a una piscina cuadrada / a la que han vaciado de agua hace tiempo” (Olor a Diablo).

Fotografía por: Nora Lezano

Mis padres pasarían de todo a lo largo de sus vidas, pero no todo tendrá la magnitud de un problema a ser resuelto por la vía mecánica de la sanidad. El miedo a la desaparición durante la dictadura nos llevó al exilio de nuestra tierra, sin embargo a mí me llevó al exilio de mi cuerpo. La reconstrucción de mi historia, me hará comprender, cuando caiga por azar al teatro, que en toda máquina teatral también hay un espejo a ser reventado.

“Yo era un niño / que lucía los tacos de su madre, / las joyas de oro, las perlas, / el rouge del contorno de su boca, / ese violáceo en los párpados; / el camisón de satén beige / que caía hasta los pies / con el efecto de un vestido antiguo” (Olor a Diablo).

Ese olor a diablo que todavía me acompaña a mis cincuenta y cinco años, que me inspiró a la crónica y a la narrativa. ¿Qué es el miedo cuando el primer signo de vida, de deseo y de placer, se ve opacado por el diagnóstico? ¿Cuánto aguanta un cuerpo que encontró, en el juego, a una mariquita que quisieron silenciar con inyecciones de Testosterona?

No es un rencor hacia mis padres, ni soy víctima del sistema, a lo sumo soy otro cuerpo manoseado por una modelo epistemológico de qué cuerpos y qué comportamientos están permitidos en la matriz heterocisexual.

“La hormona hizo su trabajo / Se impuso masculina / en la fortaleza de mis huesos / en el bello abundante / una melena profusa y vitalicia / en cierto vértigo animal / que algunas noches me lanza / al bosque” (Olor a Diablo).

Testosterona y la máquina teatral

La literatura es una comunicación colectiva, la sublimación del trauma a través de la palabra. Desacralizar la técnica para contar algo mucho más común de lo que parece: alguien conoce o escucho que el primo, el hijo, el vecino, fue enviado a “terapia de conversión”.

Para quienes decidimos salir del closet y hacer de la sexualidad y el género una práctica política compartida, comprendemos más temprano que tarde, la cantidad de licencias que se toman las ciencias médicas y jurídicas sobre aquellos “cuerpo a corregir”. Desde prácticas psicológicas-psiquiátricas con terapias de electroshock y tratamientos conductuales, hasta operaciones quirúrgicas a bebes intersexuales y posterior hormonización para la “reconversión del sexo”.

Lo particular es que, mientras las escuetas investigaciones describen que son casos “paradigmáticos”, por su especificidad y escases, las organizaciones en defensa de los derechos de la población LGBTIQNB+, relatan que la parte que no cuentan las instituciones de salud es el borramiento de los historiales clínicos para evitar demandas y denuncias por mala praxis.

La crónica de vida de Cristian Alarcón, devenida en obra, junto a la dirección de Lorena Vega, es una historia colectiva encarnada en la singularidad del cuerpo. Un proceso continúo e inacabado de investigación de lo que el teatro tiene para decir de los limites finitos entre la ficción y la realidad. Allí donde lo real emerge, el cuerpo actúa.

“Es mucho más que el niño víctima que logró sortear el mandato paterno o materno, porque le permite también al espectador hacer una incursión en su propia deriva contradictoria. Eso es lo humano: el territorio de lo oscuro, lo nefando y lo mágico”, comenta Alarcón.

Cristian Alarcón y Lorena Vega. Fotografía por: Ale López

Lo nefando y lo mágico como la constitución misma de nuestra ancestralidad imborrable. En consonancia con lo compartido por el autor, Marlene Wayar (travesti y psicóloga social) comentó al medio que la conquista de la colonización fue el miedo a través de lo mágico de la religiosidad, la culpa divina y el pecado mortal. Sin embargo, aclara, el silencio se instaura por el terror de la propia perversión de sus prácticas.

“Comienza la jerarquización en relación al sexo, todos serán esclavos pero de manera estratificada, solo basta con tener pene para estar por encima. Esto no está desteñido de culpa y ahí entra otro de los ejercicios que trajo la occidentalización: la negación. Eso tiene que ver con el éxito tremendo que han tenido en su ejercicio genocida”, describe Wayar.

Es ese entrecruzamiento entre lo trágico y lo divino, lo mágico y lo inenarrable que trasciende de generación en generación, aparece el mito de la perversión de la práctica homosexual. La diferencia estratificada que marca lo sano, de lo patológico. No es el riesgo de la enfermedad lo que preocupa, es la posibilidad del deseo lo que aterra.

“No podemos desobedecer todo el tiempo, es una fantasía del psicoanálisis y una fantasía del progresismo la idea de que vivimos en desobediencia. Sí ha habido un cuerpo desobediente, pero que tuvo que negociar a lo largo de su recorrido vital. Entonces van a aparecer en la obra las contradicciones de ese sujeto que cuando quiere encarnar la figura del macho valiente y heroico de los setenta, deambula por un camino que es un camino de otros”, continúa Alarcón.

La máquina teatral, parafraseando a Pompeyo Audivert sobre lo 'extracotidiano' que posibilita el escenario, se presenta en Testosterona como esa voz que toma al público como proyección de una experiencia concreta. Vivencia que marcó al cuerpo con un lenguaje entreverado por la matriz heterocisexual que irrumpió en la realidad para decirle al niño 'no serás de esta manera'.

lo teatral’ debe aparentar ser una convención, para luego arrojar sobre este el piedrazo en el espejo y revelar esas fuerzas a las que debe su ser”, comparte Audivert.

Esto no significa que el teatro deba ser contestatario con su presente, sino, más bien la pregunta de qué pasa si el mismo se propone a desafiar el contexto y representar ciertos tópicos inherentes al humano, al punto, de desdibujar lo propio de lo ajeno. Sino, ¿para qué se va al teatro si no es para ir al encuentro con uno mismo?

“Él se había entregado por completo a hacer, con mucha humildad, este trabajo, con mucho disfrute con mucha entrega. Y eso lo hizo extraordinario. Para nosotros este trabajo ocupa un lugar muy importante en nuestro en nuestro existir, no sólo en términos profesionales, sino también en términos sensibles”, comenta la directora Lorena Vega.

Lorena Vega. Fotografía por: Nora Lezano

Una investigación abierta

En palabra de sus propios autores, Testosterona se podría describir como un dispositivo de investigación teatral del cuerpo vivo. En partes, porque todo trauma se reaviva con el paso del tiempo -la efectividad del síntoma es el recuerdo de lo insoportable que puede resultar rememorar ciertos acontecimientos-, en partes también, porque es el propio Alarcón quien experimenta en el escenario un guion que habla de sí. Soliloquio analítico.

“Es darle el control a la directora sobre mi cuerpo”, dirá el cronista, ahora actor.

Ya en lo cotidiano es cansador actuar de uno mismo, arriba del escenario, frente a un público que cambia, lo debe ser aún más. La magia de 'lo teatral', es que cada espectador puede llevarse consigo parte de un relato tan ajeno, como familiar.

“Entre sus melodías de niños cantores / en su ritmo de un modo misterioso / hice el cuerpo que tengo”. Finaliza Olor a Diablo. Relato de donde parte Cristian para contar lo que hoy es Testosterona.

Fotografía de portada: Nora Lezano

Profesora y licenciada en psicología (UNC). Me dicen Chora. Editora de Género y de lo que se presente.

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