Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por Ana Levstein
En noviembre de 2025 quedé estupefacta al escuchar un fragmento de Alejandro Fantino en el canal Neura que me disparó ciertas reflexiones, sobre ciertas lógicas que estarían siendo/haciendo un síntoma de época, en esta distopía de Orwell que vivimos. Todo transcurría en el marco de una discusión sobre la dolarización prometida en campaña por Milei. Dice Fantino:
“No sé si lo quiere hacer [dolarizar] porque el peso se está apreciando cada vez más. Milei es muy pragmático. Te puede arrancar de una manera y te puede pasar a otra; el tipo va cambiando… En este país de mierda, muchas veces, en la interpretación de las declaraciones, porque es un país hermoso, pero en las declaraciones acá hay una frase que para mí es decadente, que es “yo resisto un archivo”. Chupame un huevo si vos resistís un archivo; si vos resistís un archivo, estás muerto... Yo entiendo que el pragmatismo es lo que debe primar, boludo”.
Este discurso, a mi entender, presenta infinitos y catastróficos efectos en torno a las nociones de archivo y resistencia para el ejercicio de la democracia, siempre perfectible y pervertible a la vez, mejorando y corrompiéndose.
Resistir un archivo es una frase que invita a pensar como actuamos colectivamente. Su condena como “decadente”, junto a la idea de “pragmatismo” como valor prioritario, equivale a una degradación de la política. Ya que, junto a la idea de “país de mierda”, diríamos con Saborido y Capusotto, que quienes nos gobiernan: “se creen dueños de un país que detestan”.
Cuando hablamos de “resistir un archivo” nos referimos a una narrativa, a una creencia constitutiva de nuestra vida en sociedad. No estamos negando la realidad del tiempo y que todxs cambiamos la historia y somos cambiadxs por ella. En sentido estricto, desde cierto punto de vista, como dice la canción “cambia, todo cambia”, nadie resiste un archivo. Por eso, resistir un archivo implica siempre una pluralidad de registros que hacen legible una coherencia de ideas, valores, opiniones en torno a una cierta ética para concebir lo político, lo colectivo, lo cívico, el registro de un otrx con quien coexisto con mayor hospitalidad u hostilidad.
En este contexto, hay una serie de archivos del periodista de Neura, que permitirían la (re)pregunta acerca de sí acompañó al Ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, cuando, como este anticipaba, se confirmaron los despidos masivos de trabajadorxs al ganar Milei la presidencia. Y al periodista y licenciado en filosofía no se lo vio “rompiendo todo juntos” cuando eso se concretó. En cambio, comprobamos que, por ejemplo, Tato Bores, viene décadas resistiendo archivos, describiendo y anticipando proféticamente, con tanto humor como acierto, no solo lo que pasaba en su momento sino hoy, con las “bondades de las modernizaciones” y las privatizaciones o, en síntesis, la destrucción del Estado para dar paso al “Libre Mercado”.
Si resistir un archivo, lejos de ser una herramienta de disputa por mejorar la democracia, es algo decadente, la mentira y el negacionismo tienen luz verde.

Archivemos, de paso, que lo dicho por Fantino se inscribe en un contexto de permanente ataque a las políticas por la Memoria, la Verdad y la Justicia. En ese marco, apenas pocos días después del programa aludido, la subsecretaría de DD. HH., con Alberto Baños de titular, llegó a negar los crímenes de la última dictadura ante un Comité de las Naciones Unidas y a acusar a los organismos de Derechos Humanos de “falsear la verdad”. El señor Baños y quienes piensan como él se olvidan de que los archivos se resisten con el cuerpo, es decir, con la vida.
Hay una retórica del archivo que es lenguaje de reto, de desafío, es decir, la significación de duelo en tanto lucha por instalar argumentos o narrativas que enfrentan o enfrentarán resistencia. Pero también, dicha retórica remite al duelo, como agonía a pura pérdida, a luto, dada la finitud y destrucción que tensiona la construcción de archivos.

De allí que la duplicidad del archivo, en su dimensión perversa y destructiva, quede manifiesta en el adjetivo “decadente” (antivalor fijo ahistórico), frente al “pragmatismo” (valor, variable, histórico y voluble). Lo pragmático sería acá producir legitimidad tautológica para el archivo conveniente a una coyuntura determinada [si Javier quiere dolarizar]. También se podría inferir que: Bullrich, Caputo y Sturzenegger quieren terminar con las Universidades Públicas, el CONICET, el PAMI o el INCAA. Desregular y abrir importaciones aunque destruyan la industria y el empleo nacional.
Lo pragmático como valor, desconocería -desde sus elogiadores- todo lo que resulte inconveniente a sus metas, incluyendo la Constitución y el Estado de Derecho, convertido en un Estado de Opinión, como alguna vez dijo Rafael Correa para referirse al lawfare en América Latina.
Si pensamos al archivo como un entramado de tiempo, técnica y muerte, coincidimos con Jacques Derrida en que “somos/estamos en mal de archivo”. Vivimos atravesadxs por esa enfermedad o trastorno que nos lleva a experimentar al sentido y la memoria, en permanente fuga, ya pasado o todavía futuro pero nunca presente. Somos, a la vez, archivistas y archivadas porque el archivo es, a la vez, registro y producción de acontecimientos.

Entonces, “resistir un archivo” es convalidar los registros de acceso público de alguien, generalmente, funcionario público, con una coherencia, una adecuación de conducta (opiniones, acciones, convicciones). Es decir que “resistir un archivo” será tanto tener que ejercer una fuerza crítica, una desmentida de ciertos archivos, como generar, en el mismo gesto, otros archivos que den cuenta de una manipulación tendenciosa, sesgada, malintencionada. “Resistir un archivo”, entonces, implicaría un movimiento, una acción relevante, tanto del lado de quienes hacen/hacemos ciertos archivos para acusar, fiscalizar, lo que hacen otrxs, como del lado de quienes hacen/hacemos una defensa, haciendo y mostrando, a su vez, otros archivos o contra-archivos. Esto es: archivo contra archivo; como el tango, archivar, necesita de no menos de dos.
Puedo resistir un archivo aceptándolo, asumiendo los propios errores, corrigiéndolos. Pero puedo también enojarme con el archivo y alegar el recorte, el contexto espaciotemporal, los medios, los “zurdos de mierda”, los periodistas “nunca suficientemente odiados”, historiadores y políticos. “Me sacaron de contexto”, “son fake news”, es “persecución política”, “se trata de operaciones”, “oportunismo” o “carroñerismo electoral”. Muchos de esos argumentos pueden ser, quizás, al menos parcialmente ciertos, pero muchos son malabares de una retórica cínica para decir que no dije lo que dije. Resistir será siempre separar la paja del trigo.
Archivo, entonces podría funcionar como agente o paciente del infinitivo resistir. Yo me resisto a que un archivo me acuse, deslegitime o desmienta mi discurso, mis valores, mis promesas de campaña o las políticas públicas que dan credibilidad y aceptación hacia el modelo de país que propongo. Allí soy el objeto, o sujeto-tema de un archivo que me culpabiliza, por lo que me convierto en sujeto-agente de otros archivos que me reivindiquen dando cuenta de mi responsabilidad. Resistir será siempre decir: Heme aquí.

Un archivo viene del pasado a afectar el presente, pero archivando un porvenir, una fuerza proyectiva estructuralmente vinculada al futuro, a nuevas generaciones, nuevas vidas.
“Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. (George Orwell en '1984').
Si pienso que Resistir ES Archivar, construyo un verbo SER que da lugar al lugar, construyendo y destruyendo el ES de todo sentido fijo. Acá lo que es, se desplaza por un ser/estar dinámico: Resistir está siendo/haciendo Archivo. Un archivo nunca es totalmente objetivable o presente como tal. Solo después, en un pensar retrospectivo, puedo elaborar una línea de tiempo con un comienzo, nudo, desenlace. Desenlace siempre plural y abierto a lo indeterminado. Porque el archivo es un “duelo”, pero también es un “orden” en su doble acepción: pone “orden”, en cuanto a que selecciona, sistematiza, establece secuencias, identifica comienzos; e igualmente remite a un “orden” como mandato, autoridad, poder político, soberanía. Esa es su razón de ser, su consistencia: orden como comienzo y mandato. Por eso es clave la fecha, dónde y desde cuándo arranca, cuál es su afuera, su materialidad y soportes y quiénes tienen autoridad y legitimidad para hacer, custodiar e interpretar archivos, en una polea de transmisión que disputa memoria, verdad y justicia. Entre esos arcontes o guardianes, es clave el lugar de historiadores, arqueólogos, semiólogos y periodistas.
De allí que, si el pragmatismo, problemático y febril, como dice Cambalache, es lo que, según Fantino, “debe prevalecer”, estamos en un conflicto grave porque, su significado depende de quién lo define, y a quiénes beneficia o perjudica.

Asistiríamos a la legitimación del “todo vale” y al borramiento de la pregunta nietzscheana clave: ¿Pragmatismo para quién? ¿Cambios generados para beneficio/perjuicio de quién? Los casos de lawfare o guerra judicial a partir de la fabricación de pruebas truchas, hoy más o menos potenciadas según el buen/mal uso de la IA, dan muestra de esta duplicidad del archivo y sus “pragmatismos”.
La enumeración de estos “pragmatismos” sería eterna, además de, por definición, incompleta. Nombramos por su actualidad y como botón de muestra de sus efectos tenebrosos a los Cuadernos de Centeno y los Cuadernos de Calvete. Basta con sobrevolar su tratamiento en los medios para entender cómo se inclina la balanza de un Poder Judicial con doble vara, ya se trate de condenar a Cristina Kirchner o de salvar a Javier Milei.
El elogio del pragmatismo como prioridad nos conecta con el tema de la verdad y la mentira. El deslizamiento en esa lógica instrumental hacia la mentira como engaño, es decir, a sabiendas, con mala fe, es un dato irrefutable. Kant entendía que establecer condiciones o excepciones para la verdad significaba socavar el vínculo social de la humanidad en su principio mismo.
La mentira no es un hecho o un estado, es un acto intencional de mentir, nos enseñó Derrida. No hay mentiras, sino un querer-decir que se llama mentir. Solo se miente al otro, nunca a sí mismo, salvo a sí mismo como otro. El acto de decir es independiente de la verdad o falsedad del contenido, por lo que importa el querer-decir, no lo dicho.
“Por razones estructurales siempre será imposible probar que alguien ha mentido, aun cuando se pueda probar que no ha dicho la verdad” (Jacques Derrida).

Cuando lo que prevalece es el pragmatismo y resistir un archivo es decadente, es: “chupáme un huevo”, la promesa de la palabra dada se vuelve amenaza omnipresente, autoridad ad baculum: fui votado, tengo el poder, ergo hago lo que quiero con todos ustedes. La verdad se convierte en una propiedad votocrática, dogmática, indiscutible, so riesgo de persecución.
Si la esencia que define un archivo es salvar la memoria contra el olvido, la finitud y la muerte, lo de Fantino, es, como mínimo, irresponsable. Se desliga de la dimensión ética, jurídica y política que acompaña y constituye el concepto de verdad. Vacía al deseo y al trabajo de archivo como gesto y fuerza política transformadora. Mentir intencionalmente es el fin del lenguaje como apelación a la creencia del otro, el vaciamiento de toda promesa, la amenaza del sinsentido institucionalizado.
Si la esencia de un archivo —su sentido y su consistencia desde la democracia griega a esta parte— es la de ser origen o fuente y mandato o autoridad, ¿cuál es la autoridad de un archivo cuya puesta a prueba o resistencia es un quehacer decadente y antipragmático? La autoridad del concepto de archivo ¿no quedaría así desautorizada de antemano? ¿Cómo imaginar los efectos de esta desautorización cuando la fuente emisora de palabras, paradojalmente, es la autoridad máxima de un país?

¿Qué nos pasa y pasará si el fingir demencia, tabula rasa, TikTok, chupáme un huevo, ser pragmático, boludo, desmemoria, anarchivo ocupan el santuario sagrado de nuestros Sitios de Memoria?
Puro sinsentido común. Puro circo sin pan.
Fotografía de portada: Ezequiel Luque / La Tinta
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