Proyecto Hostel: hacer de la locura y de lo cotidiano un lugar vivible

Proyecto Hostel está conformado por 8 personas de diferentes oficios y profesiones que ante la pregunta de "¿Cómo vivir juntos?", encontraron que sus experiencias estuvieron marcadas por el transito en establecimientos de salud que no daban margen para comunicar la locura de lo cotidiano, tanto del "profesional" como de los "pacientes". Mañana, 20h, abren sus puertas

Proyecto Hostel está conformado por 8 personas de diferentes oficios y profesiones (docentes, cocinerxs, trabajadores con edad para jubilarse, psicólogxs, médicxs, acompañante terapéuticos) que ante la pregunta de “¿Cómo vivir juntos?”, encontraron que sus experiencias estuvieron marcadas por el transito en establecimientos de salud (instituciones) que no daban margen para comunicar la locura de lo cotidiano, tanto del “profesional” como de los “pacientes”.

Autores como Pichón Riviere (psiquiatra) describían a la vida cotidiana -como si existiera otra, dirán desde el grupo de PH- como las condiciones concretas de existencia que conforman a un sujeto, es decir: de dónde es, qué come, cómo duerme, con quien creció. De manera más técnica sería cómo cada variable: ambiente, economía, política, cultura, vínculos, repercuten en el cotidiano de cada quien.

Cada quien trae consigo una historia tan particular, como única. Nadie sabe más de sus propias dolencias que quien puede reprimirlas. Sin embargo: ¿Qué pasa cuando ese umbral de sufrimiento sobrepasa la realidad? ¿Quién escucha la locura de lo cotidiano? ¿La locura es para todos por igual? Proyecto Hostel nace de esas preguntas sin respuestas. Si la vida comienza con la enfermedad, la salud es un proceso que comienza antes del nacimiento. Una respuesta inabarcable para una historia social atravesada por conflictos.

Para el imaginario social la locura es una mala palabra, más nadie le pregunta a quien no se “organiza” como un “normópata” -parecido a un neurótico- qué de todo lo que dice sufrir, le representa un malestar en concreto. La mayoría acude a los espacios de salud cuando la incertidumbre apremia.

Ahora cuando la realidad no da tregua, como tener que trabajar bajo cuadros agudos -porque así lo dispone el Estado bajo los regímenes de la reforma laboral- como un cáncer, la dependencia a la sustancia o la locura en sí misma, ¿cómo se acompaña? ¿Se contempla la salud del personal de dichos establecimientos que están en condiciones edilicias paupérrimas? En ese clivaje cotidiano, el “¿Cómo vivir juntos?” Pasa a ser un punto de partida, un tubo de oxígeno para una normalidad que no repara, sino que segrega.

Todas las preguntas mencionadas que quizás cualquiera se las haya hecho más de una vez, que pasó por diferentes estados emocionales e incluso llegó a un punto de apatía por tener que pensar qué comer, mientras tantos otros padecen hambre, sueño y frio, forman parte de lo que el autor francés, Jean Oury (1986), denominó por “axioma de lo cotidiano”. Vendría a ser lo que entendemos por “rutina”: despertarse, cambiarse, bañarse, comer. Aquello que damos por sentado pero que no siempre condice a la regla.

Para conocer más de cerca cómo ese “ritmo, movimiento y acto” se ponen en marcha en los sujetos y cómo es el trabajo e invitación a la comunidad a formar parte del Proyecto Hostel, Enfant entrevistó a Juan Zavala, psicólogo y parte del equipo de PH. Un modo de moverse entre la locura de lo cotidiano.

“ Es una barrera muy clara cuando se encarna un rol de científico o psicoanalista, señalar al otro y quedar afuera como observador. Nosotros atacamos la neutralidad y nos implicamos en lo que hacemos. Por eso la importancia de la vida cotidiana: no se puede abordar la locura si no se está implicado de alguna manera”, comentó al momento de iniciada la entrevista.

Cortesía Juan Zavala

Enfant Terrible: quiero arrancar por acá: ¿Qué consideras que se pierde cuando no se presta atención a la praxis de lo cotidiano?

Juan Zavala: me remite a las experiencias de trabajo en instituciones. Con el equipo hablamos de “establecimiento” porque son establecidas por el Estado. Las personas que transitan estos espacios llegan con un modo de organización, cuando hay normativas pensadas por otros que no están en el lugar.

Las poblaciones que reciben son marginales en cuanto a lo social, no sobre lo geográfico y se pretende que estás poblaciones no sean “violentas”, como se los denomina, pero se deja de lado la violencia que ejerce el Estado, que ejercen los profesionales que allí trabajan.

Estuve en un hospital donde un médico después de una guardia de 24h, le rompió los vidrios al auto que le bloqueó la salida. El auto era de una compañera de trabajo. Es impresionante el análisis cortísimo que se hace de la violencia. Por supuesto que después de trabajar 24h, el cuerpo está cansado y probablemente sienta que el Estado ejerce una violencia porque te hace hacer guardias interminables por una miseria de pago. No alcanza señalar a la población o gente de un barrio cuando no contemplamos esto otro. Es imposible pretender que gente que sufre todo lo que sufre, trabaje sin más.

Fotografía por: Emilia Rivero

E.T: la distinción que hacés entre lo social y lo geográfico, ¿qué sería?

J.Z: por ejemplo, el hospital donde trabajé estaba cerca del centro. No es una marginación geográfica, sino social. Es un hospital que está sobre un barrio que es una toma, que está montado sobre una antigua canaleta, un antiguo afluente que deriva en la Cañada. Cuando el barrio se inunda se corren innumerables riesgos. Estaban las campañas contra el dengue, pero en el propio hospital había cacharros, mugre, agua. Me parece que se dejó de mirar las condiciones en las que se “prestan servicio”, como se dice, y los profesionales pasaron a ser funcionarios. Es complejo pero si no lo pensamos de esa manera podemos terminar cometiendo atrocidades.

E.T: cuando hablas de establecimiento, ¿es por qué hay un orden establecido?

J.Z: lo que intentaba hacer es diferenciar establecimiento de institución. Lo coloquial es decir instituciones pero me parece que la institución la podemos pensar como algo plástico, que un establecimiento se inventa para recibir a la gente que es toda diversa, diferente, entonces cuando uno labura en un establecimiento que tiene normativas establecidas por el Estado, no contempla particularidades. La institución tiene la plasticidad para abarcar. Si vos pretendes que la persona que llega se adapte al establecimiento, pero no hay una flexibilidad para recibir a la persona, fracasa. Hay una generalidad sin contar las particularidades de cada quien.

E.T: ¿Repercute sobre el trabajador?

J.Z: sí, por supuesto. Lo más fácil es no tener plasticidad de nada, atenerse a protocolos y a la bajada de funcionarios. Cumplir órdenes. Lo más fácil es decir: “estaba en el protocolo” o “me lo dijo mi jefe”. Obediencia debida. Mientras que, cuando estás con la gente, compartís cierto malestar, lo que va surgiendo va derivando en otras situaciones. Es jugársela con la posibilidad de que salga todo mal. Las consecuencias las paga el personal, por eso nadie quiere hacerlo.

Marcha por la Salud Mental. Fotografía por: Julio Pereyra

E.T: “el Proyecto Hostel emerge en una praxis atravesada por las inquietudes relativas a la cuestión sobre cómo vivir juntos”, ¿cómo sería?

J.Z: nosotros hace un año apelamos a la pregunta constante de ¿Cómo convivir? Cuando hay gente tan distinta. Laburar las diferencias, profundizar las diferencias para que deje de ser una bolsa de gatos. Un poco ese es el norte que tenemos. Una pregunta sin respuesta. Establecer alternativas sobre lo que ya está viciado.

E.T: ¿Cuáles son las complejidades que se presentan en la praxis cuando se acompaña a personas con algún tipo de discapacidad?

J.Z: Discapacidad es un nombre que se le da a las personas que, por determinadas locuras, para el Estado no son capaces de llevar adelante un trabajo y en los establecimientos se pretende que nos convirtamos en reformadores, que hagamos que esas personas discapacitadas sean capaces de sostener una vida normal. Nosotros no hacemos eso. Vemos la manera de cómo acompañarlo, hacer modos más vivibles de sostenerse. Aparece de nuevo la pregunta: ¿Cómo vivir juntos? Ese portavoz -el loco-, cuando es el síntoma -social-, queda relegado.

Fotografía: Julio Pereyra

E.T: desfinanciamiento en salud y numerosidad social: ¿A qué refieren cuando hablan de encerrona trágica?

J.Z: me parece que es parte de lo que estábamos charlando. Por un lado, desde el Estado hay un avance tecnocrático donde todo pretende ser medido, cuantificado, una concepción evolucionista que se mueve en una sola dirección y por el otro, está la situación particular de cada quien, donde pareciera que ante determinados conflictos “no hay salida”. Cuando se consulta en una guardia la indicación inmediata es la internación. Que el paciente no quiera ingresar, es acompañar bajo la responsabilidad de uno, con todo el riesgo y temor que eso conlleva. Sin embargo, la experiencia nos enseñó que a veces compartir una noche con el paciente, en su cotidiano, es evitar la degradación de quince días de internación involuntaria.

E.T: saliéndome un poco al margen del proyecto: ¿consideras que el estado constante de crisis, incluyendo el habitacional, puede llevar a una tendencia de aislamiento?

J.Z: es una pretensión del poder hegemónico que ocupó el Estado. Desde lo micro, que tiene que ver con nuestro trabajo, mientras más se avanza en esa dirección de la exacerbación del individualismo lo que genera es una resistencia comunal. En ese sentido, llevar adelante un proyecto de este tipo cuando hay centros de días que están cerrando, hay una desfinanciación del “sálvese quien pueda”, es un buen momento para juntarse a tejer alternativas porque hay que dejar de esperar del Estado.

Fotografía: Juan Cristian Castro

E.T: ¿Qué es la locura?

J.Z: es una interrupción a la locura de continuidad, un quiebre a un modo de sufrimiento. Indisociable del frenesí cotidiano. La locura es el quiebre, el corte, el desfase de eso que se pretende de alguien, es un modo creativo para continuar viviendo. Un intento de curación.

Fotografía de portada: cortesía Juan Zavala

Profesora y licenciada en psicología (UNC). Me dicen Chora. Editora de Género y de lo que se presente.

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