El presente de la jubilación: sin medicación, sin trabajo, sin techo

Para saber que lo viejo funciona, primero hay que conocer la historia a través de quienes la vivieron y no sobre la nostalgia de los objetos que funcionaron. Un ensayo sobre llegar a la vejez en un presente donde 30, 35, 40 años de aportes jubilatorios equivalen a un alquiler de $450.000 y una reforma previsional que vendría a patentar lo que el capital quiere decir hace rato: "la vejez es un problema"

Desde hace por lo menos tres o cuatro años que una pregunta se apuntala en la sien: ¿Siempre se vive con la sensación de que no hay nada peor que el presente? ¿Cuántos futuros se inscriben en la tragedia? La rutina nunca me fue un problema, de hecho, agradezco bastante tener una. Crecer es tener dos o tres hábitos para salir de la cama, para cocinar, para asearse, para descansar.

De mi casa a mis trabajos -tengo tres- hay un plazo de 30m, 20m si estoy apurada. Poner a calentar el agua, armar el equipo de mate, guardarlo en la mochila, chequear dos o tres veces que no me dejo nada, ponerme los auriculares y salir escuchando la misma canción con la que vengo obsesionada hace dos meses. Hacernos de pequeños rituales para salir de la cama.

De los 7 días, al menos 5 me saludo con el mismo naranjita que está sentado en la esquina de mi casa, con otro a las afuera de Tribunales II, con otro más que está en la Belgrano y Laprida. Son los mismos, un poco más hambreados, peor dormidos, menos aseados, pero los mismos.

¿Ellos pensarán lo mismo de mí? La misma de todos los días, más harta, más estresada, más moribunda, casi siempre con la mejor, la misma.

¿Todos pensaremos lo mismo de todos para evitar hablar del elefante en la sala?

Fotografía por: Julio Pereyra

Hay cada vez más viejos hurgando la basura, -según Marcos Torres, ministro de Desarrollo Social y Promoción de Empleo, en Córdoba hay 3.000 personas en situación de indigencia- un nuevo anciano/a deambulando por las calles, pidiendo limosnas, buscando trabajo, “haciendo changuitas”. Ninguno quiere mencionar que todos estamos más o menos en la misma: ya no alcanza.

“Ya no se politiza el malestar, ya no se habla de amistad política. Solo se habla de guita y tiempo. Que no alcanza, que se esfuma, que me mato. Que en terapia, que constelo, que Mercurio, que sertralina. Lo no resuelto hoy es el tiempo para hacer guita para llegar a fin de mes; que no está, que no puedo, que se esfuma”, Diego Valeriano.

Salir de la cama, ponerse las medias, de izquierda a derecha -porque argentina y cabulera-, no vaya a ser cosa que hoy me toque la yeta. Abro las noticias para sondear la agenda: reforma laboral aprobada, 170 días de incumpliento del Financiamiento Universitario, Emergencia en Discapacidad, reforma del Código Penal Juvenil, reforma de Ley de Glaciares, eliminación del Salario Social Complementario de $78.000 congelado desde 2023, bono jubilatorio de $70.000 congelado desde marzo de 2024. Menos mal que Dios no juega a los dados.

¿Cuándo decidimos que era buena idea llegar a esto? ¿Quién quiere llegar a viejo? El año pasado hubo un momento de tendencia argentina enclaustrado en una frase: “lo viejo funciona, Juan”. Los jubilados nunca dejan de trabajar.

Fotografía por: Julio Pereyra

De lo viejo funciona al viejo funcional

La cita es de la escena del Eternauta, de Héctor Oesterheld (desaparecido desde la última dictadura), cuando Favalli arranca su estanciera, encuentra señal con su radio, enciende la luz de su linterna; un pasado rememorado en gadgets tecnológicos. La nostalgia compra lo que funciona, no por practicidad o durabilidad, es porque quien la adquiere quisiera tener una historia para contar, más no se preocupa por la perdurabilidad de su propio presente, ya sea por su obsolescencia programada, porque las noticias no prometen un futuro viable o simplemente porque en el recuerdo de un objeto también hay un abuelo/a que tenía esa linterna, esa estanciera, esa radio.

“Cuando el fuego crezca, quiero estar allí”, (Yo Canibal, Indio Solario y Skay Bellinson).

El significado de la vejez humana depende de la época, sin embargo se puede inferir que empezó a ser “un problema” desde mediados del siglo pasado, agravándose en esta distopia, de una casta que se autopercibe clase trabajadora y de una clase trabajadora que quisiera ser casta. De igual modo, cuando digo “un problema” es en relación al capital, no a la vejez en sí.

Un sistema previsional donde se suponía que todo aquel trabajador registrado en el sector formal, realizando 30 años de aporte, podía jubilarse; mientras el avance de las ciencias médicas aseguraba una prolongación de la expectativa de vida a un promedio de 85 años. Ahora, cuando la “población pasiva” -la que no produce- creció a un punto tal de superar a la tasa de natalidad y representar al 16,5% del total: ¿Quién mantiene el gasto público? Y ¿Quién cuida los cuerpos afectados por el paso del tiempo?

Fotografía por: Julio Pereyra

El costo de vida para un adulto mayor ronda el $1.800.000 (alquiler, medicamentos, alimento, higiene personal, transporte); el 60% (4 millones) logró jubilarse a través de la moratoria previsional -dada de baja en marzo de 2025-; la mínima está $450.000. En agosto de 2024, se recortó la cobertura de PAMI que cubría el 100% de la cartilla de medicamentos, la única excepcionalidad que rige ahora es la cobertura total en casos de tratamiento terminal. A su vez, la actividad laboral de mayores de 66 años creció 11% interanual debido a la pérdida del poder adquisitivo de las jubilaciones (-23% versus 2023), describe el informe de la Defensoría de la Tercera Edad.

“Esta verdadera iatrogenia social lleva a que aquellos que trabajaron toda una vida, que aportaron al Estado argentino, que conformaron familias y educaron hijos, hoy se tengan que encontrar siendo explotados laboralmente, o quitándole la posibilidad de un trabajo a un joven para subsistir en las peores condiciones”, comentó Eugenio Semino, referente de la Defensoría de la Tercera Edad.

La idea de la “sabiduría de la tercera edad” terminó por petrificarse. Una leyenda grabada como próceres repartidos en plazas. “Mirá Juan, el viejo todavía funciona, todavía puede producir”, podría decir Favalli si el guión lo hubiera escrito Sturzenneger.

Fotografía por: PAMI

Reforma previsional, PAMI y deuda

El ministro de Economía, Luís Caputo, entrevistado por Luís Majul, dijo que no había “nada de malo en tomar deuda”, ante la intervención del panelista diciéndole que le resultaba grave el dato de que las familias se estén endeudando para poder comer.

La última Encuesta Nacional Inquilina, expuso que el 70,9% tiene deudas activas, el 53,2% se endeudó para comer, el 38,9% se endeudó para pagar el alquiler, y el 65,2% arrastra deuda con tarjetas de crédito. Respecto a jubilados/as, 7 de cada 10 tuvo que hacer recortes en alimentos, llegando a comer una o dos veces al día, ya que el 86% destina el 40% o más de su haber al alquiler.

“La casta éramos nosotros, ya que el 90% tuvo que recortar gastos del hogar, solo 1 de cada 10 no ajustó ningún rubro”, plantearon desde el espacio de representación inquilina.

Esta semana se conoció la resolución que regirá para los médicos de cabecera prestadores en PAMI, que recibirán un pago mensual de $2.100 pesos por paciente. Un recorte del 55% de un sueldo que estaba en $1.600.000.

Fotografía por: Julio Pereyra

PAMI es la obra social más grande de Latinoamérica, alberga un total de 5 millones de jubilados afiliados. Previo a la asunción de la gestión libertaria, el superávit era de $254.000 millones y un Fondo de Garantía Prestacional de $217.000 millones. Tres años después, la deuda llegó a US$1.000 millones. La triangulación entre el ministro de Salud, Mario Lugones; el actual director de PAMI, Esteban Leguizamo; y el ministro de Economía, osciló entre causas de sobreprecios en medicamentos, recortes presupuestarios y deudas multimillonarias.

Por si no fuera poco, más temprano que tarde se pondrá en marcha la discusión parlamentaria para buscar dictamen de la reforma previsional que entre sus objetivos pretende: extender la edad jubilatoria de 60 a 65 años para mujeres y de 65 a 70 años para varones, la modificación de la pensión por viudez, la cual dejará de ser vitalicia; la eliminación de la moratoria previsional permanente y la unificación de las cajas jubilatorias a un plan universal, salvo para trabajos considerados de “alto riesgo”.

“Lejos de tratarse de un deterioro coyuntural, se trata de un proceso de empobrecimiento sostenido que obliga a prolongar la vida laboral, endeudarse para sobrevivir y depender cada vez más de redes familiares también debilitadas”, describe Eugenia Rodriguez para El Destape.

Fotografía por: Julio Pereyra

¿Estamos ante un gerontocidio?

Un pronóstico salvaje, acotado y tendencioso daría como resultado que sí, estamos ante un gerontocidio y pareciera que se está preparando el terreno para que la humanidad ingrese en la obsolescencia programada. Trabajadores descartables, viejos descartados. Por lo pronto, más que vaticinar una profecía autocumplida, mejor preguntarse: ¿De qué derechos y de qué patria hablamos cuándo un adulto mayor revuelve la basura?

“En ese escenario, la pregunta ya no es solo cómo viven los jubilados, sino qué tipo de sociedad construye un país que condena a su vejez a la precariedad”, se pregunta Eugenia Rodríguez.

La libertad de mercado no necesita viejos, necesita sujetos productores-consumidores, eficientes, nada de esto ofrece un adulto mayor que requiere cuidado específico, atención y afecto para continuar proyectándose motivos, hábitos y rutinas acorde a su edad, para salir de la cama, desayunar, compartir, descansar.

Para saber que lo viejo funciona, primero hay que conocer la historia a través de quienes la vivieron y no sobre la nostalgia de los objetos que funcionaron.

Profesora y licenciada en psicología (UNC). Me dicen Chora. Editora de Género y de lo que se presente.

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