A.T.T.T.A.: Historias de una organización que salva vidas

Pía, Lara y Priscila además de compañeras de militancia y representantes de la filial ATTTA Córdoba, son amigas. La organización las juntó en su momento y en la actualidad se encargan de mantener el espacio y la atención del primer Centro de Contención Travesti-Trans del país.

Por Redacción Enfant Terrible |

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Pía Ávila, actual presidenta de A.T.T.T.A. Foto: @juancrisphoto

“Vos acordate de lo que digo, vas a ser una referente”.

Pía Baudracco a Pía Ávila, actual presidenta de A.T.T.T.A

Por Agustina Demelchori para Enfant Terrible

Una semana antes de la inauguración del primer Archivo Histórico Travesti-Trans de Córdoba, me contacté con la filial A.T.T.T.A (Asociación Travesti, Transgénero y Transexuales de Argentina), para conocer cuál era la historia de las sobrevivientes durante la época de la última dictadura y posdictadura. Dicha asociación tiene más de treinta (30) años a nivel nacional y alrededor de quince (15) en la provincia.

La entrevista quedó en realizarse en la calle Igualdad al 120, donde reside actualmente el Centro de Contención Travesti-Trans, inaugurado en el año 2021. Alrededor del centro, durante el día es una zona comercial, pero de noche se transforma en lo que la jerga cotidiana conocemos por “zona roja” o legalmente conocida como “zona de tolerancia”, son manzanas donde, por reglamento, se puede ejercer el trabajo sexual.

En estas zonas, si bien las trabajadoras deberían tener un respaldo y cuidado por parte del aparato estatal, continúan siendo ninguneadas, coimeadas y perseguidas por la policía, ya que el trabajo sexual sigue siendo clandestino, siendo esa "tolerancia" más bien una zona liberada.

Llegamos al centro de contención a eso de las 16. La puerta de ingreso estaba abierta y del fondo se escucha: “pasen, estamos en la cocina terminando de hacer la sobremesa”. Aún no nos presentamos. Hasta ese momento el intercambio de mensajes por chat me dejó avisado que Pía era la presidenta y que estaba encantada de recibirnos.

Les aviso nuevamente que vamos a registrar unas fotos. Pía me contesta: “de haber sabido me ponía más linda, ahí vengo”. Las otras dos compañeras nos hacen cambiar de sala y nos llevan al living, que está siendo preparado para ser un espacio de computación, para dar clases de informática y cursos de análisis de sistemas para la población travesti-trans que acuda a capacitarse en el centro.

Mientras nos acomodamos, Pía regresa con un vestido azul y con la tranquilidad de que está acostumbrada a recibir entrevistas; está muy bien acompañada, Lara y Priscila son quienes la segundean.

Pía, Lara, Priscila

Lara. Foto: @juancrisphoto

Además de compañeras de militancia y representantes de la filial A.T.T.T.A.-Córdoba, son amigas. La organización las juntó, y en la actualidad se encargan del mantenimiento y la atención del primer Centro de Contención Travesti-Trans del país.

Pía tiene cuarenta y un años (41), hace siete que es presidenta de la filial Córdoba y la principal representante del Centro. Cuenta que está tranquila porque después de años de no parar, se va a tomar un descanso para “atender su vida privada”.

Lara tiene cuarenta (40), vive hace quince años en Córdoba y es oriunda de San Juan; actualmente trabaja en la Justicia Federal de Córdoba, ingresó al puesto por su recorrido y años de tejer redes a través de la militancia, aunque todo se reduce a que fue por “el cupo laboral”. Es una parte fundamental dentro del trípode que se compone en A.T.T.T.A.

Por su parte, Priscila tiene 32 años y es secretaría en el Centro de Contención.

Las tres comparten un recorrido similar: ser echadas de sus casas a temprana edad, patear las calles durante su adolescencia, hasta ser acogidas por alguna trava adulta que les enseñó a montarse y aprender como decían ellas: “a trabajar en las esquinas”.

Esas particularidades se van a repetir en cada una, sumado a las razzias policiales por “perjudicar el bien público”, según el Código de Faltas y Contravenciones, o la muerte de muchas de sus compañeras y amigas por no poder acceder al sistema de salud, al trabajo o a la educación, por haber sido expulsadas a la clandestinidad. Esas particularidades son las que también permitieron que sus malestares se nuclearan a través de A.T.T.T.A. para defender y recuperar esos derechos que les fueron arrebatados.

Pía sabe lo que es trabajar en las esquinas, por eso: “la diferencia durante estos siete años es que las trabajadoras sexuales pudimos empezar a hablar por primera vez de organización, porque si bien todas las chicas trans pasan por diferentes tipos de violencias, las trabajadoras sexuales son el sector más vulnerado, entonces ahí estaba mi sensibilidad porque, yo vengo de ahí”.

“Nuestra lucha, más allá de la inclusión laboral, es estar en todos los espacios tomando decisiones por nosotras. Es lo que es realmente la inclusión, como dije en un acto hace poco: 'Todo muy lindo los funcionarios con lo que articulamos en los diferentes espacios, pero ¿Quién tiene una mujer trans trabajando?'”, cuestionó la dirigenta.

No estamos pidiendo una migaja, estamos reclamando todo

Priscila. Foto: @juancrisphoto

-En nuestro caso es muy difícil separar la identidad, de lo político: ¿Cómo era vivir siendo travesti o trans durante la dictadura? ¿Cómo fue atravesar el antes y el después de la aprobación de la Ley de Identidad de Género?

-Lara: A mis diecisiete (17) hice visible mi identidad trans en San Juan, fue un caos. En mi familia se me “aceptaba” si yo andaba discreto siendo un “varoncito gay”, y no, yo soy Lara, siempre fuí Lara y necesito ser Lara. Así que era eso, o la calle, y terminé en la calle. Imaginate en San Juan, toda montada, siendo una pibita de diecisiete y ya me empezaron a llevar presa por ir a comprar el pan. En esa época te echaban de tu casa, y la única herramienta que tenían para darte las travas eran un lugar de acogida y un trabajo en la esquina, no tenían otro acceso más que ese, y el de enseñarte a correr de la policía.

Así hasta el 2012, que tuvimos la Ley de Identidad de Género gracias a la lucha de Pia Baudracco y la red de A.T.T.T.A. que impulsaron provincia por provincia. A ella la conocí en un viaje yendo a trabajar a Mendoza, escapando de la violencia de mi provincia. En ese momento, a fines de los 90’ y principio de los 00’, tanto acá como en Mendoza, ya se habían erradicado los códigos contravencionales.

Siguen contando, que cansadas de las persecuciones y detenciones, en el año 2003 toman la Casa Radical en protesta para pedir que se erradiquen el Código de Faltas y Contravenciones, donde figuraba que “vestir con ropa del sexo opuesto” era considerado un delito.

Por eso, Lara se pregunta: “¿Por qué nos detenían? Si nosotras lo único que hacíamos era buscar ganarnos el pan. Mira la manera en que nos teníamos que organizar en aquellas épocas; me pongo en el lugar de las compañeras de antes, imaginate si yo la pasé, lo que habrá sido en la dictadura. Aunque para nosotras no dejamos de vivir en una”. Para ellas -y me incluyo-, la Ley de Identidad de Género es lo que nos dió un piso sólido para la defensa de nuestros derechos. Pero bien hace más de doce años que fue promulgada, no está reglamentada como corresponde.

“La solución es tener una Ley Integral, es lo que estamos impulsando de la red nacional. No estamos pidiendo una migaja, estamos reclamando todo. Necesitamos una vivienda, salud integral, reparación histórica, educación y que se cuiden a las infancias y a las niñeces”, replica Pía con convicción.

-¿Cómo es qué se funda ATTTA como organización? Tengo entendido que es durante los años 90’.

-Lara: En un calabozo en el año 93’. El nombre surge porque un policía les dijo a unas compañeras detenidas: “¿Ustedes qué se creen, la asociación de travestis de Argentina?”.

-Pía: En Buenos Aires con Pía Baudracco, María Belen Correa y Marcela Romero, siendo ellas fundadoras. Acá en Córdoba comienza por los códigos contravencionales, porque a nosotras nos llevaban presas por estar en las esquinas. Razzia, tras razzia, había un comisario re anti que le decían “El Pelado”, que te cazaba por más que te escondieras.

“Imaginate la plata que se gastaban organizando esas detenciones, sólo para cazar travestis”.

Una vuelta nos hicieron una zarpada, cubría lo que era Costanera, Colón, Gral Paz y Maipú. Ese operativo fue gigante, creo que había más de doscientos policías, nos buscaban como si fuésemos no sé, Alcapone. Cerraron todo el centro, me escapé como de cuatro, era muy ágil para correr con tacos; me pillaron y me llevaron sola, esposada, arriba de un fierro, me acuerdo que doblaban fuerte a propósito y terminé con las muñecas lastimadas.

Una razzia es un operativo cerrojo donde se planifica una emboscada, en este caso para “cazar travestis”. Lara cuenta: “Una vez en San Juan, no sabía para dónde correr y me metí en la acequia, salí llena de cucarachas pero no me iba a dejar llevar. Tenía que estar callada porque escuchaba el ruido de las botas del policía que daba vueltas, horrible”.

Lo que ellas comparten como anécdotas, en realidad son antecedentes penales. Lara, por ejemplo, sigue teniendo acusaciones de “atentado y resistencia a la autoridad” por tener que defenderse para que no se la lleven. “Tuve que hacer una limpieza de antecedentes porque tenía no sé cuántos pedidos de captura y yo no soy ninguna criminal”, dice con cierto enojo.

-Como travesti debo decirles que gracias a ustedes tengo acceso a derechos que de otra manera no sé si hubiera sucedido, es mi manera de agradecer y de rescatar mi historia. Ahora mi pregunta es: ¿ustedes se consideran sobrevivientes?

-Lara: Mientras sigamos paradas en las esquinas y siga existiendo el odio, estamos expuestas a cualquier cosa; de matarte lo pueden hacer en cualquier lado, pero las que nos dedicamos al trabajo sexual somos las que más estamos expuestas. Hace tres años que voy de lunes a viernes a trabajar para el Estado, y los fines de semana me tengo que parar en una esquina para poder llegar a fin de mes, antes tenía un solo trabajo y ahora tengo dos.

“Falta mucho todavía por hacer con el cupo laboral, si nos juntás a todas nosotras no llegamos ni a cien (100) en los puestos de trabajo, ni hablar en el sector privado. Nos siguen violentando por ese lado porque no tenemos acceso, y es lo que estamos buscando”, agrega Lara.

Acá sucede algo paradójico, ya que gran parte de la población travesti-trans ha ejercido el trabajo sexual o prostitución (eso queda a discusión de como lo ha vivido cada una), o a tenido otros trabajos informales, por lo que la posibilidad de recibir una jubilación es nula por la falta de aporte jubilatorio a lo largo de sus vidas. Ante esto, Lara me cuenta que ella se había quedado pensando en esto días atrás, porque tenía una compañera que estaba pronta a jubilarse y que ella recién llevaba tres años de aportes. “Pero y mis veintitrés años como trabajadora sexual ¿No cuentan?”, se pregunta.

Luego continúa diciendo que para ellas no había otro acceso más que el trabajo sexual y que ahora existen más herramientas, lo que posibilita acceder a la educación, y que el trabajo sexual en nuestra población pase de ser una imposición a una elección, dentro de muchas otras opciones. Sin embargo nos recuerda:

“Nada cayó del cielo, fueron años de lucha”.

-¿Qué las mantuvo resistiendo y las llevó a estar acá hoy?

-Lara: La necesidad de no dejar que nos sigan pasando por arriba, de defendernos, de que no nos maten. Entendí que la lucha es estar organizadas. Hoy es el cumple de Azul Montoro, ella fue asesinada, era mi mejor amiga. Cuando sucedió esto, se me acercó Pia y me hizo entender que teníamos que estar organizadas para poder pedir justicia; a muchas nos hace click de diferentes maneras las resistencias.

-Pía: A mí me paso algo re loco, fue mirarme al espejo y preguntarme que quería para mi vida. Estuve muchos días presa, muchos días drogada, depresiva, y se me muere mi hermano, me pasaron todas juntas. Yo que estaba llena de amor, con una familia que me aceptaba, pero siempre fuí una rebelde que le encantaba la joda; sólo que cuando la vida te pega un cachetazo que te deja doliendo el bobo, te pone a preguntarte. Siempre tuve mucha personalidad y eso me impulsó a querer acompañar a las personas para que no pasen lo que pase yo.

Nunca me voy a olvidar de Pia Baudracco cuando llegó y preguntó: “¿Está es la rebelde de la pensión?” Con su voz toda aporteñada. Cayó a mi pieza y se puso a chupar conmigo, me contó de su vida y me dijo: “Vos acordate de lo que digo, vas a ser una referente”. No estaba en mis planes y la verdad, es que la organización me salvó la vida.

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