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Éxodo: un documental sobre lo que callaron y aún grita en silencio
El viernes 26, a las 19h, en Un Mundo Feliz, se estrenará Éxodo, documental realizado por Ángela Zamora como proyecto de investigación final para su carrera de grado. El film se adentra en las experiencias de personas LGTBQ+ de Córdoba que atravesaron prácticas de “restauración” sexual dentro de comunidades evangélicas. Una entrevista en profundidad con la directora
Por lo general se habla de las violencias que padecen la población LGBTIQNB+ en pasado, que ya no están más catalogadas como “enfermedad” en los manuales diagnósticos. Sin embargo, en el presente continúan funcionando instituciones como el “Ministerio de Restauración Sexual” en Villa Unión, Ciudad de Córdoba. Las prácticas de higienismo del siglo pasado no se extinguieron, sólo cambiaron de semblante.
Promiscuidad, adicción o perversidad son algunas categorías que utilizan los centros de reconversión. Profesionales “especializados” en terapias de restauración de la heterosexualidad. ¿A quién incomoda más que el deseo se manifieste: a Dios o al que interpreta la palabra según sus propios sesgos morales? El pecado nace con la carne, la culpa por ceder a la domesticación del deseo.
Éxodo: un documental sobre lo que callaron y aún grita en silencio, sintetiza y pone sobre la mesa que la discusión no está saldada ni sellada, está silenciada; como todo tabú, lo que se repudia no es la práctica sino lo que simboliza. Sexo tenemos todos y Dios lo sabe.
El film se adentra en las experiencias de personas LGTBQ+ de Córdoba que atravesaron prácticas de “restauración sexual” dentro de comunidades evangélicas. Una entrevista en profundidad con la directora, previo al estreno en Un Mundo Feliz, el viernes 26, a las 19h. Entrada libre y gratuita.
Cortesía de Ángela Zamora
Enfant Terrible: ¿Cómo es que llegas y tomas la decisión de que tu proyecto final de investigación sea sobre la “terapia de reconversión”? Y ¿Por qué titularlo cómo “Éxodo”?
Ángela Zamora: las llamadas “terapias de reconversión” eran un tema que me llamaba la atención desde hacía varios años, particularmente después de ver la película: But I’m a Cheerleader. A raíz de eso se me generó una especie de fijación con la temática. Empecé a investigar, a leer y a ver muchas películas y documentales sobre el tema. Hubo uno en particular que me marcó: Pray Away, un documental que aborda este fenómeno en Estados Unidos. Allí se cuenta la historia de Exodus International, una red de organizaciones cristianas “ex-gay” que durante décadas promovió las terapias de conversión sexual.
Lo que más me llamó la atención fue descubrir que Exodus International había cerrado oficialmente años atrás, luego de que su presidente pidiera disculpas públicas a la comunidad LGBTQ+ por los daños y traumas que habían causado. Sin embargo, gran parte de su discurso seguía circulando en internet. Fue justamente a través de una de las páginas vinculadas a esta organización que encontré al Ministerio de Restauración Sexual.
Mi curiosidad me llevó a buscar otros espacios donde se realizaran prácticas similares en Ciudad de Córdoba. Encontré varios grupos, todos ligados a iglesias evangélicas. Quería acercarme a ellos, entender cómo funcionaban y qué discursos sostenían, pero la mayoría exigía la firma de acuerdos de confidencialidad para participar. Ahí volvió a aparecer el Ministerio de Restauración Sexual, el único lugar que encontré donde no había que firmar ningún documento y donde gran parte del material estaba disponible públicamente.
En 2023 participé de uno de los talleres del Ministerio de Restauración Sexual en su sede ubicada en Villa Unión. La crónica -T.P para la facultad- tuvo muy buena recepción, más cuando terminé de escribirla me quedó una sensación de insatisfacción. Sentía que no había logrado abarcar el tema por completo. Había muchas preguntas que seguían abiertas y muchas cosas que habían quedado fuera. Además, por ser una persona de la comunidad LGBTIQNB+, era un tema que me interpelaba de manera personal.
En el marco de mi proyecto final de grado encontré la oportunidad de desarrollar el tema con mayor profundidad. Le propuse la idea a mi compañero Bautista Zelarayan y comenzamos una nueva etapa de investigación. Conseguir testimonios era difícil y adentrarse en una comunidad tan hermética representaba un desafío aún mayor. Sin embargo, una conversación casual con una amiga que había crecido dentro de espacios evangélicos, terminó cambiando el rumbo del proyecto. Al contarme algunas de sus experiencias, muchas de las preguntas que venía arrastrando desde hacía años comenzaron a encontrar una dimensión concreta y humana. Cuando le comenté la idea del documental, se interesó en participar y su testimonio terminó convirtiéndose en una pieza fundamental del proyecto.
Así fue como el año pasado presentamos nuestra tesis titulada El género documental de investigación como herramienta crítica para el análisis de los discursos audiovisuales sobre terapias de reconversión sexual. Caso: Ministerio de Restauración Sexual. Esa investigación se convirtió en la base sobre la cual comenzó a construirse Éxodo.
El título del documental surge de la resignificación de un concepto históricamente asociado a las terapias de conversión sexual. Por un lado, remite al relato bíblico del Éxodo, una historia de liberación y tránsito profundamente presente en el imaginario religioso en el que crecieron muchas de las personas entrevistadas. Por otro lado, dialoga directamente con Exodus International, una de las organizaciones más emblemáticas en la promoción de estas prácticas. Recuperar ese nombre implica darle un sentido completamente distinto. Si para estos espacios el “éxodo”significaba abandonar una orientación sexual o identidad de género considerada incompatible con la doctrina religiosa, en este documental se refiere al proceso inverso: la salida de estructuras de control, culpa y violencia que marcaron la vida de sus protagonistas. Aluden al abandono de una comunidad, una doctrina o una identidad impuesta, y a los procesos de ruptura y transformación que atraviesan quienes deciden reconstruir su relación con el cuerpo, la sexualidad, la fe y la pertenencia.
E.T: ¿Con qué te encontraste durante la investigación? Y ¿Hubo algo que te haya cambiado la manera de pensar sobre cómo operan ciertos tratamientos?
A.Z: si bien la violencia hacia la población LGBTIQNB+ ha cambiado a lo largo de los años, no me atrevería a afirmar que ha desaparecido. Más bien, creo que se ha desplazado hacia otros ámbitos donde ya no siempre se manifiesta de forma explícita. La homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad, pero eso no significa que hayan desaparecido los mecanismos de exclusión o estigmatización hacia quienes se apartan de la norma.
Muchas de las personas entrevistadas y de los testimonios que encontré durante la investigación expresan sufrimiento por sentir amor o atracción hacia alguien de su mismo sexo. Y eso es algo que siempre me llamó la atención; incluso lo encuentro casi contradictorio. El amor, el deseo y el afecto son experiencias profundamente humanas, positivas y hermosas en sí mismas. En esencia, no tienen nada de destructivo ni de malo. Sin embargo, aparecen vividas desde la culpa, el miedo o la vergüenza.
Escuchando estos relatos, muchas veces me preguntaba si el conflicto estaba realmente en esos sentimientos o en otra parte. Con el tiempo empecé a notar que lo que aparecía una y otra vez no era tanto el miedo a sentir atracción por alguien del mismo sexo, sino el miedo a lo que eso significaba. A ser diferente. A decepcionar a la familia. A perder una comunidad de pertenencia. A romper con una imagen de sí mismos construida durante años. Incluso, en muchos casos a poner en riesgo su vínculo con Dios.
Me resulta interesante pensar que el sufrimiento no proviene necesariamente de esos sentimientos, sino del significado que se les atribuye. Cuando una persona aprende que aquello que siente es incompatible con el mundo en el que creció, comienza a mirar una parte de sí misma como un problema. Y es ahí donde empiezan a aparecer la culpa, el miedo y muchas veces el autodesprecio. A partir de ese momento comienza una búsqueda constante de explicaciones. Se intenta encontrar una raíz, una causa o una herida que justifique aquello que se siente, como si la orientación sexual o la identidad pudieran rastrearse hasta un error que necesita y puede ser corregido.
En cuanto a cómo operan estas prácticas, una de las cosas que más me llamó la atención fue la apropiación de herramientas provenientes de tratamientos cognitivo-conductuales y de modelos utilizados en centros de rehabilitación por consumo problemático de sustancias. En muchos casos, el abuso de sustancias es reemplazado por pensamientos, deseos o conductas homosexuales. Utilizan términos como “recaída”, “conducta problema” o “comportamiento adictivo”, trasladando al terreno de la sexualidad categorías diseñadas originalmente para abordar procesos de adicción.
Cortesía Ángela Zamora
E.T: me gustaría hacerte la misma pregunta que está en la sinopsis: ¿Qué sucede cuando la fe, la identidad y el deseo entran en conflicto?
A.Z: creo que lo que sucede es que las personas se ven obligadas a elegir entre partes de sí mismas que nunca deberían ser incompatibles. Durante la investigación me encontré con relatos de personas que no querían dejar de creer, ni abandonar a sus familias, ni perder el sentido de comunidad que habían construido dentro de la iglesia. Tampoco querían dejar de ser quienes eran. El conflicto aparece cuando se les presenta la idea de que esas cosas no pueden convivir.
Nunca me interesó pensar la fe como una enemiga absoluta. Sería una simplificación. Además, la fe y la institución religiosa no son necesariamente la misma cosa. Muchas de las personas que participaron del documental cuestionaron determinadas doctrinas, prácticas o formas de ejercer la autoridad dentro de la iglesia, pero no por eso dejaron de tener una dimensión espiritual o una relación personal con Dios. En varios casos, el conflicto no terminó con el abandono de la fe, sino con una redefinición de ella.
Me parece importante reconocer que la iglesia no aparece únicamente como un espacio de violencia. Para muchas de las personas entrevistadas fue un lugar de afecto, contención, amistad y pertenencia. Justamente por ello la ruptura resulta tan dolorosa. No se trata solamente de cuestionar una doctrina, sino de replantear vínculos, formas de habitar el mundo y aspectos muy profundos de la propia identidad.
Creo que la pregunta que atraviesa el documental no es únicamente qué sucede cuando la fe, la identidad y el deseo entran en conflicto, sino quién nos convence de que tienen que estarlo. Quién nos enseña que amar a alguien y pertenecer a una comunidad religiosa son cosas incompatibles. Quién nos convence de que debemos elegir entre nuestra identidad y nuestra fe, como si fueran dimensiones irreconciliables de la experiencia humana.
Cortesía Ángela Zamora
E.T: con el diario del lunes y viendo en retrospectiva todo lo que fue y es haberte involucrado en una investigación como la que hiciste, ¿qué conclusiones hacés al respecto? Y ¿Se puede escapar o domesticar el deseo?
A.Z: mirando el proceso en retrospectiva, una de las conclusiones que me dejó la investigación es que el deseo, de una u otra forma, parece resistirse a los intentos de control absoluto. Muchas de estas prácticas parten de la idea de que la orientación sexual o la identidad pueden corregirse si se encuentra la causa adecuada, si se ejerce suficiente disciplina o si la persona se esfuerza lo suficiente. Sin embargo, los testimonios muestran otra cosa. Muestran personas que pasaron años intentando modificar aspectos muy profundos de sí mismas y que, aun así, seguían enfrentándose a los mismos sentimientos, deseos y preguntas.
La imágen de domesticar el deseo me lo hace imaginar como un animal que intentan mantener atado. No porque sea algo peligroso, sino porque se lo percibe como una amenaza al orden establecido y al relato bíblico. Entonces aparecen las cadenas, la vigilancia, la culpa y el castigo. Se intenta domesticarlo a fuerza de disciplina, de corrección o de vergüenza. Cuanto más insistente es ese intento de control, más termina manifestándose el conflicto por otros lados. La energía que se invierte en reprimir, reaparece convertida en angustia, culpa, miedo o sufrimiento.
Después de escuchar tantas historias, aparece una contradicción constante: afectos y deseos que en sí mismos podrían ser positivos son producidos y leídos como algo vergonzoso y erróneo. El problema no es el deseo en sí, sino los marcos discursivos y de poder que obligan a las personas a relacionarse con él bajo culpa, vigilancia y corrección.
Estos discursos religiosos son peligrosos porque lucran con personas que atraviesan conflictos profundos en torno a su identidad, ofreciendo una promesa de cambio que se presenta como esperanza, pero que en la práctica suele traducirse en más sufrimiento. En lugar de abrir espacios de integración, refuerzan la idea de que ser diferente es un problema a corregir, sosteniendo lógicas de culpa y transformación forzada que terminan profundizando el daño. En ese marco, operan sobre la vida espiritual, instalando la idea de que el deseo y la fe son dimensiones incompatibles, y que toda diferencia debe ser suprimida para alcanzar una supuesta “plenitud”, cuando en realidad lo que producen es desarraigo, culpa, violencia simbólica y religiosa.
Quisiera agradecerles nuevamente a todas las personas que formaron parte del documental, por compartir su historia y transformar ese testimonio íntimo en una herramienta colectiva de visibilización y reparación.
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