Sin ánimos de ofender: una reflexión sobre la "normalidad"

Sin ánimos de ofender es una obra de teatro que reflexiona sobre la normalidad social desde la perspectiva de un hospicio. Cinco bufones en escena reconfiguran la perspectiva habitual sobre lo racional y lo delirante. Se exhibe una interpretación de “los cuerdos” desde el punto de vista de “los locos”. La mirada externa de lxs pacientes patológicos permite revelar matices insólitos de la cotidianidad lúcida. Una obra que encuentra inestabilidad en los estables y coherencia en los delirantes, sin caer en una romantización de los padecimientos neuropsiquiátricos. Una búsqueda de enfoque cenital sobre la composición de la sociedad respecto a su construcción de la “normalidad”. La vorágine cotidiana de los hábitos modernos devela que las reglas de la sanidad encubren un transitar desquiciado.

Por Ignacio Bisignano |

🕒 6 minutos de lectura
Foto: Mario Herrera

La construcción de una normalidad funcional

La locura ha sido tratada de manera recurrente en la historia del arte. En algunas obras los “locos” son descritos como mentes liberadas en las cuales germina la inspiración poética. En otras creaciones la inestabilidad mental aparece como consecuencia lastimosa de una vida sufriente. Frente a ello Sin ánimos de ofender es una obra de teatro que desarrolla una mirada osada respecto a la salud mental. Esta pieza teatral se desvincula tanto de la romantización de la locura como de la lastima moral hacia ella. La clave de este enfoque reside en la reflexión sostenida sobre la fragilidad de lo estable.

La línea divisoria entre lo que ingresa en la normalidad y lo que lo desborda se encuentra más cercana a costumbres sociales automatizadas que a una característica mental determinada. Aquellos que no logren responder a los hábitos maquinales que regulan el funcionamiento social serán marginados y ocultados. Mientras la normalidad se consagra como un entramado de acciones predecibles, lo patológico reside en la anomalía que no logra adecuarse a un régimen determinado de prácticas.

Es cierto que lo patológico no conduce a la reflexión, pero parece ser que “la cordura” en su carácter automatizado y acrítico tampoco lo hace. Ello no quita las penas de aquellos que se sitúan por fuera de los requisitos de la normalidad. El cuestionamiento de esta obra de teatro a la artificialidad de lo estable no señala una defensa del deterioro mental, sino más bien una desintegración de los prejuicios que deshumanizan la diferencia para perpetuar un orden funcional de la comunidad.

Foto: Mario Herrera

Entre el humor y la crítica

La seriedad con la que se trata la salud mental no implica que la obra ceda en lo humorístico. De hecho, Sin ánimos de ofender despliega un humor de tan alto vuelo que provoca en el espectador risas a cada momento. La gracia conseguida se debe a hilarantesjuegos de lenguaje que construyen frases de una genialidad atípica y seductora. Aparece allí una habilidad poética sobresaliente de Pablo Facundo García, director y dramaturgo de esta pieza teatral. El ejercicio de darle a las palabras una funcionalidad diferente a la habitual permite no sólo el efecto cómico, sino también un salirse de la norma, una crítica a los mecanismos automáticos de nuestra razón ordenadora que busca anticiparse en toda circunstancia. La perspectiva de aquellos que quedaron marginados de la vida normalizadora permite observar costados mediocres y absurdos de nuestra propia cotidianidad.

La mirada externa trasluce la arbitrariedad de mecánicas habituales que creíamos necesarias y razonables.
La comicidad que Sin ánimos de ofender ostenta no se debe sólo al uso elástico del lenguaje, sino también al impactante trabajo actoral. Los cinco actores en escena - Victoria Bonel Vigliano , Federico Estays Ferraris, Rocio Chio Garcia, Ismael Luque, Florencia Ramonda – exhiben incontables recursos corporales y vocales que despliegan en su tarea de sostener el ritmo cómico de una obra plagada de estímulos y cambios frenéticos. Las diversas escenas se muestran definidas por una redisposición permanentemente de lxs
intérpretes y los objetos de acuerdo a la exigencia del momento.

Los actores se esparcen ocupando el espacio de manera eficaz o bien se aglutinan en una especie de falange hoplita que convierte a los cinco cuerpos en una unidad. Allí se manifiesta un enorme cuerpo compuesto por cinco integrantes, el cual amplifica las potencialidades de cada parte aislada en un conjunto sintético

Dicho ensamblaje de cuerpos no degrada la identidad de cada personaje en su carácter propio. Puede apreciarse una genuina personalidad en todos los protagonistas, manifestándose en cada uno de ellos alguna patológica específica. Lo interesante en este punto es que lo patológico no parece responder a un corte abrupto de las reglas que delimitan la cordura, sino más bien una continuidad.

El “brote” se muestra como un camino natural de las prácticas cotidianas debido a que estas mismas son las que habilitan la locura. Las actitudes violentas, insensibles y depresivas que observamos en cada integrante del auspicio responden a una exacerbación de las pulsiones fomentadas por la cultura capitalista moderna. La propia dinámica de la vorágine social hace que el desprecio se haga carne y las bajezas de lo humano se refugien en la debilidad de lo ajeno.

Un enfoque pictórico

El ejercicio de unión y desunión, orden y desorden que trazan los cuerpos en escena contribuye a la composición de planos extraordinariamente bellos. Sin ánimos de ofender explora las posibilidades pictóricas de lo teatral elaborando innumerables imágenes visuales que emulan la distribución figurativa de la pintura clásica. El movimiento diacrónico de la obra se muestra en una tensión dialéctica frente a la expresión sincrónica de encuadres sintéticos. Como espectadores deseamos tanto que el frenesí de las acciones prosiga su curso como que los segmentos pictóricos que conforman las siluetas permanezcan estáticos para apreciar su encanto.

La convivencia entre el ritmo y lo inmóvil se expande a las características propias del color y la iluminación. No es casualidad que tanto el escenario como los vestuarios de Ana Rojo - de una extravagancia armónica notable - sean predominantemente blancos. Estos elementos materiales se muestran permeables a los
impactos de la luz y la coloración de Germán Falfán Gonzales. Cada vestuario funciona como un bastidor en el cual se le imprime una pincelada lumínica de anaranjado, amarillo o azul. De hecho, Van Gogh se manifiesta como una referencia explícita en la construcción de una pieza teatral que aborda la temática de la locura a través de un lenguaje pictórico y expresionista.

La versatilidad de los encuadres transita momentos en los cuales el lenguaje pictórico habilita una experiencia más cercana a lo cinematográfico. La combinación virtuosa entre el movimiento certero de los cuerpos y el dinamismo de los efectos lumínicos dan lugar a que lo propiamente teatral ceda su lugar al cine. Esta cercanía a lo audiovisual responde al uso de una música elocuente que resignifica constantemente la atmósfera de la obra. Sea a través de lo sinfónico, la cumbia o el electrodance lo musical corona la emocionalidad que la obra despliega robusteciendo la sensibilidad, el placer óptico o el humor de cada escena.

Una falange guerrera

Sin ánimos de ofender se introduce en un auspicio para aportar una perspectiva aérea de nuestra sociedad. El otro lado de la “normalidad” tiene algo que aportar a nuestra reflexión. La decisión política sobre aquellos que “no funcionan” determina una deshumanización del paciente como muestra residual de lo fallido. El modelo de subjetividad ciudadana precisa una contracara comparativa respecto a lo que no se desea ser. Resulta conmovedor el tratamiento de la identidad cuando ella parece reducida a un registro burocrático de un lugar indeseable. Los queribles personajes que componen esta obra se esmeran en conquistar una historia propia en un contexto de encierro que cercena cualquier construcción personal. A través de un ojo cínico, pero verás, lxs pacientes observan con extrañeza la cotidianidad modélica de la “sanidad”. No desean esa vida, pero tampoco les alegra la suya.

El riesgo de un nihilismo sin salida acorrala esas almas sufrientes que esperan no convertirse en objetos de tratamientos clínicos. Por ello, aunque a veces se aíslen, se amalgaman en una falange guerrera capaz de enfrentar las calamidades de su mundo. Como decía Spinoza, la unidad de las potencias franquea los límites individuales en horizontes impensados. La identidad de cada parte se conquista en la fuerza del conjunto.
En la insistencia de lo común los internados del auspicio encontrarán un regalo inesperado que les dará un respiro antes de seguir batallando contra el aislamiento y el olvido. La belleza del mundo no se disfruta en la vorágine individualista de una cotidianidad salvaje. Darle color a la paredes altas y húmedas de un espacio sin salida implica una fuerza arrasadora que sólo aparece en la compañía. Nunca es sabio subestimar la potencia
pictórica de un atardecer expresionista.

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Ignacio Bisignano

Licenciado y profesor en Filosofía. Especializado en estética y filosofía del arte. Escribo ensayos y críticas sobre el teatro cordobés, también hablo de eso en “TeatroRadio” (Radio Gen 107.5).

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