Santuario de Mujeres: Una reflexión sobre la imposición de modelos de feminidad

Santuario de Mujeres es una obra de teatro que invita a reflexionar sobre la construcción de los modelos femeninos. En la puesta en escena de cuatro monólogos distintos apreciamos cómo diversas mujeres enfrentan los prejuicios sociales desde su propia subjetividad. Con la dramaturgia de Viviana Rivero, la dirección y musicalización de Ana María Tenaglia y la actuación de Sonia Daniel, esta creación teatral propone atravesar desde distintos costados una pregunta vital: ¿Quiénes somos?

Santuario de Mujeres es una obra de teatro que invita a reflexionar sobre la construcción de los modelos femeninos. En la puesta en escena de cuatro monólogos distintos apreciamos cómo diversas mujeres enfrentan los prejuicios sociales desde su propia subjetividad. Con la dramaturgia de Viviana Rivero, la dirección y musicalización de Ana María Tenaglia y la actuación de Sonia Daniel, esta creación teatral propone atravesar desde distintos costados una pregunta vital: ¿Quiénes somos?

Singularidades vivaces


Santuario de Mujeres se introduce en la cotidianidad de cuatro mujeres con realidades muy diferentes. Cada una de ellas parece representar un modelo arquetípico de las feminidades que observamos día a día: la ama de casa, la trabajadora estresada que sólo piensa en la oficina, la soltera insatisfecha que busca imitar la belleza hegemónica, la mujer artista que se pregunta por la construcción de una familia en el contexto de su carrera profesional, etc. Lo interesante es que frente a los aparentes modos de ser universales se imponen
singularidades vivaces. En esta obra los deseos particulares suelen perturban la comodidad de los modelos esquemáticos.

Las mujeres que vemos en la obra cuentan su historia al público exponiendo críticas y cuestionamientos acerca de lo que la sociedad espera de ellas. Las reflexiones que surgen en escena expresan una sensación ambigua que oscila entre el entusiasmo y el temor. De modo realista, se deja claro que salir de los estereotipos no implica una felicidad automática. De cierta manera, actuar bajo los modelos de feminidad
ya conocidos habilita cierta tranquilidad. Hacerse cargo de la subjetividad y adentrarse en terreno inexplorado trae consigo una incertidumbre angustiante.

Más allá de lo opresivo que sean los libretos sociales, éstos forman parte de la historia personal de cada unx.
Nuestro ser es en parte singular y en parte universal, por lo tanto en el salto hacia lo nuevo se genera una extraña sensación de desechar un segmento propio.

En este brete emergen preguntas lacerantes: ¿Quién soy? ¿Qué significa lo femenino? ¿Qué quiero de mi vida?
¿Qué hay más allá del cuestionamiento de la norma? ¿Me quedo en la comodidad de lo conocido sin explorar mi ser propio o me aventuro a descubrir mi singularidad con el riesgo de sufrir en la incertidumbre?

El problema transversal de la libertad


Santuario de Mujeres apuesta a la versatilidad de Sonia Daniel para encarnar cuatro personajes diferentes. Es de destacar la capacidad de esta actriz para adaptar personajes tan disimiles como lo son Blanca, Celeste, Rosa y Azul. Cada una de las mujeres de esta obra tienen sus intereses y objetivos específicos a partir de los cuales observan el mundo desde un punto de vista determinado.

La libre disposición corporal que afronta la actriz para interpretar sus diversos papeles escénicos, permite percibir el problema de la libertad en múltiples dimensiones. Es que dentro del amplio cúmulo de indagaciones que se vuelcan a lo largo de toda la obra, podría señalarse la liberación subjetiva como una problemática común. Es sumamente interesante cómo la reflexión de cada historia nos ofrece distintas
maneras de interpretar la libertad en el mundo de las representaciones sociales femeninas.

En Celeste la liberación parece responder a la autosuficiencia laboral, en Rosa se debe al descubrimiento de la belleza singular propia, en Azul a la decisión consciente de sus actos y en Blanca a la posibilidad de cuestionar su existencia en un contexto familiar que cercena sus posibilidades individuales. Sin embargo, la libertad descubierta no devela un ser pleno. Cada paso hacia adelante expone dudas y contradicciones. No todo avance es consagratorio y definitivo. Y Santuario de Mujeres lo sabe.

Esta obra de teatro se propone desandar un modo de actuar irreflexivo para avizorar los cimientos de un nuevo comienzo. A veces es más importante definir el punto de partida, ya que el contenido de lo que se sitúa delante de la propia singularidad exige un trabajo titánico que desborda cualquier ficción artística. Sin embargo, es el arte mismo el médium capaz de abrir puertas. No es casual que la decisión más determinante en Santuario de Mujeres le corresponda a Azul, la única de las cuatro mujeres que es artista. Hay algo en lo
artístico que habilita el pensamiento de posibilidades inéditas.

El impulso imitativo de los modelos se rompe cuando el artista se impone. Lo habitual es tomar lo dado, pero el arte no se trata de lo que tenemos servido, sino más bien de los esquemas que desafiamos. Las fotografías estáticas de un santuario vital proyectan pobremente lo que excede su recuadro. Saltar hacia el mundo de “lo que excede” implica un acto de libertad. Las cuatro mujeres que observamos en escena proyectan una vida por fuera de los marcos que dictaminan su actuar esperable.

Atreverse a ser, sin una imagen de referencia a la que imitar, requiere de un pesado trabajo plagado de contradicciones e incertidumbres. El avance hacia una vitalidad propia provoca penas y temores. Pero a pesar de todo, Blanca, Celeste, Rosa y Azul nos demuestran que correr el riesgo de cuestionar lo que existe esconde un valioso premio: saber y elegir quienes somos.

Funciones: viernes 10, 17 y 31 de marzo en María Castaña (Tucumán 260).
Anticipadas por Antesala.

Licenciado y profesor en Filosofía. Especializado en estética y filosofía del arte. Escribo ensayos y críticas sobre el teatro cordobés, también hablo de eso en “TeatroRadio” (Radio Gen 107.5).

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