Dos cadáveres y un cuerpo: un hecho histórico convertido en poesía teatral

En el siglo IX, el papa Esteban I desenterró a su antecesor, el papa Formoso I para juzgarle por sus crímenes. Un hecho espantoso pero cierto que pone el marco histórico a una obra de teatro que juega en el reto de dotar de vida a la muerte sobre un escenario.

Por Ignacio Bisignano |

🕒 6 minutos de lectura

Dos cadáveres y un cuerpo es una obra de teatro basada en el “Concilio cadavérico”, un hecho histórico sumamente extravagante pero veraz. En el año 897 se exhumó el cuerpo del Papa Formoso I seis meses después de su muerte , se lo vistió con las prendas oficiales correspondientes a su cargo y se lo depositó en el banquillo de los acusados para la celebración de un juicio en su contra. Esta historia verdadera y aterradora es el contexto inusual en el cual el dramaturgo Rafael Taborda construye una poética ficcional de elevado nivel artístico. Su creación teatral ostenta la virtud de exhibir belleza en un episodio grotesco y desagradable.

La proeza de encontrar lo bello en lo abominable se complementa con la atrevida decisión de situar en escena un personaje sin vida ¿Cómo darle vitalidad teatral a un cuerpo muerto? ¿Qué poesía le cabe a aquello que no tiene movimiento ni voz?

Foto: Victoria Degenaro

Inventar un rito

Dos cadáveres y un cuerpo se introduce en el medioevo eclesiástico. Olor a incienso, cantos gregorianos y vestiduras de época nos sumergen velozmente en un universo lejano al nuestro. Corre el siglo IX y la increíble historia que esta obra relata se desarrolla en Roma. Una novicia y un ceremoniero litúrgico preparan el cuerpo de un papa recién desenterrado de su tumba para la iniciación de un juicio inédito. La ley cristiana juzgará a un hombre muerto como si este pudiera hablar y defenderse.

La presencia de un cadáver en una ceremonia oficial de estas características constituye un problema para la liturgia religiosa. No tanto por el espanto que supone tal acción, sino porque no existe código ni regla que dictamine los pasos a seguir. El culto cristiano se compone de innumerables ritos y reglas que ordenan los quehaceres de la vida religiosa, por lo que cualquier episodio que desborde ese campo reglado constituye un incómodo problema. La decisión de afrontar esa incomodidad es tomada por Esteban, el
papa vivo, en contra de Formoso, el papa muerto.

En el seno del círculo papal, donde escasean las excepciones, se impone un hecho absolutamente anómalo que es necesario ordenar. En esta obra de teatro, la novicia Concepción y el ceremonioso Teófilo, son los
encargados de inventar un rito que permita incluir lo extraño dentro del marco de las reglas religiosas. Parece necesario adecuar las atrocidades humanas en un contexto ritual y controlado, para encubrir su carácter degradante.

El diálogo entre lo excepcional y lo reglado delata otra oposición desafiante: lo vivo y lo muerto. Dos cadáveres y un cuerpo se atreve a colocar en el centro de la escena un personaje sin vida. La muerte presente humaniza la divinidad del papa, convirtiendo su carácter inmortal en algo vivo. El poder insondable se pulveriza y lo que parecía indestructible se muestra descartable. En su presencia degradada el cuerpo tieso precipita indagaciones en torno al erotismo y al amor. Parece que la muerte y el sexo guardan relaciones más estrechas de lo que nos permitimos pensar ¿Se puede desear algo muerto?
¿Cómo nos enfrentamos a lo amado cuando aquello sufre el castigo más humillante?

Todo lo que puede dar un muerto

El papa Formoso, interpretado por Ezequías Litwin, yace en el suelo como presencia inmutable. El despliegue de este personaje sin vida en escena, se manifiesta de modo sobresaliente y eficaz. Aunque sea un actor el que encarna a Formoso, creemos observar verdaderamente un cuerpo sin signos vitales. El logro de crear muerte en una ficción teatral corresponde a un dedicado trabajo en conjunto. Es destacable no solo cómo Ezequías Litwin comporta su cuerpo, sino también el modo en el cual María Victoria Alessandri y Matías Rapetti logran manipularlo como un ser inanimado. Los intérpretes de Teofilo y
Concepción consiguen que esa presencia sin vida vitalice el atrapante y profundo diálogo
que despliegan.

La destreza que exhiben los tres actores en su performance permite al espectador compenetrarse con una historia sensible. Junto al destacado despliegue actoral se manifiesta la composición escénica y el diseño lumínico a cargo de Agustina Vargas Vieyra. Si algo termina consagrando la veracidad de un personaje muerto es la manera en el cual se dirige la luz sobre su figura. Las diversas intensidades de las luces proyectadas sobre Formoso conducen a una tonalidad cromática adecuada a una entidad mortuoria. De hecho, el color de las escenas permite recordar grandes pinturas de la historia del arte que retratan cuerpos sin vida tales como “Lección de anatomía del doctor Tulp” de Rembrandt o “Lamentación sobre Cristo muerto” de Andrea Mantegna.

El enfoque pictórico de la obra se extiende en innumerables piezas escénicas formadas por diferentes posiciones y relaciones entre los cuerpos a lo largo del delimitado espacio central. La calidad estética de los encuadres escenográficos se muestra alimentada por el colorido vestuario de época que observamos en los personajes. El brillo de los ropajes que portan los vivos magnifica la opacidad inerte que exhibe la corporeidad muerta.

Foto: Victoria Degenaro


El impacto emocional que consiguen todos los elementos en escena se robustece gracias a los matices sonoros de la obra. No solo en lo que respecta a la lograda atmosfera de sonidos inmersivos y piezas musicales que diseña Juan Manuel Fernández, sino también en lo que refiere al trabajo vocal que ofrecen los actores. Las voces de los personajes se amplifican con una potencialidad sorpresiva, provocando en numerosos pasajes una vibración que retumba en toda la sala. Los cuerpos parecen claudicar ante el poder de la palabra proyectada y la extensión de la voz delimita la disposición somática de las siluetas.


De este modo, la actividad corporal le otorga contextura sensible a la potencia dramatúrgica de las palabras escritas por Rafael Taborda. El erotismo mortuorio de la prosa del dramaturgo se humaniza habilitando la vivacidad en una obra de teatro donde la muerte se hace carne.

La poesía atraviesa lo vivo


Dos cadáveres y un cuerpo es una obra artística que consigue resolver magistralmente el desafío que ella misma se impone: ¿Cómo manifestar un personaje sin vida? El desarrollo de esta problemática se aborda en múltiples planos descartando una simple resolución en el orden de la representación y la mera verosimilitud. Esta obra de teatro muestra todo lo que puede dar una presencia muerta haciendo uso de recursos poéticos insospechados.

El poder de la prosa es capaz de atravesar hasta los cuerpos menos vitales. La muerte reconfigura lo dicho y pone en cuestión nuestros pensamientos más profundos y enquistados. “¿Soy, fui o seré?” Se pregunta Formoso asumiendo tristemente que la última palabra no pertenece a lo muerto ni a lo vivo, sino al porvenir.

Sábados a las 21 en La Chacarita Teatro (Jacinto Ríos 1449).
Dramaturgia y dirección: Rafael Taborda. Asistente de dirección: Emmanuel Culasso.
En escena: Victoria Alesandri, Ezequías Litwin y Matías Rapetti.
Entradas $ 800. Reservas: 3517 66-6084.

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Ignacio Bisignano

Licenciado y profesor en Filosofía. Especializado en estética y filosofía del arte. Escribo ensayos y críticas sobre el teatro cordobés, también hablo de eso en “TeatroRadio” (Radio Gen 107.5).

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