Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

¿Para quién o para qué se escriben canciones? ¿En todos lados está la musa que inspira la mejor de las fantasías? ¿Es el dolor quién, en un punto, resuelve y revuelve los recuerdos para ver qué hacer con ellos?
El amor es la mayor paradoja, se lo desea tanto como se lo rechaza. Estorba, es preguntón, nadie lo quiere cerca, todos lo quieren poseer. Se parece a la libertad porque no hay manera tangible de verificar que esta asegurado. Si el amor da la sensación de libertad, es porque hay una atadura previa: no podemos sin los otros.
Los griegos tenían más de una manera de describir la relación que tenían alrededor de ese efecto inmediato y quisquilloso. Con ello dieron vida a tragedias, líricas y épicas.
Ulises, en la Odisea, no hubiera surcado por los tremebundos mares del Caribdis y Escila si no era con el objetivo de reencontrarse con su familia. Edipo, en su homónimo relato, no habría enloquecido, de saber que la pasión terminaría por condenarlo al fatídico desenlace de ser rey, a costa de la traición. Tampoco habría banquete, si Platón no andaba a sus anchas predicando la mas bella de las conversaciones que tuvo con Sócrates, aunque fuese un recuerdo.
Entre esos desarrollos, consideraban siete maneras de amar:
Philautia (amor por sí mismo), la constitución subjetiva. El yo que nos separa del otro. Yo quiero, yo amo, yo deseo, yo pierdo. El Philia (amor por los amigos), el contacto directo con que en la diferencia también hay encuentro, aprendizaje, rivalidades y duelos. El Ludus (deseo carnal), la euforia, el encuentro carnal. Puro deseo, pasión y desencuentro. El Pragma (vínculo de pareja), se puede leer como el cariño de crecer y envejecer con alguien, aunque ellos lo consideraban con fines reproductivos.
Luego se encuentra el Agape (descrito como amor incondicional) conocido también como apego. El Storge que es la relación filial entre padre, hijo y hermanos; y el Eros (amor pasional), el que todos quieren, el que dura poco, el que idealiza constantemente. Puro enamoramiento.
Las categorías son ficcionales, una prístina necesidad de definir lo que se observa mientras se crece: familia, amigos, parejas (monógamas o polígamas), hijos. Asimismo, las emociones complejas necesitan ser plasmadas en algún lado, porque en la ironía de que no se puede vivir del amor, el entretenimiento produce sus propias películas de romances eternos para vender flores y chocolates.
“Es un mundo muy infinito el del amor. Seguro que por ser una fuerza misteriosa y enigmática, le estemos escribiendo hace tanto tiempo. Creo que es lindo describir emociones complejas, usar las palabras justas para hacerlo. Ponerle palabras a las emociones es satisfactorio”, comenta Delfina.

Delfina -Delfi para los amigos-, escribe desde que aprendió que su mundo interno podía ser proyectado. Empezó con la poesía, fue por los cuentos y terminó dando vida a personajes en relatos. Casi todos ficticios, salvo por el momento en el que trabajó de periodista.
En un punto, la fuente primaria de toda producción artística es que otros se conmuevan. Un ida y vuelta entre el regocijo de producir sensaciones en los demás y entender que esas canciones, poemas y cuentos, no son propios. Un duelo reiterado entre esas siete sensaciones que los griegos desarrollaron y que hoy la humanidad continúa buscándole la vuelta.
“Es de lo más lindo porque es lo que más le da sentido. El músico que te dice que lo hace nada más que por sí mismo, es una mirada muy acotada. A mi lo que me da felicidad es salir al encuentro del otro. Hay gente que le pasa lo mismo: alguien que escucha una canción y se emociona porque habla de la experiencia de uno”, relata la cantante.
La mejor manera de conversar con lo que siente es a través de la escritura. Un pasatiempo que lo hizo parte de su trabajo. El romance de poder decir que vive de lo que le gusta, con todo lo que eso conlleva.
En el recorrido fragmentado que es Moonage Daydreams (dirigida por Brett Morgen), peli-documental sobre la exposición constante de David Bowie sobre el arte -parecido al método del teatro de la crueldad de Artaud- el cantante sintetiza su búsqueda como la única manera que encontró para expresar todas las ideas que giraban dentro de sí.
“Por ahí se puede pensar que la música te elige a vos, porque en un momento que la empezás a hacer, te va absorbiendo. Hay algo de la belleza de hacer canciones y tocarla frente a la gente. El proyecto musical te permite mezclar elementos visuales, estéticos, sonoros, letras, uno puede desear un montón de cosas”, describe Delfina.

Recuperar archivos de audios que creía perdidos, reproducirlos, escucharlos una y otra vez. Agarrar la guitarra y tararear una melodía. Ya no es el mismo recuerdo, es otra cosa, como los duelos cuando dejan de doler.
Películas perdidas se presenta como un canto a la memoria que fueron esas vidas. Romances fugaces, amores prematuros, cariños de una noche, amistades que no perduraron en lo relativo del tiempo. Estan ahí, en el recuerdo y en el presente. Lo que de veras fue, no se pierde; la intensidad es una forma de eternidad (Borges)
“Tal vez si mienten los recuerdos, como que al final somos lo que nos contamos y uno puede reescribir las historias y nada, quizás manipulando recuerdos o contándonos mentiras piadosas, negando cosas, también podemos recordar de formas más sesgadas y reescribir las historias que nos pasaron. Hay recuerdos que están vivos y van cambiando en la memoria”, concluye Delfina.
Fotografía de portada: Juan Pardo Goicochea
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