El Cementerio del Salvador: la ciudad de los muertos disidentes

El Cementerio del Salvador guarda los rastros de una Córdoba que ya no es y de otra que insiste. Fue uno de los pocos cementerios disidentes del país creados para quienes no podían ser sepultados según el rito católico. Esta crónica reconstruye su transformación. Desde una estafa al pueblo Comechingón en el corazón de Alberdi, a muertos ilustres, masones y rituales populares

Por Lucía Ceresole

Debajo de uno de los árboles que delinean el camino principal hay un chico sentado en un nicho que deshace el nudo liviano de una bolsa de nylon y saca dos cervezas Brahma que dispone frente a una placa. Las abre, mira al suelo, se agarra la cabeza y murmura en voz baja.

La charla con Fermín, abuelo, padre y esposo que murió en 2012, dura diez minutos. Antes de irse completa un pequeño altar improvisado frente a un retrato con la cara del padre: las latas al lado de una cruz dorada, dos floreros y un pedazo de papel aluminio sostenido por una piedra. Es un sábado de octubre por la mañana en el Cementerio del Salvador.

Para llegar, hay que cruzar el Parque Pueblo La Toma en Alberdi y esquivar juegos infantiles donde una señora toma mates, mientras vigila a su nieta que corre por el predio. Equivocarse de cementerio es absurdo. El Salvador se arrincona al lado del San Jerónimo que se levanta con una entrada magna. Solo hay una reja negra que lo separa de la calle y un camino de cemento largo que lleva hasta el final, el Cementerio Armenio.

En el ingreso hay tumbas separadas del resto del lugar por paredes bajas. Es un limbo, según la religión católica, un lugar adónde van las almas de quienes mueren sin el bautismo. Hay personas enterradas que no profesaban el culto pero que tampoco lo rechazaban como el pintor cordobés José Salamanca.

El cementerio tiene a todas las personas sepultadas bajo tierra y sus lápidas son las que están ornamentadas, también marcadas por la humedad y el desgaste, algunas rotas y sucias. No hay muchos mausoleos, pero el mármol blanco negro impoluto de la Gran Logia de la Argentina centellea entre los colores pardos del lugar.

Altar de Fermín. Fotografía cortesía de Lucía Ceresole

Un lugar donde caer muerto

Su nacimiento justificó el entierro de los cadáveres de quienes no profesaban la religión católica. Muchos inmigrantes, algunos suicidas. Frente a los masones, están las tumbas de quienes fueron los primeros: John Macon Thome, nacido en Pensilvania (1843), ocupó el cargo de director del Observatorio Nacional Argentino de Córdoba. Sepultada a su lado, Frances Wall (esposa), una de las maestras norteamericanas que trajo Sarmiento y que se incorporó como vicedirectora de la Escuela Normal de Maestros, hoy Alejandro Carbó. También la sepultura de María R. Stoecklin, otra maestra que llegó con la misma convocatoria. 

Además de Chalmers Stevens, astrónomo ayudante de Benjamin Gould, Charles Dillon Perrine, último norteamericano en dirigir el observatorio cordobés, James Oliver Mulvey, constructor de telescopios, Federico Schulz, naturalista, uno de los primeros convocados para trabajar en la Academia Nacional de Ciencias Naturales de Córdoba. Y Jorge Pilcher, fotógrafo del Observatorio. 

A la mitad del camino principal, un aviso en azul desgastado marca el inicio de un nuevo trayecto que deja atrás a las tumbas más antiguas. En este cementerio, que fue de disidentes, ahora hay un cartel que dice “Monte de Olivos”, igual que el lugar más sagrado del este de Jerusalén.

Morir en paz

La historia de este cementerio empieza con Antonio Alderete, librero ateo y anarquista, que murió en noviembre de 1867, en Córdoba, a sus 28 años. Su cuerpo estuvo una semana esperando en la entrada del Cementerio San Jerónimo hasta ser enterrado.

Ateos, practicantes de otras religiones, herejes, suicidas y luego armenios, masones, ingleses, escoceses, polacos, alemanes recorrían -los que podían- 450 kilómetros en tren para ser enterrados en Rosario, el único cementerio de disidentes que existía.

El 23 de noviembre de 1867, la Municipalidad de Córdoba reunida en concejo acuerda la construcción de un cementerio para sepultar los cadáveres de los individuos que mueran separados de la religión católica. El terreno estaba situado en la parte sud del San Jerónimo -en la ordenanza aparece como ‘nuestro cementerio’- y el área asignada fue de setenta y cinco varas de frente por setenta y cinco de fondo. La firma la puso Apolinario Rivas, intendente de la ciudad y Remigio López, su secretario.

En su artículo 3, la ordenanza dice que la cerca del Cementerio de Disidentes será exactamente igual a la de Nuestro Cementerio. La cerca idéntica a la de la necrópolis católica evidencia de manera cabal que lo que se guarda en el interior no lo es.

Anular la diferencia para la mirada externa, confundir al que mira borrando en su línea de edificación la externalidad disidente, que hacia el interior ya no aparenta ser igual: la muralla es un obstáculo físico para el contacto”, Liliana Pereyra (La muerte en Córdoba: a fines del siglo XIX).

Fotografía: Lucía Ceresole

Hay que cuidar al muerto

Hoy es día de visita. Los verdes de los arbustos y el rosa de las flores, son pequeñas islas en el mar del gris mármol, el cemento y la tierra. En esta mañana de domingo de noviembre, los colores están recién puestos sobre las tumbas. Y hay cambios, el mausoleo de las logias tiene algo nuevo: una columna estilo griego que termina en un triángulo negro jaspe brillante con una calavera tallada.

A metros de los masones, una pareja cuida una tumba como si pusieran en orden su casa. Barren el piso de tierra, riegan plantas y colocan brotes, se sientan de frente a admirar su creación ahora reluciente, se glorifican y vuelven a empezar. Al procedimiento repetitivo lo custodia una cumbia envolvente que suena despacio desde un teléfono.

Quince pasos hacia el fondo y una rampa son los accesos a otro mundo, un cartel azul anuncia el cementerio armenio, gestionado por la comunidad en 1958. No hay losas rotas, ni pasto crecido, hay mármol gris y negro, lápidas grandes en otros idiomas y los únicos panteones del cementerio. En Córdoba hay una gran comunidad de descendientes de armenios que vinieron a principios del siglo XX por el genocidio.

Tumba de los masones. Fotografía: Lucía Ceresole

De tumba y estafas

El Padre Horacio Saravia está sentado en la cocina de una casita que es anexo de la parroquia San Jerónimo, a tres cuadras del cementerio, con un vaso de gaseosa de naranja y el libro “Aborígenes de Córdoba Capital” entre sus manos. 

Es cura en Alberdi desde hace 44 años, tres días a la semana también está en la Capilla del Cementerio San Jerónimo. Su voz hipnotiza y es difícil cumplir con el pedido: “Yo me voy por las ramas así que avísame, córtame cuando me vaya”.

En una palabra, los estafaron. Así se pudo fundar el Cementerio de los Disidentes. He buscado por todas partes, no encontré que esa escuela se haya construido. Eso no se lo sabe mucho porque es un detalle, pero tengo el expediente y el legajo que lo guarda: Archivo Histórico de la Provincia”, relata.

Los estafados son el Pueblo de la Toma, una comunidad indígena, principalmente de comechingones, que se ubicaba en la zona de la toma de agua de la ciudad. El barrio fue incorporado a la trama urbana en tiempos de conquista y renombrado Pueblo Alberdi en 1910. “Esa comunidad existe actualmente, invisibilizada entre los vecinos, pero articulada jurídicamente. Nunca se fueron”, dice Saravia.

“La comunidad de la Toma estaba siendo amenazada por el Estado de que se iban a acabar sus tierras comunales y las opiniones los fragmentaron: el Curaca Félix Cortés y Don Lino Acevedo -estaban a favor de arreglar con el Estado- y los curacas más rebeldes, entre ellos el hermano de Félix Cortés, no”, comenta el Padre.

El grupo que se resistía a entregar sus tierras era defendido por el abogado Jerónimo del Barco, quien negoció con el estado municipal y el 8 de junio de 1874 logró una promesa fundada en la necesidad que tenía el pueblo y que nunca se construyó: una escuela primaria.

Hay otra estafa. En 1871 y 1875 vino la Ley de Desarticulación de las Comunidades, abolieron la propiedad comunal y la hicieron privada para pagar impuestos. La aristocracia política liberal cordobesa se quedó con varias hectáreas”, rememora Saravia

Nadie visita al muerto

En Córdoba hoy, casi el 70% de las familias eligen la cremación. Del restante, un 25% opta por cementerios privados y un 5% sigue sepultando en cementerios públicos. El dolor ya no se monumentaliza, ni urbaniza, dice Liliana Pereyra, solo se mitiga desde una placa en la tierra, el mármol de un nicho o bajo un árbol nutrido de cenizas.

El culto a los muertos va desapareciendo en Córdoba y en la Argentina. Soy testigo de casi medio siglo de lo que sucede en el barrio. De 14 entierros que había, hoy hay apenas 3, porque surgieron otros cementerios y por el alto grado de la cremación. Eso le ha dado menor actividad interna al cementerio y también de tradición y religiosidad popular. Están siendo más valorados como espacio de la memoria”, cuenta.

El padre Saravia confía en su ritmo circadiano, en su reloj interno que le avisa que sobra tiempo hasta la misa de las 19. Se sirve otro vaso de gaseosa de naranja y comenta que los cementerios públicos están cada vez más ocupados, que en los últimos años se entierra gente sin dinero, muy humilde, gente de aquí. La muerte también tiene clases sociales.

Fotografía: Lucía Ceresole

El principio del fin

En el Cementerio del Salvador, dos personas ingresan en una moto por el camino principal hasta el fondo y todo ocurre en menos de cinco minutos: estacionan frente a la tumba que vienen a visitar, un hombre se baja con un ramo de flores grande, las dejan y se van. Son las once de la mañana de un domingo y solo quedan los que limpian. Una pareja, que hace mantenimiento, conversa mientras el hombre busca una escoba, barre el piso de tierra de una lápida y repite la acción en otra cercana. Ponen flores, sacan yuyos. Desde una esquina, a lo lejos, sigue sonando baja la cumbia rotosa de un celular.

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