Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Permitiéndome la interpretación salvaje -porque quizás ni la propia autora esté al tanto de ello- podría considerarse que su nombre artístico es un acrónimo del principio de los tiempos, tanto suyo, como de la humanidad. Aunque el coro y el góspel no se correspondan entre sí en origen, comparten características en común: un santuario, un rito, un ceremonial, la común unión con Dios.
El góspel fue la respuesta espiritual al escarnio de la esclavitud. Al igual que en el jazz, el origen del nombre es la deformación de la lengua, en este caso, de “Godspeel”: “palabra de Dios”. La comunidad negra obligada a los jornales de ‘sol a sol’, no perdieron la fe de que en algún momento se tomarían revancha. La música fue el canal de comunicación.
Padeceres, enfermedades, tristezas, alegrías y la rabia de las cadenas, se canalizó a través del canto, del acompañamiento coral. Pregunta y respuesta se dice en la música cuando los instrumentos dialogan entre sí, aquí eran voces unidas; Dios, el sol y la luna, los únicos espectadores de lo que allí se gestó: la protesta de la racialización de los cuerpos.
Entre mediados del S.XVII y fines del S.XIX, las composiciones de protesta pasaron de la ruralidad a las urbes, considerándose por primera vez como “música de avivamiento”, llevando al movimiento más allá de los propios campos de recolección y explotación racial, a un ámbito más industrial y comercial. El capital se manifiesta de maneras extrañas.
Ese avivamiento continúa significando los cuerpos, cruzando fronteras y mezclándose entre las generaciones, religiones e ideologías. La síncopa del jazz lo adoptó; el rock lo adoptó; el hip hop lo volvió una parte de sí mismo. No se hereda lo que se hurta.

La historia de las instituciones es bastante paradójica, en tanto se reproduce sobre sí misma, a la par que produce nuevos márgenes por fuera que posibilitan nuevos sentidos, sonidos, imágenes y futuro. Dios te da, Dios te quita. Aunque acá no venimos a hablar de él supremo, sino de música.
La justificación de traer estos hitos es para contar que así como en el góspel, la comunidad negra se conglomeró en grupos corales para paliar la tortura y el castigo de sus amos hasta liberarse, comunicándose a través de ella, la colonización trajo consigo a las iglesias eclesiásticas al sur de las américas. Y, con ella, el coro; nosotros le sumamos el folklore.
Dios también necesita entretenerse de sus propias palabras. El coro puede sonar a un canto de ángeles, pero partidaria a lo terrenal por sobre lo supra de las misiones que pueda tener el cielo para con los mortales, prefiero la admiración del vivo que hace temblar la tierra con su voz.
Nacido de los teatros griegos para responder al juicio de los actos realizados por los actores, el coro fue mutando hasta transformarse en lo que durante el renacimiento se consideró como “socialización”. Grupos masivos de entre 18 a 20 integrantes, cada quién con su rango vocal y su espacio de participación.
El acercamiento de An Espil al coro fue por cuenta propia. Quien la escuchó puede decir con creces que su música de avivamiento podría corearse en un “la palabra de An”, así como el góspel es la “palabra de Dios”.
“Ahora que nombras el góspel no tuve mucha experiencia en ello, pero hice mucho coro. Fui parte de grupos corales, que es lo más parecido que tenemos acá, con repertorio folclórico. Me curtí mucho en conservatorios y después a grupos externos del conservatorio”, comparte.
A las afueras del conservatorio, ella asistía a los grupos corales eclesiásticos. Maestros y compañeros más grandes se sorprendían de la facilidad que tenía para aprender. No se considera una “prodigio”, sí se reconoce como una buena oyente, -‘tengo memoria’, dirá- de lo que suena y lo que vibra alrededor.
“Me iba a Capilla del Señor a cantar con gente grande, yo les simpatizaba mucho a los directores corales y me di cuenta porque tenía un oído muy acertado, no fallaba, era de esas cantantes que coordina la data”, continúa.
Fue aprendiendo de la experiencia, sin presiones, como le enseñó su familia. Un fino cruce entre lo que se desea y lo que se debe hacer. Sobre esos márgenes fue parándose hasta apropiarse de sí misma. Al menos de lo que quería, en ese momento, para su futuro. Góspel, coro, An Espil.
“En cada grupo coral y orquesta tenés que tener un líder, es quien ordena a su cuerda, a su grupo. Lo disfrutaba tanto a cantar en armonía que eso decantó en un grupo como NAFTA que prioriza las voces. Ese fue mi resultado de cantar a voces, llegar a NAFTA que unió ese amor y talento mío para cantar con el Groove y la música más R&B”, sintetiza.

En la música, la frase: “lo que se hereda no se hurta” se cumple casi al pie de la letra. Casi, porque quedarse repitiendo la misma entonación, los mismos modos y usos de las composiciones clásicas, convierte a cualquier intérprete en un nostálgico. Empero, hacer de aquello que se hereda un campo de juegos y de exploración, hace que todo sea más fresco. Un estilo hecho a medida.
“Creo que por suerte viene de una cuestión familiar. Mis viejos se conocieron cantando, un poco mi vieja se rodeó de músicos. Ella canta. De chiquitos a mí y a mis cinco hermanos nos hacía cantar. Venían guitarreros, había reuniones y me fui dando cuenta de chiquita que tenía facilidad para el canto”, retrata.
A su vez, reconoce que no era buena, aunque lo fue gestando con el apoyo de su familia. “Labure mucho. Todo por el entorno en el que crecí. Un poco me lo pusieron en la cabeza, si yo no me daba cuenta era una boluda. No fue una cosa muy difícil, tuve mucha suerte”, relata.
En esa conjunción de recuerdos, el padre le contó, luego del show con NAFTA en el Luna Park, que allí conoció a su madre. Ella corista, él queriendo formar parte de uno. Una casa llena de música no hace que salgan músicos, lo suyo es otra cosa, una búsqueda constante.
“En mi cabeza iba a ser una cantante solista. Está bueno no apegarse a la idea del principio, porque me gusta mucho más este momento donde tengo varios proyectos distintos, donde no soy la cantante solista. Me alegra no haberle dado la espalda a otros proyectos que no me tienen como protagonista”, cuenta.
Es una búsqueda genuina. No hay forma de que la música llegue al oyente como ese duendecillo que invade el cuerpo, como decía García Lorca, si no es desde la sinceridad de lo que el sonido produce. Toda sublimación necesita de la sinceridad de sus actores, tanto del artista que se expone en el escenario, como del público presente. Un mantra, común unión.
Su música es una conversación entre músicos. Lo que suena en el estudio es lo que se escucha en vivo y en directo. Esa convivencia de hacer un camino propio, junto con otros artistas, en medio de la competencia y exigencia descomunal de la “industria”, es lo que mamó del “under”. Lealtad al sonido.
“Lo que le habilité al personaje es cuando quiere y cuando no salir a hablar porque con el tema de la voz es jodido. Yo término gritando y me termino cagando la voz. Si yo salgo la gente me hace hablar. Aprendí a respetarme. Cuando quiero recibir y dar abrazos lo hago sino, no. Por suerte la gente me quiere como soy. De eso me enorgullezco mucho”, reflexiona.

Ante el ojo público, An Espil empezó a compartir sus composiciones desde 2018-2019. El encierro de la pandemia la puso a trabajar sobre sí misma. Quería sonar diferente, hacer otra cosa, amigarse con la idea de que no le gustaba cómo estaba sonando. En 2021, “Jessica Alegría” pateó el tablero.
De allí le siguieron otros 5 álbumes, 4 en vivo y 1 de estudio: “Laura Polines” (2025). Cantatas al amor. Interpretaciones hechas a su imagen y semejanza. Voz rasposa y suave, una tristeza alegre que envuelve la atmósfera. Incómoda de a ratos porque pide ser escuchada. Lo logra, quiere que la quieran y quiere querer.
“Yo no construyo un fanatismo alrededor de mi imagen porque no quiero ir por ese lado. Mi imagen me chupa un huevo, quiero que sea más relacionado a las canciones, a la voz y a la música. Eso me hace zafar mucho del personaje de público de ‘ídolo’. Nos faltan las palabras para terminar de catalogarlo. Yo le digo: público televisivo. Yo no tengo de eso, mi público podrían ser mis amigos”, comparte.
Los músicos que no pretenden la figura distanciada de la realidad cotidiana, como la es la del “ídolo”, comparten algo en común: el anonimato. Ya en su momento Barbi Recanati para Enfant, supo compartir que ‘no debe ser fácil, ni quisiera saber qué se siente caer de tan alto’. Para todo lo demás está el canto del arte.
“De ahí surge la charla de que todo es arte: construir como en la cultura, poder hacer con nuestras manos, con nuestra mente. A mi me ayuda a quererme a mi misma y cuanto más me quiero a mi, más me quieren los demás. Puede ser que uno haga arte para que lo quieran”, concluye.

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An Espil: es una locura.
An Espil y Cirilo Fernández se presentarán en Quality Teatro, hoy, 20:30h, para brindar un espectáculo único. Luego de cinco años tocando juntos y con el exitoso disco en vivo “Piano y Voz” (grabado en vivo en el Xirgu), la dupla regresa con un nuevo desafío: reinterpretar los álbumes de Radiohead “OK Computer”, “Kid A”, “Amnesiac” e “In Rainbows”.
Las entradas pueden conseguirlas por: https://qualityespacio.com/shows/an-espil-cirilo-fernandez
Un trabajo en conjunto con Hebe Sosa de Producciones H.S.
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra
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