Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Me sobran las palabras, no me alcanza el cuerpo, ni la experiencia, para elucubrar todo lo que no aparece en los libros de historia. La calle marca el ritmo, el son y el ton de una memoria que literalmente pasó de generación en generación, de “boca en boca”, de “lengua a lengua”, de diagnósticos, de descuido y desidia sistemática heterocisexual.
Camino por las calles, miro las paredes, presto mis pies a embeberse de algún registro que no me resulte ajeno. La heterosexualidad me es extraña y yo soy una clasificación para la misma: conflictos de la identidad sexual, cuerpo incorrecto, peligro constitutivo para la biología, un sexo asignado al nacer, para una sexualidad en constante desvío.

Córdoba me fue terreno inhóspito cuando llegué. Diez años después, las esquinas huelen a puterío; el cruising debajo de los puentes; la policía que en silencio observa y porta rostros. El perro pierde el pelo pero no la maña. Siguen sin alcanzarme las palabras, la memoria se agolpa en mi sien, en mi piel, en mi estomago, en el brillo de mis ojos que pronuncian que sin ellas, sin ellos, sin esos putxs, tortas, villeras, bisexuales, maricas, travestis, la heterosexualidad no tendría motivos para desear, para matar, para domesticar.
Cada uno de nuestros cuerpos cuentan una historia contradictoria, leída como “perversa”, anómala, trastornada. Sin embargo, nunca nadie cuido como una puta, nadie peleó mejor que una travesti, nadie resistió más el rechazo que una positiva, nadie pisó más fuerte la avenida que un par de tacos aguja. Conocimos la razzia policial, el señalamiento, la mirada desconcertante de que se no encaja, se vive. Sin nada, se construyó una constitución orgullosa. El poder de que cuando no hay nada para perder, se disputa todo.
La memoria tiene nombre y apellido. Los desaparecidos tienen fotografía, hijos, primos, hermanos, abuelos, madres y abuelas. 30.000 desaparecidos. Un número, un símbolo, un olvido, el nuestro. 30.400 presentes. No es comparativo, no es correlativo, allí también estuvimos, aunque no hubo reclamos de los cuerpos desviados de la norma. Cada silencio tiene su muerte. Por eso nos nombramos con la mirada, con el cuerpo, con el roce, con la celebración de que no vivimos por trascender la expectativa, lo hacemos porque conocemos la pérdida.

La noche, nuestra mejor amiga. Mientras la familia duerme, la marica le dice a la trava al oido: “mi vida da cuenta de sus vidas, porque sus vidas dan cuenta de la mía, porque no seré la primera, ni la última”. Una marica llama la atención, dos son multitud, tres son un escándalo. Quizás por eso la policía patrulla la zona roja, para no deprimirse de su propio oficio.
Recuerdo, recuerdo, aunque a veces no quisiera. Escuchar tantas historias y conocer tan pocas voces. Mis mentoras son relatos de un relato, cuerpos amontonados queriendo ser nombrados. Pienso en esa marcha que pase como espectadora, en mí pecho algo se pronunció: “estoy en casa”, pensé. El silencio por la fascinación y por la mirada de mi hermano: “todas estas locas”, dijo. Al año siguiente yo era una loca. De igual modo, ya estaba loca, porque lo maricon, lo travesti, lo bisexual, es una herencia que no se hurta, se encarna.
Y pienso, pienso mientras busco delinear un poco de todo lo que representa ese significante: “Orgullo”. Corto, potente, efectivo, disruptivo. No cabe en una bandera, no cabe en una remera, no cabe en lo individual. Tan colectivo como comunitario. Tanto orgullo como trolxs entran en un recinto, en las políticas de Estado, en los derechos que supimos conseguir.
Camino la marcha, la recorro, bromeo con que “estoy haciendo un estudio de campo gei”, sigo mi paso, sus pasos, los nuestros. Me angustio como me enorgullezco. Lo escribo en primera persona aunque quisiera no ser yo la que habla, sino Lohana, Diana, Maite, Jauregui, las que no figuran en la biblioteca pero sí en los archivos policiales. Por la memoria de ellas, la nuestra.

Me contradigo porque a veces siento que el glitter tapa la lucha, que ahora le dicen Pride a lo que siempre fue Orgullo, que el disfraz de la aceptación asertiva vela el deseo sin disfraz del que canta Federico en Hotel Savoy. Me enorgullezco de las niñeces y adolescencias que buscan con uñas y dientes sus nombres propios, esperanzados de que podrán cambiar el mundo. Tantos colores como la sangre derramada que no hay que olvidar.
“El ímpetu sobre el mundo, la pasión indomesticable, el ademán escandaloso, la seducción prohibida”, Daría Mil Veces.
Fotografía de portada: Maribel Alonso -La Pela/Enfant Terrible.
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra
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