“Ser tu propio bot”: desregulación, comercio de datos y burocracia cotidiana

En el siglo XX, las tecnologías del siglo XXI eran fantaseadas como una proyección para facilitar o agilizar la vida del ciudadano, sin embargo, terminó por transformarse en un Estado de desregulación donde la atención al cliente y el cliente, son el mismo sujeto que demanda una solución. ¿Hasta qué punto esa racionalidad se inmiscuye en nuestras vidas? El comercio de datos llegó hace rato

Por: Coco Polinari Sabattini

A la hora de pensar en la burocracia -como concepto- podemos identificar la manera en que esa imagen tradicional, aferrada al imaginario, asociada a las tareas laborales y la gestión del Estado, se ha ido desdibujando de la realidad.

Durante mucho tiempo llamamos burocracia a ese universo de oficinas, formularios y reglas impersonales. Max Weber (sociólogo y economista) la pensó como la forma más racional de organización del mundo moderno: un tipo de dominación basada en normas, procedimientos escritos y saber técnico, donde no se obedece a personas, sino a órdenes abstractas que responden a lo económico y lo social.

Junto con los avances tecnológicos se fue gestando la idea de que la digitalización de los procesos -nos iba a alejar de la burocracia-. De esta manera se creyó tener una respuesta, una forma de ponerle fin a esa lentitud, al formalismo y la ineficacia que el burocratismo contiene.

Sin embargo, la avasallante actualidad casi que nos obliga a observar y preguntarnos ¿Hasta qué punto esa racionalidad se inmiscuye en nuestras vidas, en nuestras tareas diarias? ¿Por qué ahora se encuentra uno mismo haciéndolo?

Ministro de Desregulación y el presidente en Olivos

¿Existen formas de destruir la burocracia? 

El sociólogo alemán planteaba que la burocracia sólo puede desarticularse con más burocracia, por el simple y verdadero hecho de que el poder burocratiza. Para acceder a la posibilidad de destruir o construir un sistema, se necesita el poder para hacerlo.

Puede resultar familiar esta idea de “destruir el sistema” porque es parte del proyecto de país al que nos arrastra el modelo libertario. Han reconocido el descontento de quienes se enfrentan a las burocracias y han ofrecido una respuesta: la destrucción. 

Se creó un Ministerio de Desregulación y desde allí se prometió una realidad mejor, donde el usuario no deba ser sometido a la frivolidad oficinista y la inoperancia del precarizado. 

Si bien hay antecedentes en otros gobiernos sobre las formas de ordenar los procesos burocráticos que intervienen con la cotidianidad, teniendo un auge coyuntural en la pandemia y siendo un boom administrativo en los 90 y principios de los 2000. A su vez, esas experiencias tienen línea directa con las relaciones, en ese momento emergentes, que se dieron entre la administración pública y las nuevas tecnologías. Ahora bien, esta desregulación tiene características distintivas que poco tienen que ver con la agilización de los trámites y papeleo cotidiano. No hay agilidad en la destrucción, lo que necesitabas fue borrado. Ese trámite, ese certificado, ese papel que tenías que buscar, no está más: a esa inexistencia del beneficio ahora le llaman desburocratización.

Pierre Bourdieu (sociólogo) llamaba la mano izquierda del Estado a aquellas funciones sociales que redistribuyen el bienestar desde las distintas áreas estatales. Son justamente estás las que hoy se encuentran en jaque, y, aunque resulte sorprendente para algunos sectores peronistas, progresistas y de izquierda, este proceso avanzó con aceptación popular, porque logró ser percibido como una bocanada de aire fresco, “ante las viejas costumbres”.

Despidos masivos en ANSES (2024). Fotografía: FARCO

Lo viejo y lo nuevo 

En esta -no- realidad en la que vivimos, a medida que sucumbimos ante la creencia de que ya somos libres de aquellas arcaicas estructuras, nos encontramos demostrándole a una aplicación “que existimos”, que tenemos dos ojos que deben ser escaneados para acceder a  nuestro dinero; explicando en 200 caracteres que efectivamente somos merecedores de algo que el Estado nos debe, intentando pasar de nivel para poder pagar nuestras cuentas, y finalmente, dejando una buena calificación a la gestión que uno mismo acaba de hacerse

Se crean meta-burocracias, se les cambia el nombre y uno “se siente libre” por no tener que pisar una oficina. Y, al mismo tiempo, todo aquello que fue recortado responde más bien al orden de la gestión del reclamo y no tanto al trabajo que el Estado debe hacer para ordenar los sistemas. De esta manera, las desregulaciones a la que nos vemos sometidos nos resultan un problema.

¿Cómo nos modifica la vida transformarnos en nuestro propio burócrata? ¿Por qué me encuentro haciendo un trámite en la madrugada? 

Hoy, gran parte de esa expansión ocurre a través de lo que Nick Srnicek (economista y escritor) supo llamar capitalismo de plataformas. Sostiene que el capitalismo contemporáneo encontró en los datos una salida a la caída de la rentabilidad de la manufactura. Frente a una economía que ya no crece como antes, las plataformas se volvieron el nuevo motor, configurándose como estructuras digitales capaces de extraer, ordenar y monetizar información a gran escala.

Aunque su análisis se concentra en plataformas comerciales (apps de servicios, redes sociales, intermediarios de consumo) también sugiere que, más allá de regular a las corporaciones, se deberían crear plataformas públicas que sean propiedad del pueblo y controladas por él. Estas plataformas tendrían como fin distribuir recursos, posibilitar la participación democrática y generar desarrollo tecnológico, manteniéndose independientes del aparato de vigilancia estatal.

Este marco permite pensar algo más amplio: ¿Qué pasa cuando esta lógica efectivamente se traslada a lo público pero solo el Estado tiene acceso? Ya no se vende productos, sino que se gestiona la accesibilidad de derechos a través de los datos. Y esa desigualdad en la disposición hace que el funcionamiento sea inquietantemente parecido al comercial.

Las plataformas son entornos que organizan cómo hacemos las cosas, cómo esperamos, cómo insistimos, cómo fracasamos en el intento. Cuando esa lógica se vuelve la forma principal de acceder a lo público, el ciudadano deja de ser el asistido para ser quien opera.

Despidos masivos en PAMI (2024). Fotografía: Puntual

Srnicek define a las plataformas como estructuras de intermediación que se sostienen en los llamados “efectos de red”: cuantos más usuarios, más valor. Todos quieren estar donde ya están todos. En el caso del Estado esa concentración no se da por elección, sino por obligación. No podés no estar. No hay alternativa analógica y si la hay está vaciada mediante despidos y desfinanciamiento ¿Qué encontrás cuando vas a una oficina de Arca, Anses o Pami?

A su vez, agrega que las plataformas son aparatos de extracción de datos. En el caso del Estado, además, son aparatos de extracción de tiempo. Cada intento fallido o archivo no recibido, configura una falta en la vida de quien espera la asistencia.

¿Cómo se beneficia el estado con el tiempo perdido?  ¿Qué pasa con los datos que producimos cuando pedimos ayuda? ¿Quién los administra? ¿Quién los procesa? ¿Quién se beneficia de esa información?

Cuando las aplicaciones privadas empiezan a mediar el acceso a derechos básicos, la frontera entre lo público y lo comercial se vuelve cada vez más borrosa. Ya no se trata sólo de recibir asistencia, sino de hacerlo dentro de ecosistemas empresariales que también recolectan, clasifican y rentabilizan información.

Las plataformas ordenan. Definen qué cuenta como trabajo, qué vale como actividad, qué merece ser visible y respondido y qué queda fuera del registro. Cada movimiento se convierte en dato y marca una trayectoria que merece (o no) ser evaluada. En ese marco, la lógica burocrática no es eliminada, es modernizada. El Estado abandona su posición de garante en los procesos para convertirse en un administrador de accesos, en donde sos vos, el propio usuario, quien debe ejecutar los procesos y cerciorarse de que efectivamente salga bien. Si no lo hago yo ¿Entonces quién?

Mercado Libre y el comercio de datos. Marcos Galperin CEO.

Quién nos quita lo filtrado

A medida que el Estado se adapta a la “modernización”, en cuanto al archivo, almacenamiento y gestión, se supone que le corresponden medidas de seguridad y criterios a la altura de tal actualización. No es lo mismo cuidar documentos en papel que cuidar miles de datos alojados en computadoras y sistemas. A su vez, para poder tener una correcta gestión, se necesita un Estado que proporcione las herramientas y contrate a los trabajadores. Esto convive además con un fenómeno externo y preexistente: el comercio de datos.

En los últimos años, como consecuencia del despojo estatal, nuestros datos han sido filtrados y vendidos de manera sistemática. Mercado pago sabe cuánto debes en el monotributo, entras a Telegram y le das tu número de documento a un bot para saber si entraste en la larga lista que se filtró de renaper, los adultos mayores son víctimas de estafas porque sus datos se encuentran en las filtraciones de pami, y así cotidianamente nos hacemos uno con la posibilidad infinita de que otro opere a nombre nuestro.

La gestión de la subjetividad ha tenido un rol fundamental: la idea de que “como no soy nadie, mi dato no interesa”, fue de la mano del imaginario de la “destrucción como solución a los problemas”. Un largo proceso de cognitivo se llevó a cabo para que hoy el grueso de la población esté de acuerdo con que se despida a todos los trabajadores estatales, sin notar que ese trabajo luego será realizado por cada uno y sin recompensa, sin notar además ese dejo de individualismo neoliberal en el que si algo falla, la culpa es solo tuya.

Cuando todo agote, cuando las aplicaciones colapsen y ese colapso sea la regla, y seamos los únicos culpables de nuestras propias desgracias: ¿A quién le exigimos?

Se torna necesario lo comunitario como paliativo al autosaboteo al que el Estado nos invita, ayudar a un otro que se ve sofocado ante una tecnología que no comprende o desconoce pero le es necesaria para poder vivir: ancianos, estudiantes, personas con discapacidad y todo aquel que ese formulario por llenar le constituya una vida, al menos, un poco más digna.

Definitivamente la burocracia se desarma mediante el poder, pero ese poder también puede construirse desde abajo hacia arriba. 

Fotografía de portada: Javier Milei y Federico Sturzenegger repasan oficinas y presupuestos eliminados del Estado desde diciembre de 2023, el 9 de noviembre de 2024.

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