Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por: Juliana Enrico*
Cuando nos preguntan qué hacemos lxs cientificxs de las ciencias sociales y humanas o tenemos que mostrar qué investigamos en las ferias de ciencias de CONICET, en la ronda de los miércoles en la plaza San Martín, en la Universidad, en las escuelas, en las marchas, en las calles, es importante decir que gran parte de nuestra tarea es intentar poner palabras a todo aquello que es inexplicable e imposible de traducir, de pensar, de transmitir, de comprender. El dolor, las violencias, los feminicidios, el mundo incendiado.
Es necesario y urgente denunciar, como marco histórico-político de nuestra vida social, que cuando el propio discurso estatal está plagado de un imaginario de expresiones odiantes, machistas, misóginas, transfóbicas, antifeministas, racistas y violentas, ese discurso cae como una lluvia ácida fina que atraviesa nuestras ideas, nuestras prácticas y nuestros cuerpos, reproduciendo acciones de odio legitimadas desde la esfera pública, cuyo daño es no solamente grave, sino irreversible.
Por ello, desde el campo educativo-científico, y las militancias socioterritoriales del campo popular, feminista y ambientalista, nos preguntamos: ¿Cómo hablar cuando nos quedamos sin palabras, sin lazo social, y con el corazón en pedazos?

Existe una cierta doxa en el discurso social -un sentido común- que indica que si somos docentes, científicos o científicas, investigadores formados, o especialistas y estudiosos de lo que sea -por ejemplo, de mirar pájaros o estrellas o sociedades- debemos poder hablar de esas y algunas otras cosas con cierta certeza cultural. Y se supone que eso es así, porque trabajamos con materias significantes (la mirada, los lenguajes, las palabras que conectan las cosas del mundo con determinadas representaciones, las cuales van formando parte de nuestras perspectivas, lenguas y conocimientos compartidos) que se establecen en tanto saberes y sentidos de nuestras sociedades y pueblos.
Estos saberes están deslegitimados hoy desde la política estatal (al igual que nuestras instituciones educativas y científicas), y los acontecimientos violentos y crudos que debemos vivir todos los días nos ponen al límite de toda explicación o comprensión. Porque desde una cierta ética de lo humano, vivimos circunstancias y experiencias atroces cada vez más imposibles de pensar, de nombrar y de explicar desde algún marco de racionalidad y de sensibilidad compartida.
En los últimos 20 días se registraron en el país 14 feminicidios y transfeminicidios, y 12 intentos de feminicidios. A veces la realidad nos pesa tanto que no podemos levantarnos de la cama y solamente queremos llorar o quedarnos en el río hasta que se haga de noche. Pero tenemos que salir a trabajar, hacer la comida, estudiar, escribir, publicar papers, hacer mil informes, cuidar a lxs hijxs y ser felices para no desvanecernos o literalmente desfallecer y morirnos de pena. Y cada día agradecemos tener pan y trabajo, que la gran mayoría en el mundo no tiene.
Estamos en guerra. Genocidas, ecocidas, nos someten a este estado constante de depredación y vulneración de todo lo viviente, mientras los poderosos y los ricos se hacen más ricos que nunca y la naturaleza y todas las formas de vida sobre el planeta, incluidas nuestras pequeñas infancias recién nacidas, son devastadas. “Vidas lloradas”, les llama Judith Butler.
¿Para qué nos sirve todo el marco teórico que estudiamos? Justamente, para eso: para mirar juntxs como comunidad, para poder defendernos y sublevarnos, para transformar este mundo en otros mundos posibles.

Mi hija me preguntaba por los feminicidios de Morena, Brenda y Lara, vinculados con el contexto narco. Me contó que les llegó un video por el celu a las compañeras de escuela, una de ellas se descompuso al ver no sé qué y se tuvo que ir al patio a tomar aire. “Hija, ¿viste algo? ¿Cómo les llegaron esas imágenes o esos videos a tus compañeras?”, le pregunté. Me dice que no, que no vio nada, que solamente “escuchó algo”.
¿Cómo decirles semejante atrocidad y que no queden al límite de una catástrofe subjetiva? Sean niñas, niños, adolescentes, adultxs. Porque todxs pasamos situaciones de violencia, y todo el tiempo sobrevivimos. Pero, “No todas tenemos las mismas condiciones para sobrevivir”, como dice Georgina Orellano, trabajadora sexual y puta callejera.
Pareciera ser que ser un femicida pasa de largo, o es menos cuestionado por los imaginarios hegemónicos. “La culpa es de las feministas”, dijo la infame ministra, Bullrich. Nosotrxs reclamamos memoria, verdad y justicia y no andamos matando tipos por las esquinas.
Los sucesos de las últimas semanas fueron imposibles de dimensionar. Era escuchar una noticia tras otra, donde lo sangriento se volvía más sangriento, y lo incendiado más incendiado, mientras todo explota alrededor y adentro nuestro. Y es que mirar duele, a veces hasta el infinito. Nos quedamos sin palabras y se nos va el alma.
Durante el fin de semana largo -2° semana de octubre-, sucedió el secuestro de Pedro (5 años), en su casa de Villa Rivera Indarte. Las alertas de Ni Una Menos y el Alerta Sofía en todo el país. Con el paso de las horas nos enteramos del “trasfondo”: el femicidio de Luna y Mariel (su madre y su abuela), por parte de Pablo Laurta (padre), de nacionalidad uruguaya.
“¿Mamá, apareció el nene?” Me pregunta mi hija. Fue un alivio que apareciera en un hotel de Gualeguaychú, donde fue llevado por su padre femicida para cruzar la frontera hasta Uruguay, donde fue detenido. Luego, la información escabrosa: el doble feminicidio por parte del fundador de “Varones Unidos” -Regnum Tuum- (vinculado a Laje y al Presidente). Organización antifeminista que acusa a las mujeres, víctimas de violencia de género, por supuestas “falsas denuncias”, parte de los discursos que sostienen la “batalla cultural” contra la ideología de género.
Al mismo tiempo hubo dos muertes de dos niñas uruguayas en un incendio (por una explosión) en la iglesia cristiana evangélica “Nuevo Amanecer”, en Villa Serrana, a cinco cuadras de donde ocurrió el doble femicidio. En un principio se vincularon ambos sucesos, pero la investigación policial descartó la sospecha.
Por si fuera poco, tiempo después se conoció la denuncia por la desaparición del chofer de viajes, Martín Palacio, quien había trasladado a Laurta desde Córdoba hasta Entre Ríos. A las horas, el perito encontró el auto incendiado, junto al cuerpo calcinado y decapitado de Palacio. Una novela policial negra o el cine gore parecen menos intrincados y crudos que la realidad de estas imágenes.

Todo esto transcurría mientras se incendiaba salvajemente el Parque Nacional Quebrada del Condorito y parte de Icho Cruz, incendio que fue contenido entre el sábado 11 y domingo 12. En La Quebrada del Condorito el fuego permaneció avivado por el viento durante 6 días, quemándose alrededor de 6.000 hectáreas de máxima protección ambiental.
Según un comunicado de ATE, el Gobierno Nacional mantiene sólo 8 brigadistas asignados al Parque, responsables de cubrir 37.000 hectáreas protegidas, con el mínimo de recursos de la Administración de Parques Nacionales por los graves recortes presupuestarios.
Todo se prende fuego y quedan vidas arrasadas: animales, plantas, tierra, materia. Y el aire se vuelve irrespirable y el agua se llena de cenizas de seres muertos. Los recientes feminicidios que ocurrieron en nuestro país, son desde todo punto de vista lo atroz de lo atroz, como tema que se naturaliza. El monstruo frío’, le dice Hannah Arendt a las formas del fascismo. La banalidad del mal que nos penetra y nos vuelve inconmovibles nos extrae la condición de humanidad.

¿Qué podemos hacer, entonces, ante estas tragedias? ¿Cómo educar? ¿Cómo amarnos? ¿Cómo ser felices al menos por un minuto en un mundo en llamas?
Tenemos las vidas y los trabajos amenazados, la ciencia pública amenazada, el futuro amenazado, la educación pública amenazada, pero nos levantamos temprano y sonreímos al sol, nos hacemos unas tostadas con manteca, que es algo que siempre nos hace felices, porque tenemos manteca y pan. Es un tesoro en muchas casas, porque en otra infinidad de casas no hay ni manteca, ni agua, ni pan.
Por eso decimos que queremos una ciencia en, desde y para el pueblo, no para las corporaciones, ni para los gobiernos genocidas, ecocidas, transfeminicidas, lesbocidas, infanticidas. Una educación que nos abra las puertas a nuestra común sensibilidad, que es algo que hemos perdido, o que nos quieren hacer perder.
Entre tanta catástrofe, estas semanas fui al maravilloso taller de Victoria Pinardel, que en medio de las sombras nos invitaba a pensar “Las Casas”, en el espacio “La Brillante” de Salsipuedes (un hotel recuperado que funciona como clínica psicoanalítica de barrio o de pueblo, para hacer comunidad). Lo interesante de este espacio, lo vital, es que merodeamos las nociones y afectos del “vivir-juntxs”, justamente a partir de situaciones de locura. Una locura intratable, pero habitada, enfocada absolutamente en pensar nuestras vidas juntxs, produciendo vida, no nuestras muertes.
“Temible y aguardada como la muerte misma, se levanta la casa” (“La Casa”, Orozco Olga, 1946)
Por eso la importancia de estos espacios y formas “otras”. Porque frente a tanto loco violento, que son machos muy racionales, incluido el sórdido presidente de la Nación Argentina, junto a los machos del Norte, de los cuales este señor se pretende un (fallido) espejo a costa de entregar nuestro país, nuestros bienes comunes, nuestras tierras, nuestra educación, nuestra salud pública, nuestra soberanía. Mientras, le pegan a las y los jubilados en las calles, atacan con ferocidad a los pueblos originarios violando sus derechos y territorios ancestrales, todos los días, nos quedamos con esa locura que es indefinible, que forma parte de todxs nosotrxs, como la infancia que llevamos dentro, inapropiable.
“¿Cómo no hablar?” y “¿Cómo no temblar?”, decía Derrida frente a la fuerza de ley de lo que se nos impone violentamente. Por eso es necesario dimensionar, frente a estos discursos de odio que generan división, diferenciación y dominación social total sobre nuestras mentes y cuerpos, que nos quedan las palabras.
Las decimos así, malhabladas, todas juntas, sin respiro, con un nudo en la garganta, porque no damos más, pero tenemos que hacer que salgan de nuestro cuerpo para encontrarnos.
Como el llamado de las fuerzas de la tierra, debemos unir todo el latido ancestral que nos viene sosteniendo por siglos, y en ese mismo pulso buscar la vibración que nos permita detener el abismo. Más que nunca, cuidarnos como comunidad trashumante, junto a todos los seres vivientes.
“Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida” (“Las Muertes”, Orozco Olga, 1954).
*Juliana Enrico es Doctora en Ciencias de la Educación por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC, y Licenciada en Comunicación Social por la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER. Docente feminista y ambientalista. Es Investigadora Adjunta de CONICET con sede en el Centro de Estudios Avanzados de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC, donde integra el Programa de Estudios Interdisciplinarios de Género y el Programa de Estudios sobre la Memoria. Es Docente Adjunta en la Escuela de Ciencias de la Educación de la FFyH UNC, y Directora del Programa de Ambiente, Sociedades y Territorios de la FFyH. Su tema de investigación en CONICET se denomina “Transformaciones en el espacio educativo-cultural argentino contemporáneo. Articulaciones entre nuevos lenguajes, nuevas políticas y nuevas subjetividades históricas”, y además dirige actualmente el Proyecto de Investigación denominado “Desbordes feministas de los sures…” (SEICyT FFyH – CEA FCS UNC).
Fotografía por: Tomás Cruz.
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