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De Franco Basaglia a la Ley de salud mental en Argentina, movimientos contra la deshumanización
En el aniversario de la muerte de Franco Basaglia, impulsor de un antecedente fundamental en materia legislativa de la antipsiquiatría como fue la Ley 180 en Italia, dialogamos con Alicia Stolkiner para hablar de la salud mental en Argentina
Más como dispositivos carcelarios que como espacios sanitarios, los manicomios se diseñaron para aislar a los locos y apartarlos de la sociedad. Con el tiempo, gracias a los aportes del psicoanálisis, la sociología, la psicología institucional y la psiquiatría comunitaria, se evidenció que los manicomios no sólo no "curan" la locura [1], sino que incluso la refuerzan a través del encierro, así como a los estigmas creados alrededor de ella.
Una figura reconocida a nivel internacional por su lucha contra el modelo médico psiquiátrico manicomial, y por lo tanto contra la deshumanización de las personas con padecimiento psíquico, fue precisamente un psiquiatra: el médico italiano Franco Basaglia, por quien, hoy 29 de agosto, se recuerdan los 45 años de su fallecimiento, tras una corta pero intensa vida de aportes al campo de la salud mental y los derechos humanos.
Antifascismo y antipsiquiatría
Antes de ser médico psiquiatra y empezar una trayectoria que lo llevó por diferentes nosocomios de Italia, mientras estudiaba medicina a sus 20 años de edad, Basaglia fue arrestado por su militancia antifascista, por lo que permaneció en prisión política durante seis meses, hasta terminarse el gobierno de Mussolini en 1943. Este episodio influyó en visión acerca de la reclusión, así como del destrato que se recibía en estos lugares de encierro [2].
Ya como médico, luego de recibirse en 1952, se trasladó a la localidad de Gorizia, al noreste de Italia, para ponerse a cargo del psiquiátrico local: “un hospital dominado en primer lugar por la miseria, la misma que encontramos en todos los manicomios”, diría él. Allí inició su trabajo contra esta atención deshumanizante, y que a su vez le recordaba a sus años como prisionero político. De esta manera, se combinaban dos etapas de su trayectoria vital.
Varios años después, luego de impulsar una reforma total en el nosocomio de Gorizia -experiencia que posteriormente lo llevaría a Trieste-, en 1978 funda el movimiento político-intelectual denominado “Psiquiatría democrática” y logra que se sancione la Ley 180 (conocida como Ley Basaglia), que tenía como objeto erradicar los manicomios y sustituirlos por dispositivos de atención comunitaria, en base a la ya probada efectividad de estos últimos. De esta manera, la desmanicomialización comenzaba a implementarse como política pública en Italia.
A pesar de los grandes avances conseguidos y los aportes tomados en distintas partes del mundo, al debate por la locura y las políticas de salud mental, la historia de Franco Basaglia es poco conocida. Prácticamente no aparece en las currículas de formación disciplinaria en carreras como psicología o medicina.
Pocos años antes de morir, a fines de la década del 70 daría una serie de conferencias en Brasil, que fueron recopiladas en el libro “La condena de ser loco y pobre”, una obra que sirve para aproximarse tanto a la vida y obra, como al pensamiento de Basaglia, el cual, sin dudas, podría influir en las formaciones y prácticas socio-profesionales, de quienes habitan y disputan el campo de la salud mental.
Franco Basaglia, médico psiquiatra italiano, figura clave del movimiento político "psiquiatría democrática"
“El éxito de la salud mental sería su desaparición”
Al igual que pasó en Italia, antes de tener su propia Ley de Salud Mental sancionada en 2010, Argentina también atravesó un proceso de fuerte crítica a las vejaciones en los manicomios. El informe “Vidas arrasadas: la segregación de las personas en los asilos psiquiátricos argentinos (2008)”, realizado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), reflejó con datos esta situación y denunció internaciones arbitrarias, abusos en el interior de las instituciones, muertes sin investigar, privación de la libertad en celdas de aislamiento, abusos físicos y sexuales, falta de atención médica, condiciones insalubres de alojamiento, ausencia de rehabilitación, tratamientos inadecuados y sobrepoblación, entre otras vulneraciones (Adelqui del Do, et al. 2025).
Es decir, antes de la ley, hubo una problematización social acerca de estos dispositivos, que acumulaban una gran cantidad de denuncias por las violaciones a los derechos humanos.
Sin embargo, y a pesar de estos antecedentes, la ley no está exenta de críticas, debido a los intereses que entienden a la salud como caja fuerte.
Para Alicia Stolkiner, en diálogo con Enfant: “La Ley de Salud Mental nunca llegó a tener el presupuesto que se planteaba y que se necesita. De los años 93 en adelante, este tipo de políticas (menemistas) plantean que gastar en mano de obra es prácticamente tirar la plata, y que hay que gastar en tecnología o medicamentos, que favorece a las grandes industrias del campo, que son actores fuertes”.
En este marco, Stolkiner plantea que actualmente “uno de los principales embates contra la Ley de Salud Mental es, por un lado, el embate contra cualquier política de salud. Por eso la situación del Hospital Bonaparte, que es un hospital modelo en términos de ser un hospital general de atención para problemáticas de salud mental, el objetivo ahí es desmantelar las políticas de salud general”.
En este sentido, la psicóloga fundamenta: “mi frase siempre ha sido que el éxito de la salud mental sería su desaparición, para insertarse en un Sistema Integral de Salud. Tenemos la paradoja de que exista una Ley de Salud Mental, en un país que no tiene una Ley General de Salud. Pero bueno, había que avanzar de alguna manera y la salud mental en Argentina es un movimiento social”.
Un joven residente subido las rejas de una ventana en el Hospital Bonaparte, durante una movilización contra el cierre de la institución, en octubre de 2024. Fotografía: Paloma Cerna para Enfant Terrible
Consumos problemáticos de drogas, la nueva gran disputa
Para Stolkiner, hoy la disputa no se encuentra tan centrada en la locura como tópico que le ha permitido a la psiquiatría establecerse como corporación, sino en lo que refiere al consumo problemático de sustancias. En palabras de Stolkiner, esto es: “una fuerte pelea política por tratar de separar lo que sean consumos problemáticos del campo de la ley de salud mental, para colocarlo de nuevo en el terreno de la cuestión jurídica y penal”.
En la Ley Nacional de Salud Mental (LNSM), los consumos problemáticos de drogas están contemplados en su artículo 4 [3]. A su vez, este apartado se complementa con la Ley Integral para el Abordaje de los Consumos Problemáticos (IACOP, 26.934) del año 2014, que, hasta el día de hoy, a más de 10 años de su sanción, no tiene presupuesto asignado. A su vez, ambas legislaciones se encuentran en franca contradicción con las políticas que se promueven con la aplicación de la llamada "ley de drogas" 23.737, desde un enfoque punitivo-securitario, que tiene su dimensión geopolítica, algo que abordamos junto con Stolkiner en una anterior nota.
Uno de los choques que se traslada al ámbito de los consumos, que también gira en torno a la locura, está en las internaciones, que, con la LNSM, dejaron de estar bajo el criterio unilateral de un psiquiatra o de un juez, para ponerlas en el plano de lo interdisciplinario, quitándole poder a dos corporaciones de peso como lo son la medicina psiquiátrica y el Poder Judicial.
“Es un nuevo enfoque de los recursos, acostumbrados a trabajar interdisciplinariamente, que conoce el límite de su intervención y la necesidad de una intervención compleja, que puede comprender la problemática global, y sin embargo también centrarse en la problemática singular: este caso, esta persona y cómo debe ser atendida”, explica Stolkiner.
Respecto de la internación, la psicóloga agrega: “Aquí tenemos un problema. Necesitamos los dispositivos adecuados, no sólo para garantizar las internaciones necesarias, sino para garantizar las externaciones necesarias: los dispositivos intermedios, las casas de medio camino, las casas asistidas, los hospitales de día, los talleres. Con una profunda inserción en lo comunitario. Todo eso es mucho trabajo vivo, como dicen los pensadores del campo de la medicina social. Y por lo tanto, implica un gasto que se quiere restringir para canalizar la capacidad de concentración de riqueza cada vez en menos manos. Es un marco mucho más amplio”.
Salud mental, un movimiento social
En los años 70, por su estrecho vínculo con los derechos humanos, la puesta en valor de la dignidad humana y la apuesta por la transformación de las instituciones, la salud mental comienza a ser perseguida durante la dictadura en Argentina.
Un hecho, entre tantos, que sirve como muestra fotográfica de la represión, es la intervención militar que sufre el Hospital Colonia Santa María de Punillaa partir de 1974. Allí, un grupo interdisciplinario denominado "comunidad terapéutica" pone en práctica nuevos métodos de internación con la creación de una cooperativa de alimentos gestionada por usuarios, que es mal vista por el ministro de Bienestar Social, José López Rega, creador de la organización paramilitar Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), por considerarla comunista.
En palabras de Alejandro Vainer para la Revista Topia: “la búsqueda de mejoramiento de la calidad de vida de un paciente podía ser acusada de ‘subversiva’”. Algo similar nos compartía la psicóloga Silvia Plaza, en el marco del Día del Psicólogo/a Víctima del Terrorismo de Estado: “Antes del 76, psicología, sin que se llame 'psicología comunitaria', tuvo acciones importantes en barrios, en villas, en producción de dispositivos de intervención. (..) Siempre había esta mirada en lo social, y eso hace que sea una disciplina 'peligrosa', porque mira a la persona, mira al sujeto y su relación con el mundo”.
Mientras tanto, por estos mismos años, Franco Basaglia venía a distintos países de América Latina como invitado, para dar conferencias y debatir la desmanicomialización. De hecho, en 1975 se trasmite un debate entre psiquiatras en plena televisión mexicana, donde Basaglia expresaba: “El hombre está hecho de elementos biológicos, sociales y psicológicos. La amalgama de estos hechos produce la vida del hombre, por lo tanto, es sobre estos hechos que nos debemos concentrar. Pero la solución no estriba en decir cuál es el origen de la enfermedad mental. Lo importante es el trato que se le va a dar al enfermo, porque desde el momento en que a un loco se le arroja a la cárcel, como lo es en realidad un manicomio, yo digo que este hombre no es nada, que ha queda nulificado”.
Por su parte, Stolkiner cuenta aún tiene entre sus pertenencias, revistas de psicología de los años 70 “que plantea transformaciones que están contenidas en la ley de salud mental”. “Acá existió un movimiento de trabajadores de la salud mental que llamó a un curso de formación nacional y se anotaron unas 1000 personas. Te estoy hablando de los 70, cuando no existía internet, el Zoom, ni nada”, agrega. Y rescata la experiencia de la olvidada Federación Argentina de Psiquiatras (FAP), que también integraron psiquiatras como Emiliano Galende y que igualmente fue perseguida por la Triple A.
Pero a pesar de la represión, la salud mental en Argentina, “siempre queda como una especie de resto de movimiento y como parte de la cultura”, agrega Alicia, “me parece que eso es importante”.
El recorrido histórico sobre salud mental en Argentina es mucho más complejo y abarcativo. No es el fin de esta nota. Lo que aquí se busca hacer es recuperar una historia como la de Franco Basaglia, que une distintos tópicos que hoy tienen una vigencia notable, debido al avance de las ideologías y discursos que promueven nuestra autodestrucción, para entender que la disputa en la salud mental no es sólo intelectual, sino necesariamente política, que busca la transformación de los sótanos de la humanidad. Es necesario entender esto, para entender no sólo qué se defiende cuando se defiende la ley de salud mental, sino poder activar este movimiento humano que ha sabido hacer retroceder a lo más bestial.
Referencias:
[1] Cuando habla de la “locura”, Enrique Carpintero se refiere a un padecimiento psíquico, emergente de diversas patologías, que ha tenido diferentes significaciones en la historia, ocupando un lugar en la cultura de estigmatizaciones y prejuicios propios de cada época. Es decir, el poder dominante, en cada período histórico, fue determinante para generar una cultura de la locura en la que se desarrollaron las prácticas de tratamiento.
[2] “La primera vez que entré en una cárcel yo era estudiante de medicina. Luchaba contra el fascismo y me llevaron preso. Recuerdo la situación alucinante que me tocó vivir. Era la hora en que eran llevados afuera los recipientes con excrementos de todas las celdas. Había un olor terrible, un olor a muerte. Recuerdo haber tenido la sensación de estar en una sala de anatomía mientras se diseccionan los 58 cadáveres. Trece años después de recibirme me nombraron director de un manicomio y cuando entré por primera vez tuve la misma sensación” (La condena de ser loco y pobre. 2008. Pág 58-59).
[3] “Las adicciones deben ser abordadas como parte integral de las políticas de salud mental. Las personas con uso problemático de drogas, legales e ilegales, tienen todos los derechos y garantías que se establecen en la presente ley en su relación con los servicios de salud”.
Bibliografía:
Consumos problemáticos y Derechos humanos: perspectivas comunitarias (2025). Adelqui del Do, et al.
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