Casimiro y Andrada Quinteto: el jazz vive en el encuentro generacional

Los músicos y compositores, Lucas Acuña (Casimiro) y Cristian Andrada (Quinteto), estarán presentándose mañana, 20h, en el Centro Cultural Córdoba. Juntos suman un basto recorrido musical. Provenientes del rock, se encontraron con que la libertad está en la herencia de la síncopa. Una conversación íntima sobre música, pero sobre todo la pasión de compartir el escenario

Semanas atrás, para los 20 años de la Córdoba Jazz Orchestra, se describió como hay una disputa de sentidos entre la multiplicidad de orígenes que tiene consigo la palabra Jazz. Lo significativo de ello no es si surgió en un burdel, en la deformación del nombre de una banda militar o de la patente para cobrar regalías; más bien es no desconocer su procedencia, la síncopa.

Sus fundadores, similar a compositores folcloristas de nuestra tierra, no patentaron sus composiciones. No porque no supieran que se podía hacer negocio de ello, simplemente lo hacían porque lo llevaban consigo. Cuando se habla de que la población afrodescendiente tiene facilidad para el ritmo, se simplifica en 'herencia genética'. El ritmo no se transmite por la sangre, se transmite por la cultura.

La principal diferencia entre quienes se enuncian como parte de la black american music y no desde el jazz como género musical, comparten que en la síncopa no hay escritura, hay libertad de expresión. Muy pocos fueron los músicos negros que han escrito partituras de sus improvisaciones, porque no querían desustancializar lo que llaman la "polirritmia africana".

El jazz nace de esa polirritmia, pensemos que fue la suma de sus partes lo que hizo a este particular estilo tener su propia impronta; al igual que la historia que lo arraiga a un pasado ancestral atravesado por la colonización y comercialización de esclavos africanos.

“Cuando toco un tema o una melodía, aunque no sea mía, creo un universo sonoro. Esa sensación la tengo desde muy chico. Un instante idílico donde uno quiere quedarse a vivir ahí adentro, porque es muy lindo poderlo moldear y hacer la realidad que uno quiere. Es sonido, pero no deja de ser una realidad. La intención es que vos también puedas vivir esas mismas sensaciones”, relata Lucas Acuña.

Lucas Acuña. Fotografía por Matías Sepulveda

Un momento idílico

Sentarse a escuchar música es un momento idílico. Un álbum dura alrededor de 45mn, en ese tiempo se pueden ver cantidad de reels o Tik Toks. Ambas actividades pueden considerarse que son para pasar el rato, aunque las personas por lo general dirán que no tienen tiempo para sentarse a escuchar música.

Es una práctica incómoda porque no hay ningún regocijo al entrar en contacto con las sensaciones que un álbum propone. Es como mirar una película o una pintura, uno no es protagonista, lo es la obra. Esa relación cada vez menos recíproca entre el espectador y el artista es en parte por la sobre estimulación de sentidos y porque la escucha es un hábito que se aprende y hereda.

“La improvisación es el lugar donde más cómodo me siento. Me parece que es un momento de expresión absoluta y es el tronco del jazz. Es la única música donde el 90% es improvisación. En otros géneros se repiten patrones, en la música clásica hay un trabajo de elaboración, en el jazz la obra es improvisada”, comenta Cristian Andrada.

Es que el Jazz no es virtuosismo, es creatividad, es eso inexplicable que transmite un estado de excitación casi orgásmico, sumamente afectivo porque entra en contacto con todo lo que atraviesa: el escenario, el público, la historia.

Miles Davis decía que el podría hacer música sin público, porque la tenía todo el tiempo en su cabeza. “Ahora mismo estoy pensando en una melodía, me encanta”.

“El jazz puede ser muchas cosas. Uno puede decir que quiere tocar como Charly Parker, es como ponerte un traje que te gustaría usar un rato. Está lindo, lo disfrutas, pero más tarde querés ponerte el vestidito que uno es. Hay que animarse y buscarlo”, relata Lucas.

Cristian Andrada. Fotografía por Matías Sepulveda

Dios los cría y el jazz los amontona

Tanto Lucas como Cristian, iniciaron sus recorridos en el rock, estudiaron composición musical y armaron sus proyectos solistas, esto en el lapso entre sus 15 y 25 años. Luego se encontrarían de gira por Holanda y de allí trazaron un camino que los juntaría en la composición síncopada.

“Lo importante es lo que uno lleva, lo que quiere mostrar y la expresión que quiere compartir con la gente”, describe Lucas.

Una vez regresados a Argentina, Lucas retomó contacto con uno de sus primeros amores, la trompeta. Además de integrar la Córdoba Jazz Orchestra, en 2024, formó Casimiro junto a Martín Dalmasso (guitarra), Lucio Cheli (batería), Agustín Palacios (contrabajo) y Matías Romero (vibráfono).

El nombre, fue gracias al perro salchicha mestizo que visitaba la casa del músico, según Lucas buscó representar "el espíritu de entrega al juego y a la aventura de la música" que comparte con las generaciones más jóvenes que integran su proyecto.

Por su parte, el quinteto de Andrada, esta formado por Cristian (contrabajo y composiciones), Martin Dellavedova (saxos), Eduardo Elia (piano), Fabricio Amaya (guitarra eléctrica) y Luis Barzola (batería).

El cruce generacional es lo que mantiene vivo al jazz, es la frescura de las melodías que se transmiten y que, al estar ejecutadas por nuevos aires, posibilita que se creen nuevos diálogos sonoros. Dejando en claro que aunque se hunda el barco, la música no tiene final.

“Lo que te muestra la música en vivo es otra parte de la realidad. Si vos estas cómodo con la música que estas escuchando, estas incomodo o te produce algo, te hace dar cuenta que no todo transita por los canales que todos creen: economía, dinero. Te baja a la realidad de manera más simple porque que te hace conectar con lo íntimo”, concluye Cristian.

Fotografía de portada: Matías Sepulveda.

Profesora y licenciada en psicología (UNC). Me dicen Chora. Editora de Género y de lo que se presente.

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