Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

La triangulación: cultura - medios de comunicación - música estuvo presente desde tiempos inmemoriales. Lo que fue perfeccionándose es el aparato publicitario y de difusión. De una identidad selectiva atravesada por la herencia diferencial de la monarquía durante la edad media, a un entretenimiento de masas. De la industrialización de la música con la producción de vinilos, cassettes, CD's y gadgets electrónicos, a plataformas digitales con un catalogo extensísimo y global.
La cultura performa los gustos y deseos de las personas, según la moda y la tendencia. Antes las tendencias duraban meses, era un logro para los artistas llegar a los charts -los más escuchados del mundo- y mantenerse durante semanas,hoy dura un fin de semana, días u horas.
La producción en masa formaba conceptos estéticos y hasta políticos en el público. El Rock N' Roll fue pura excitación, composiciones cargadas de movimientos estrafalarios, campera de cuero, jeans achupinados y peinados engominados. Por saturación las identificaciones también se transforman. Luego la tendencia fue el punk, cada vez más trash, anarco y rústico: 'do yourself'.
Para cada momento una variante. No se pasaba de un estado a otro, se era o no se era. La industria entiende que para vender tiene que ofrecer maneras de ser y de estar.
Las épocas pasan, los géneros se amalgaban y las tendencias se sustituyen tan rápido que ya no hay modas. Hay metamodas, tantas maneras de ser y de estar, como artistas producidos.
La industria es lo que es, un negocio. Ni bueno, ni malo. Como el capital, encierra en sí misma la respuesta y la antítesis. La encrucijada de querer vivir de lo que “a uno le gusta” y la frustración de tener que amoldarse o adaptarse a la circunstancias de un mercado que exige una serie interminable de requisitos para acceder a un grupo selecto que recibe regalías por cada 100 mil reproducciones.
Un informe realizado por el MiDiA Research, en 2021, señaló que Spotify es la plataforma principal de streaming de audio a nivel global, con el 32% del mercado. En ella, el 1% de los artistas se lleva el 90% de las reproducciones. Es decir, el 99% de los artistas se disputa el 10% del consumo. De esta forma, la plataforma funciona en base a la cantidad y a la masividad de los oyentes. Millones de reproducciones por 0,0038 centavos de dólar.
Para el cantante y productor, Tomás Ferrero, durante el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio (ASPO) se aceleró la crónica anunciada: las plataformas de streaming como Youtube o Twitch y las aplicaciones de música acapararon la centralidad de la industria discográfica.
“Cambiaron un montón de cosas, se ajustó el sistema tecnológico y se aceleraron un montón de procesos que venían lento: la situación de venta de tickets, la cantidad de conciertos y streamings pagos que se comenzó a hacer, todo eso fue una acelerada que no hubo forma de frenar y ajustó muchísimas cosas”, comenta.

La competencia desmedida que genera la liquidez de la digitalización, hizo que la propia industria se reestructure y cambie el paradigma de acceso y consumo. La venta de discos hoy representa un tercio de sus ingresos, siendo el 70% restante capitalizado en distribución virtual. La facilidad que tienen los oyentes para acceder es diametralmente opuesta a la que tienen los artistas para ver ingresos netos.
Según Spotify, 8 millones de artistas subieron su música a la plataforma y 60 mil canciones nuevas se agregan cada día. Las cantidades son magníficas, pero el 99,3% solo genera menos de 10 mil dólares al año.
En ese vertiginoso ritmo, las productoras recomiendan a artistas ya no sacar álbumes sino singles; ser más cercano al consumidor subiendo historias, producir merchandising. Hablar de todo, menos de música. Hacer de todo, menos música.
“Algo que no me gusta mucho es la cultura del “sol out”. Si no está agotado, no vale. Se le dio mucha bola post pandemia, como que de repente todo el mundo agotaba todo, porque los lugares eran más reducidos y se generó esa corriente que está bastante mal”, relata Tomás.
La cultura digital, durante la salida de la cuarentena, empezó a abarrotar lugares por el simple hecho del consumo de artistas. Ya no se los oye, se los consume; ya no se espera el disco en físico. Si no aparecen en la playlist de fin de semana, “no están pegados”. ¿Dónde queda el arte en todo esto?
“Es un problema el tema del contenido. Las canciones duran una semana de lanzamiento y ya tenés que estar pensando en lo que viene porque son procesos cortos, efímeros. La cultura de la historia de Instagram: todo dura 24h y listo. Hay que pasar a algo nuevo y ya todo queda viejo rapidísimo. Eso me rompe la cabeza y no me gusta”, continúa.
En ese sentido, las plataformas recomiendan por ejemplo asesorarse con agregadores digitales para saber cuándo, cómo y de qué manera posicionarse en las playlist durante el fin de semana. Un álbum que lleva meses o años de producción pasa ser ubicado en una lista recomendada junto a miles de otros artistas que suenan más o menos similares.

Los integrantes de Rayos Laser (Tomás Ferrero, César Seppey, Gustavo Rodríguez) vienen oscilando en la cultura digital desde su fundación en 2011. El primer álbum, homónimo, fue lanzado en la plataforma SoundCloud.
El alcance que tiene la virtualidad posibilita que bandas o sellos independientes tengan llegada a públicos más diversos. Eso lo supieron aprovechar, aunque lo ilimitado de la producción los llevó a reinventarse, porque el éxito de Rayos Laser-Rayos Laser no aseguró que puedan vivir de lo que producen, aún formando parte del sello independiente cordobés -Discos del Bosque- que impulsó el género indie nacional, de donde salieron artistas contemporáneos como Juan Ingaramo, Valdés e Hipnótica.
Luego de varías búsquedas y de tratar de conectar con el público -porque la cantidad de reproducciones no es sinónimo de intimidad en vivo- su cuarto álbum “El Reflejo”, les permitió encontrar ese punto de inflexión y de ruptura entre la virtualidad y recitales, girando por Europa y América Latina.
Se podría considerar que crecieron a la par de que la internet se transformaba en redes de interacción social. Las apps multiplataforma los mantiene alertas a las tendencias, aunque sigan componiendo para tocar alrededor de fogones. “Somos una banda de fogón digital”, refirió el guitarrista Gustavo Rodríguez.

El último álbum, lanzado en abril, es una búsqueda genuina y bien consolidada. Ritmos folks, blues, con un fuerte componente techno-pop, es una síntesis de que después de 14 años, son, antes que nada, una banda de amigos.
“El grupo humano es lo que más cuidamos, la amistad nuestra es lo más importante, lo que más nos interesa cuidar. Cuando el proyecto tambaleó, nos juntamos a hablar para que la amistad no se manche, para que no sea un problema. En decisiones claves fue lo primero en que se pensó y en lo que pensamos para mantenerlo y cuidarlo”, comenta Tomás.
“Ya no estoy aquí”. Un nombre alusivo a que no importa en dónde se encuentren, de seguro es pensando qué nuevos sonidos presentarle al público que la cultura digital democratizó.
“Si eras de una 'tribu urbana', vamos a decir, no podías pertenecer a otra. No podías escuchar otra música. Estuvo muy instalado durante los 80’s y 90’s. Cuando llegué a Villa María, me impactó y encantó la diferencia que había con eso. Cuando salimos a tocar a otras provincias sentíamos lo mismo, de que se estaba abriendo el abanico y la forma de consumir música, de consumir shows y eso nos gustó. Lo abrazamos”, concluye Tomás.
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra
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