Una mirada tosca sobre la unidad e historia del Cordobazo

A 56 años del Cordobazo, la revuelta popular que alteró el pulso de la dictadura de Onganía, el legado de unidad obrero-estudiantil vuelve a resonar. ¿Es posible hoy construir una fuerza con la misma potencia? ¿Qué condiciones del ‘69 ya no existen?

El 29 de mayo de 1969, Córdoba dejó de ser simplemente una ciudad del interior para convertirse en el epicentro de una rebelión que se replicaría entre 1969 y 1972 en distintas provincias del país como Santa Fe, Salta, Tucumán, Jujuy, Buenos Aires, Mendoza, entre otras.

Obreros y estudiantes salieron a las calles en una marea humana que desbordó a la policía, paralizó al país e instaló un nuevo paradigma en la lucha contra el régimen militar.

Las barricadas improvisadas, los colectivos cruzados en avenidas, las columnas marchando desde fábricas hacia el centro, y hasta el Ejército sitiando las esquinas del casco histórico fueron apenas algunos de los símbolos de una insurrección precisa, planificada y profundamente política.

El Cordobazo fue mucho más que una protesta: fue una construcción de unidad real entre sectores con profundas diferencias.

Unidad sintetizada en nombres como Elpidio Torres, de SMATA, vinculado al peronismo y sindicalismo ortodoxo; Atilio Hipólito López, de la UTA, peronista, ex vicegobernador de Córdoba; y Agustín Tosco, de Luz y Fuerza, marxista, ajeno a la lógica partidaria.

Tres trayectorias y visiones políticas, un reclamo común: justicia social, soberanía política y derechos laborales.

No fue un acuerdo de cúpulas, sino un mandato de las bases que exigían dignidad”, nos cuenta Bianca Tosco, historiadora y nieta del gringo Tosco en una entrevista.

Para Bianca, la lucha de su abuelo trasciende los monumentos: “Agustín no se pensaba como un mártir ni como un héroe, sino como parte de una lucha colectiva. Por eso hablaba siempre de unidad, no como consigna vacía, sino como condición para avanzar”. En su mirada, el pasado no es un museo: es un espejo. Y en ese espejo, Bianca no ve solo lo que se logró, sino también lo que falta conquistar.

Cuando el pueblo ordena y las dirigencias hacen

La unidad en Córdoba, a mi parecer, estuvo dada por las coincidencias en relación a los reclamos de la clase trabajadora”, cuenta Bianca Tosco. Y agrega: “También en la forma de pensar el país que se quería construir aparte de esta organización”.

A primera vista, parecían irreconciliables. Tosco, con su discurso racional y su independencia partidaria; Torres, con su pragmatismo y sus vínculos con la ortodoxia peronista; y López, que desde la CGT de Córdoba impulsaba una visión pluralista, con acento en las bases.

Sin embargo, en aquel mayo de 1969, las diferencias quedaron en suspenso. La unidad no fue superficial ni táctica: se tradujo en huelgas activas, marchas conjuntas y un horizonte común de justicia social, soberanía política y fin de la represión. Esa conciencia de clase y unidad conceptual compartida fue lo que convirtió la unidad sindical en una fuerza histórica, arrolladora.
Incluso dentro del peronismo, señala la entrevistada, existían diferencias sustanciales. “No fue lo mismo el peronismo de base de López, que el peronismo jerárquico de la CGT de Pardo a nivel nacional. La CGT de Azopardo tomó una postura que se definía como colaboracionista o participacioncita y el peronismo de Córdoba, en cambio, tomó una posición distinta, una posición combativa que responde a los reclamos de las bases”.

Bianca Tosco. Foto: Julio Pereyra/Enfant Terrible.

Entonces esto nos lleva a preguntarnos qué implica esa unidad, quiénes participaron de la misma y sobre todo cuáles son las diferencias que se dejaron de lado en ese momento para lograr reclamos fundamentales”, concluye Bianca. Una pregunta que no es sólo histórica, sino urgente: en un tiempo donde los fragmentos parecen irreconciliables, la experiencia del Cordobazo recuerda que no hay lucha colectiva sin una unidad conceptual, política y programática.

La arquitectura de una convergencia

La unión que cristalizó el Cordobazo no fue un instante efímero ni un acuerdo espontáneo dictado por la urgencia. Fue, más bien, el punto más alto de una serie de procesos de organización, debate y construcción colectiva que se venían gestando desde hacía más de una década, especialmente en Córdoba, pero también en otras regiones del país.

Ese proceso estuvo nutrido por la formulación de programas políticos y económicos impulsados por el sindicalismo combativo, que no solo enunciaban reclamos sectoriales, sino que proponían una visión de país. Bianca Tosco lo resume con claridad: Es una forma de pensar el país que queda muy clara en los programas de Huerta Grande, de La Falda y el programa del primero de mayo de la CGT de los Argentinos en el 68.

Esos documentos, elaborados en congresos gremiales de base, con fuerte presencia de sindicatos cordobeses, contenían propuestas concretas que iban desde la nacionalización de recursos estratégicos hasta la democratización de la economía mediante la participación obrera en las decisiones sobre la producción y la distribución.

En el Programa de La Falda (1957), por ejemplo, se exigía el control obrero de las empresas públicas, la prohibición de despidos sin causa, el salario mínimo vital y móvil y la nacionalización de la banca y el comercio exterior. En el Programa de Huerta Grande (1962), impulsado por el gremio de Luz y Fuerza de Córdoba bajo el liderazgo de Tosco, se avanzaba aún más: se hablaba abiertamente de independencia económica, justicia social, fin de la deuda externa y rechazo al imperialismo.

Lejos de ser meras declaraciones de principios, estos programas expresaban una lectura crítica del modelo económico dependiente y una voluntad transformadora concreta. Bianca subraya que allí se planteaban el desarrollo de la industria nacional, la participación obrera en la producción y en la distribución, el rechazo a los monopolios extranjeros y fundamentalmente la justicia social y la soberanía política. Esa articulación de ideas permitía proyectar una agenda de clase común, más allá de las diferencias político-partidarias. La liberación nacional era el mandato.

Foto: Archivo Electrum.

El Programa del 1º de mayo de 1968 de la CGT de los Argentinos, a la que pertenecía “el gringo” Tosco, condensó y radicalizó esa línea. Su manifiesto denunciaba la connivencia entre las cúpulas sindicales burócratas y los intereses del régimen, y llamaba a una resistencia activa desde las bases. “El pueblo no se salvará sino por la acción directa. La lucha de masas y la unidad combativa son los únicos caminos”, se afirmaba entonces.

En otras palabras, la convergencia que permitió el Cordobazo fue estratégica y programática. Esa es la arquitectura profunda de la unidad que entonces se alcanzó: una alianza entre diferentes sectores del movimiento obrero que, sin diluir sus identidades, fueron capaces de reconocerse como parte de una misma clase en lucha.

Hoy, cuando esa memoria vuelve a hacerse presente, Bianca advierte que no se trata solo de celebrar el gesto del pasado, sino de reconocer los cimientos sobre los que se edificó aquella fuerza colectiva. En sus palabras: Si realmente se buscara mejorar esas áreas que se consideran esenciales, no debería ser a partir del cercenamiento de los derechos, sino que para mejorar esas áreas lo que se necesita es más y mejores políticas públicas, más y mejor inversión, más condiciones dignas de trabajo para cada una de esas áreas.

Es decir: los programas que sustentaron la unidad del Cordobazo no han perdido vigencia. Siguen siendo, en muchos aspectos, respuestas posibles ante los dilemas actuales del trabajo, la economía y la política. Y siguen ofreciendo una guía para volver a pensar, desde la clase trabajadora, qué país se quiere construir.

Foto: Archivo Electrum.

La evolución de la lucha: de la barricada al hashtag

Cincuenta y seis años después, el mapa de la protesta ha cambiado. Las huelgas todavía existen, pero conviven con otras formas de resistencia: campañas en redes sociales, transmisiones en vivo desde los piquetes, plataformas que permiten coordinar paros sin una estructura sindical clásica. Sin embargo, la esencia de la protesta permanece: denunciar lo intolerable y organizar lo posible.

En 1969, el modelo era el paro activo: abandono de tareas, manifestaciones, ocupación del espacio público.

En 2025, se suman herramientas digitales y nuevos lenguajes. Pero también aparecen nuevas amenazas ante un mercado laboral totalmente distinto al de entonces: sobreinformación y monopolización de la información, gobiernos que legislan por decreto, un clima de fragmentación que debilita la capacidad de respuesta colectiva, pluriempleo, precarización aún en empleos formales, sindicalismos débiles, centrales que representan a trabajadores que hoy son una minoría (trabajadores formales) y no tienen eco en las juventudes trabajadoras, entre otras problemáticas.

Bianca señala: “Tenemos que ser muy creativos en nuestras formas de protesta y de organización en este momento que es de mucha incertidumbre, donde proliferan noticias falsas que el único objetivo que tienen es generar odio y dividir”. La advertencia no es menor: sin unidad, la protesta se diluye; sin verdad, la organización se fractura.

Foto: Julio Pereyra.

El DNU 340/2025: la huelga como delito

El 21 de mayo de 2025, el gobierno nacional firmó el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) 340/2025, que amplía la nómina de actividades consideradas “esenciales” y establece criterios de cobertura obligatoria durante medidas de fuerza. Entre otros puntos, exige que los trabajadores de servicios trascendentales mantengan una cobertura mínima del 75 % y de 50 % para otras tareas definidas como “de importancia crítica”.

El decreto fue presentado como una medida para “garantizar la continuidad de servicios fundamentales a la población”. Pero para las organizaciones sindicales, el objetivo es otro: deslegitimar el derecho a huelga.

Este decreto busca atacar el derecho a la protesta de los trabajadores”, denuncia Bianca. Y agrega: “Se limita la organización con la directiva sindical, dos medios fundamentales a partir de los cuales los trabajadores pueden hacer escuchar su voz, expresar sus reivindicaciones y requerir condiciones dignas para el mismo”.

La lectura de los gremios es clara: el DNU es una mordaza. Una estrategia de disciplinamiento que intenta asfixiar la única vía legítima de defensa de los derechos laborales.

Foto: Julio Pereyra.

La memoria como resistencia

Los derechos sociales y laborales que están siendo atacados hoy son el resultado de esas luchas colectivas”, recuerda la nieta del Gringo. No se trata solo de apelar a la nostalgia del Cordobazo, sino de reactivar su fuerza, su ejemplo de unidad, su impulso transformador.

En un país donde la historia se disputa también en el presente, recordar el Cordobazo es un gesto de militancia. Y frente a decretos que cercenan libertades, las barricadas de ayer reaparecen como consignas, como asambleas, como marchas, como tuits que denuncian y convocan.

En ese sentido, el 29 de mayo es una fecha que interpela: ¿Cuál es hoy nuestro Onganía? ¿Dónde están nuestros Tosco, nuestros López, nuestros Torres? ¿Podremos, una vez más, dejar de lado nuestras diferencias para recuperar esa unidad que hizo temblar a una dictadura? ¿Qué desafíos impiden hoy una unidad similar?

Lo que podemos tomar del Cordobazo y de esas luchas pasadas es la conciencia de clase de todos los trabajadores. La preservación de los derechos y la posibilidad de hacer nuevos reclamos va a requerir necesariamente de esa confluencia, solidaridad y organización colectiva”, sintetiza Bianca.

Esa es la herencia que sigue en disputa. No las cenizas del fuego, sino la llama que todavía arde.

Comunicador popular. Vecino de Barrio Yapeyú. Me dedico a la fotografía, la redacción y a hacer muchas preguntas.

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