Marcelo Mindlin: el empresario que comanda la energía de Argentina

Marcelo Mindlin multiplica su poder hasta volverse casi imposible de medir y, al mismo tiempo, resulta invisible para las masas. Mejor: no necesita del voto popular. Escribe sus propias reglas y moldea, junto a un puñado de empresarios locales e internacionales, el futuro del país

Por Agostina Polischuk para Enfant Terrible

La energía mueve, alimenta, enciende, sostiene, calienta. Está en el sol que viaja 150 millones de kilómetros para caer sobre un techo de chapa o un campo de soja. Está en las máquinas que giran sin descanso, en las personas que las hacen funcionar, en la hornalla que calienta el agua para un mate; y en la pantalla donde estás leyendo esto. Todo lo que funciona —un cuerpo, una ciudad, un país entero— necesita energía. Quien la controla, tiene algo más que recursos estratégicos: tiene poder.

La mayor parte de la energía que se produce a nivel mundial proviene del subsuelo, y en Argentina, ese poder se concentra en una figura: Marcos Marcelo Mindlin. Es uno de los empresarios que surgió y se enriqueció desde el menemismo en adelante. Su trayectoria comenzó en el mundo inmobiliario junto a Eduardo Elsztain —otro de los rostros de la economía argentina— y luego de catorce años de sociedad, cambió su rumbo: “Decidí hacer mi propio proyecto y ser el número uno”. Con el tiempo, su dominio energético se volvió una pieza clave para los gobiernos de turno. Sin embargo, hoy dice estar “mejor posicionado que nunca”.

Mindlin es dueño de Pampa Energía, el mayor holding energético privado del país. Concentra extracción, transmisión y distribución de gas y petróleo. Y no se detiene ahí: su trayectoria incluye desde infraestructura, minería y bienes raíces hasta la exploración de litio y cobre. Pero de todos sus negocios, nada lo entusiasma más que su conquista reciente: el Rincón de Aranda, ubicado en Vaca Muerta. Allí, en la aridez de la Patagonia, se encuentra el corazón de la energía nacional.

Pozo petrolero de Pampa Energía en el Rincón de Aranda, Vaca Muerta, Provincia de Neuquén. Foto: web Pampa Energía

Un matrimonio comercial hecho al calor del neoliberalismo pop

Marcelo tenía 25 años cuando Carlos Menem asumió la presidencia, el 8 de julio de 1989. Había finalizado recientemente su Licenciatura en Economía en la Universidad Nacional de Buenos Aires, y luego de tres años de experiencia como secretario de un “empresario importante”, Eduardo Elsztain le ofreció trabajar con él. Elsztain: obsesivo, discreto, metódico. Empezaba a levantar un imperio a través de shoppings, oficinas, bancos y campos. Era cuestión de tiempo que se encontrasen, compartían la comunidad judía y la ambición por los negocios.

Junto a Eduardo encarnaron rápidamente el modelo de los nuevos empresarios que emergieron al calor del neoliberalismo: jóvenes con capital, carisma y contactos. Tenían la audacia para especular con activos subvaluados en donde cada movimiento podía multiplicar ganancias o provocar pérdidas catastróficas. Ese mismo año fundaron IRSA (Inversiones y Representaciones Sociedad Anónima), la empresa pública y visible y Grupo Dolphin, la empresa privada, de inversiones y de bajo perfil. Todo en simultáneo.

Menem ganó con un discurso peronista y la promesa de una revolución productiva. Ni bien asumió, la realidad fue otra: ajuste fiscal y una economía desregulada. Introdujo una versión local del neoliberalismo con estética pop. Viajes a Miami, bronceados excesivos, labios perlados y pelos abultados. Rolex, Ferraris y pizza con champagne. Showmatch y Hola Susana en la televisión. Tributo al dólar, barrios privados, inflación controlada y un presidente convertido en un personaje mediático. 

En 1994, Argentina vivía un período marcado por una aparente estabilidad económica pero las tensiones sociales y políticas empezaban a asomar. Ese año, Marcelo había cumplido 30 y se había casado con su novia del secundario, Mariana Obertyner, con quien tuvo tres hijos: Nicolás, Tomás y Andrés. Ya entonces contaba con un lugar en el mundo de los negocios como la mano derecha de Eduardo. 

Cinco años después de que Elsztain fundara la empresa IRSA, el holding inmobiliario más grande del país, Marcelo entró como accionista minoritario. Desde ahí, gestionó proyectos de alta gama: Alto Palermo, Patio Bullrich, Abasto Shopping, Dot Baires Shopping. Por otro lado, y aprovechando la estabilidad del Plan de Convertibilidad (1 peso/1 dólar) impuesto por Domingo Cavallo -el cuarto Ministro de Economía en un año y medio de gobierno-, ambos comenzaron a operar en la Bolsa de Comercio con Dolphin. De esa manera, compraban en silencio lo que había quedado en manos privadas.

En ese período, Elsztain, que había vivido en Nueva York y conocía los circuitos internacionales de inversión, tuvo una reunión con George Soros, un influyente inversor estadounidense que le dio un fondo de 10 millones de dólares ¿Así nomás? Eduardo dirá que lo sorprendió con su brillantez en los pocos minutos que duró la reunión, pero la verdad es que Argentina estaba en oferta por dos pesos. Soros no dudó. Se transformó en accionista formal de IRSA y adquirieron juntos el Banco Hipotecario, privatización por la que ambos serían imputados posteriormente debido a irregularidades.

La lista de privatizaciones durante el menemismo, es larga: YPF, Entel, Ferrocarriles Argentinos, Aerolíneas Argentinas, canales de TV públicos, electricidad, gas, agua y saneamiento. Así lo anticipó el ministro de Obras y Servicios Públicos de Menem, Roberto Dromi, en su famoso fallido: “Nada de lo que deba ser estatal, permanecerá en manos del Estado”. 

La crisis se volvió evidente. Servicios deteriorados, despidos masivos, villas que se multiplicaron en la periferia. Los precios subían todos los días. La gente estaba endeudada y el país también. FMI, corrupción y coimas. La riqueza se concentró en unas pocas manos. Todos querían verse caros; pocos lograron hacerse ricos. Y en ese último hueco, entre la desesperación y el exceso, se colocaba Marcelo Mindlin.

Su asociación con Eduardo, le trajo renombre y oportunidades. Él tampoco se quedó atrás. Marcelo pertenecía a un mercado que parecía caótico pero que se movía con reglas que él ya empezaba a dominar. Tal fue así, que los apodaron “el matrimonio comercial más exitoso del menemismo”. 

***

En abril de 2023, Ariel Sbdar, un economista y emprendedor alineado con el libre mercado, entrevistó a Marcelo Mindlin en su programa Cocos Talk. Entusiasmado por considerarlo uno de los mayores “casos de éxito” en el país, le consultó por sus inicios en los 90:

-¿Qué sentías al estar en medio de la hiperinflación?, ¿Era divertido, aprendías cosas, ganabas plata? 

Mindil, que hasta entonces acompañaba sus palabras con una sonrisa, cambió el gesto y el tono:

-No, la palabra no es “divertido”. En la hiperinflación, aparte de que se derriten los valores, hay gente que se empobrece y la pasa mal. Es un signo de que la economía fracasó, de que el país fracasó -dijo distanciándose de insinuaciones.

Hay un breve silencio. Ariel se acomoda en la silla imitando el ceño fruncido de su entrevistado. 

  •  Okey... Hay gente que se empobrece -dice y asiente con la cabeza.
  • Pero es verdad que si uno sabe estar preparado para esas circunstancias, podés salir muy fortalecido -admite.
Marcelo Mindlin (al centro) junto a su equipo de Pampa Energía haciendo sonar la campana en la Bolsa de Nueva York

Pampa Energía: la creación de un imperio

En el año 2002, el matrimonio Elsztain-Mindlin se separa. “Los últimos años con Eduardo fueron difíciles, yo estaba insatisfecho”, explicó. Lo pensó un tiempo. Catorce años de trabajo conjunto, viajes que duraban días, reuniones y estrategias con las que potenciaron su imperio. “Nos divertimos. Creamos empresas de la nada. Pero él era el mayoritario y yo lo acompañaba”

Estaba por cumplir 40 y quería su propio proyecto. Puso en marcha el plan: construir una empresa líder en Argentina. Para el nuevo rumbo, implementó la vieja receta. Aprovechó la devaluación y compró empresas quebradas a un valor menor de lo que saldrían en condiciones normales. Así nació Pampa Energía. 

A pesar del miedo y de la incertidumbre, Mindlin contaba con capital de base y contactos poderosos. En la división de bienes, se quedó con Dol­phin Fund Management, el 30% de Cresud y el 8% del Banco Hipotecario. Al año siguiente, pasó a ser el testaferro de Joe Lewis, un británico multimillonario, socio de George Soros, que vive en las Bahamas y tiene una fortuna aproximada de 6.000 millones de dólares. Lewis invertiría en Pampa Energía, obteniendo en 2019 una participación del 8,7% en la empresa.

Durante el menemismo, Lewis adquirió 12.000 hectáreas de manera ilegítima en Lago Escondido, Río Negro. Cercó el territorio y ocultó su paisaje haciéndole honor a su nombre. Solo entran jueces, fiscales y empresarios amigos, como por ejemplo su huésped preferido, Mauricio Macri. En 2023, fue procesado en Estados Unidos por presunto fraude financiero y pagó una fianza millonaria. El territorio continúa en disputa hasta el día de hoy.

Un modelo de negocios tan privado como estatal

El gobierno de Néstor Kirchner llegó dos años después de la crisis de 2001. El país estaba roto. Con el tiempo, el kirchnerismo se convirtió en algo más que un partido político. Pese a las ambivalencias en sus mandatos, se presentó como un proyecto de reconstrucción: fortalecer el Estado, recuperar la soberanía, reivindicar los derechos humanos. Para los sectores más dinámicos del capitalismo argentino, eso significaba más regulaciones, más trámites, más controles. Pero Marcelo Mindlin no era uno más. Sabía cómo moverse entre las grietas del sistema.

Aprovechó las oportunidades que se le presentaban sin entrar en confrontación directa con el poder. Continuó negociando, comprando, acumulando. Adquirió empresas estratégicas como Edenor y Transener, y en cuestión de días, se quedó con el 95% de las líneas eléctricas de alta tensión de Argentina. 

Para el año 2010, Pampa Energía había puesto un pie como holding diversificado. Tenía en su porfolio: generación eléctrica, transmisión y estaba trabajando en su posterior distribución. Además todavía tenía un rol, aunque menor, en finanzas e inversiones en IRSA. No le iba mal, sabía que Argentina era cíclica y supo acomodarse pese a los subsidios y congelamiento de tarifas, una política de la que es crítico: “Se subsidió indiscriminadamente generando déficit fiscal. Una de las grandes maldiciones del país”, dijo en una oportunidad.

Marcelo quería que su apellido fuera asociado a algo más que a números y acciones financieras. Fortaleció su rol en la comunidad. Pasó a integrar el directorio de la AMIA y de la Fundación Tzedaká, una de las principales organizaciones de asistencia social de la colectividad. Más adelante, en 2017, ocuparía la presidencia del Museo del Holocausto y le ofrecería a su hermana Fabiana, un puesto como directora ejecutiva. Fabiana aceptó y se mudó de Israel a Argentina. Con los años, el museo se posicionó como referente en América Latina por mantener viva la memoria del Holocausto y su compromiso social. Mindlin también.

Foto: página web de Marcelo Mindlin

El empresario favorito de Mauricio Macri

La presidencia de Mauricio Macri representó un nuevo ciclo para la economía argentina, y un nuevo ciclo para Marcelo Mindlin. Compró Iecsa (Ingeniería y Construcciones Sociedad Anónima), la constructora de la familia Macri, dirigida por Ángelo Calcaterra, primo del presidente. La adquisición estuvo salpicada por el Lava Jato, una investigación de corrupción que reveló sobornos de empresas brasileñas a funcionarios en varios países de América Latina, incluido Argentina. Mindiln no modificó su jugada y entró al corazón de la obra pública, terreno donde Macri jugaba de local.

En el 2016, Marcelo recibió la ayuda necesaria para obtener la filial de Petrobras: el gobierno le prestó 140 millones de dólares para cerrar la compra. Parte de su adquisición se cubrió con la reciente deuda del grupo por 750 millones en Wall Street. Para Iecsa el costo fue menor. Sus socios vendieron algunas, sólo algunas, acciones en Pampa. Estos movimientos dejaron atrás la imagen de “contador” -serio, tranquilo, de sonrisa tímida- con la que se introdujo en el ambiente del mercado. Había causado revuelo y las opiniones se dividían entre quienes lo catalogan como “vendedor de humo” y quienes lo admiraron por su audacia: “Es muy hábil, sabe captar fondos. Nunca hace negocios con su plata”.

El congelamiento de las tarifas durante el kirchnerismo, quedó atrás. El gobierno de Mauricio Macri implementó un tarifazo eléctrico que fue crucial para multiplicar la rentabilidad de Edenor y Transener. La medida lo benefició de tal manera que fue catalogado como “el empresario favorito del presidente”. Según la revista Forbes, en el año 2015 Pampa Energía ocupaba el puesto 103 entre las empresas que más facturaron en Argentina. Dos años después, con Macri, pasó a ocupar el puesto diez. Se trató de una carrera meteórica que no se explica solo por el olfato empresarial de su dueño.

En la historia del capitalismo argentino hay un hilo que se repite: ningún gran empresario triunfó en soledad. Mindlin no es la excepción. Su imperio se levantó con préstamos blandos, privatizaciones a medida, blanqueos oportunos y tarifazos que multiplicaron ganancias. Un empresario paraestatal: liberal para hacer dinero, estatista para asegurarlo. Tan privado como público. Como Macri. Como tantos otros.

Vaca Muerta: tierra de polvo, llamas y promesas

El viento en Vaca Muerta no silba: arrastra. Levanta la tierra reseca y la pega contra la piel, como si quisiera dejar una marca de pertenencia. El cielo es un tajo inmenso y azul sobre el desierto marrón. No hay pájaros. Solo el rugido lejano de un camión cisterna que parece cruzar un planeta muerto.

En Añelo, un pueblo que parecía olvidado hasta que el subsuelo empezó a prometer riqueza, llegan en camionetas blancas —casi todas blancas— personas que hablan de fracturas, arenas y presiones como si fueran un nuevo dialecto. Los bares ofrecen desayunos a las cinco de la mañana y cervezas a cualquier hora. En la ruta, se cruzan trabajadores —la mayoría son hombres— de YPF, Tecpetrol, Chevron y Pampa Energía.

Al amanecer, el sol se mezcla con la luz fría de los reflectores. Las torres de perforación parecen agujas clavadas en la meseta, respirando gas y petróleo, mientras bajo tierra la roca milenaria cede a las fracturas hidráulicas. Se trata de una de las mayores reservas de shale oil y gas del mundo.

Marcelo Mindlin llega en helicóptero. Se pone el mameluco que contrasta con una chomba blanca reluciente y lentes de sol negros. Camina entre ingenieros y obreros con el paso medido del que sabe que todo esto —el ruido, el polvo, las llamas— podría, de algún modo, cambiar su rumbo. 

No piensa en fracking que agrieta el suelo sediento y devora el agua, contamina napas y desplaza comunidades mapuches. El futuro para él promete otra cosa: dólares, contratos, exportaciones que parten en barcos hacia Europa o Asia. Para el resto, un poco más que polvo en el aire.

Pozos petrolíferos en Añelo. Descripción gráfica. Foto: Presidencia Argentina

Un poder sin urnas

Argentina carga con una herida que no cierra: desde 2011 sus exportaciones están estancadas. El motor sojero se agotó y la oportunidad de Vaca Muerta llegó tarde, demorada por la privatización de YPF en los noventa. Solo después de su recuperación en 2012 comenzó la inversión real, y recién ahora empiezan a verse los primeros frutos. “En seis o siete años podríamos producir lo mismo que todo el agro”, anticipó Marcelo Mindlin, convencido de que ese salto tendría “un gran impacto en la macro”. 

El tablero mundial parece allanarle el camino: con hidrocarburos y minería sumados al agro, Argentina podría superar los 100 mil millones de dólares de exportaciones en la próxima década y colocarse por encima de países como España o Italia. Pero la pregunta de fondo no es cuánto, sino cómo: ¿un desarrollo con encadenamientos productivos internos o un saqueo extractivo? 

Foto: Michael Nagle / Bloomberg

Un dilema que se suma a tantos otros en el gobierno de Javier Milei. El modelo económico actual funciona como un terreno fértil para los grandes jugadores privados —Ley Ómnibus, Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones, eliminación de subsidios— , pero resulta devastador para el resto. Entre noviembre de 2023 y mayo de 2025 cerraron 15.564 empresas, el 99,7 % pymes. La recesión, la apertura de importaciones y los tarifazos empujaron al quiebre: persianas bajas, talleres silenciosos, empleos evaporados.

El sistema energético refleja la misma lógica. Desde diciembre de 2023, la electricidad aumentó un 351 % y el gas natural un 1.482 %. Pampa Energía cobra 80 dólares por MWh, con un margen cercano al 80 %, muy por encima del promedio global de 10–20 %. Tarifas que no responden a costos reales, no mejoran los servicios y tampoco llegan como subsidio a quienes más lo necesitan. Entonces, la pregunta que se vuelve recurrente en este contexto: ¿a dónde va el dinero? 

Mientras la incertidumbre y el malestar social aumenta, Marcelo Mindlin multiplica su poder hasta volverse casi imposible de medir y, al mismo tiempo, invisible para las masas. Mejor: no necesita del voto popular. Escribe sus propias reglas y moldea, junto a un puñado de empresarios locales e internacionales, el futuro del país. 

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