Cámara de Senadores: Ley de extranjerización de tierras
La Ley de Inviolabilidad a la Propiedad Privada, la cual pretende modificar de facto la vigente Ley de Tierras Rurales (26.737), será tratada en la Cámara de Senadores

Poco se habla o debate sobre los sucesos del 4 de junio de 1943 y los dos años posteriores. Algunos lo caracterizan como el segundo golpe de Estado de la historia nacional moderna; otros lo expresan como una revolución militar nacionalista. Lo cierto es que, para comprender el pasado, es necesario adentrarse en él con rigor. Situarse en aquella época no es tarea fácil, aunque la comprensión se facilita cuando el actual contexto histórico presenta similitudes con dicho pasado.
Enfant dialogó con David Pizarro para ahondar en la década de 1930 y debatir el surgimiento, composición, labor y protagonismo del Grupo de Oficiales Unidos (G.O.U.) hasta 1946, año en que Juan Domingo Perón es elegido presidente tras quince años de elecciones fraudulentas. También conversamos con Pablo Garello para entender la importancia de aquella gesta militar y sus puentes con el presente.

La Década Infame (así denominada ya en su propia época), también conocida como Restauración Conservadora, fue la ventana histórica que se abrió tras el golpe de Estado contra el primer líder político de masas, Hipólito Yrigoyen, y que se cerró con el levantamiento militar del G.O.U. en 1943. Si el radicalismo había logrado democratizar la vía electoral para amplias masas de trabajadores (varones mayores de 18 años), la oligarquía conservadora pro-británica se encargaría, durante más de una década, de hacer exactamente lo contrario.
Pizarro y Garello coinciden en que para entender la Década Infame y la irrupción del G.O.U. es fundamental analizar el escenario internacional. La década de 1930 fue precedida por el Crack Bursátil de 1929, que desató una de las mayores crisis en el sistema económico mundial liderado por Occidente. En ese contexto, mientras la Revolución Rusa cumplía su primera década y la radio comenzaba su auge, en Argentina los conservadores tomaban el poder por asalto para reinstalar su modelo de exclusión social y dependencia económica.

Según Raúl Scalabrini Ortiz, en su obra fundamental Política Británica en el Río de la Plata (1940), la Argentina de principios del siglo XX, a menudo idealizada por los liberales contemporáneos como “la granja o granero del mundo”, escondía una realidad de profunda dependencia. Ya en 1916, revela el autor, “los ferrocarriles, los tranvías, los teléfonos y por lo menos el 50% del capital de los establecimientos industriales y comerciales era de propiedad de extranjeros, en su mayoría inglesa”.
A pesar de que los precios de las materias primas se desplomaban para 1932, la oligarquía argentina de la época -que para David Pizarro serían como los "jeques árabes" actuales-, se empeñaba en profundizar un modelo económico diseñado para unos pocos.
“En 1933 se firma el pacto Roca-Runciman (el estatuto legal del coloniaje, como dirá Jauretche) en el cual el país se compromete a entregar sus carnes y cereales a precios ínfimos con tal de que Inglaterra los compre, entrega el control de los frigoríficos a empresas inglesas y abre la importación de forma total al carbón y a las manufacturas británicas. Esto ahondaba los rasgos de la Argentina semicolonial. Un país que no controlaba ninguno de sus resortes estratégicos: ferrocarriles, comercio exterior, fletes, seguros, bancos y empresas de energía eran inglesas. En 1930, al igual que hoy, la Argentina decide abrazar al imperio en decadencia”, expresa Pablo Garello en su último escrito para el sitio El Aluvión.

Así, bajo las presidencias de facto de José Félix Uriburu, Agustín P. Justo, Roberto Marcelino Ortiz y Ramón S. Castillo, Argentina se transformó en una nación donde la apatía política, el desempleo rampante, el suicidio en masa, la pobreza y el fraude político asolaban al país como las plagas del apocalipsis. Todo esto ocurría al mismo tiempo que un selecto grupo de familias oligarcas derrochaba fortunas en sus recurrentes vacaciones europeas. Recuerdo inmortalizado en una imagen de época: la manteca en el techo.
Entre aquellos años y el presente, se trazan puentes. Hace más de diez años que Argentina, a pesar de haber transitado distintos gobiernos, no cesa de profundizar la brecha entre los más ricos y el resto de la población. Al igual que por entonces, la Nación tampoco controla ni tiene en su poder a sus puertos, vías fluviales y marítimas, territorios estratégicos, y bienes comunes. La mayor parte de su gente se encuentra empobrecida y mal distribuida. La economía continúa y tiende a ser cada vez más primarizada, y la deuda externa no deja de aumentar. Con fuerzas armadas desfinanciadas y el 25% del territorio ocupado por el Reino Unido, podemos decir que asistimos a una nueva década infame.
Pero volvamos al siglo pasado. ¿Cómo se acabó con la restauración conservadora? ¿Fue con un golpe de estado o con una revolución militar nacionalista y democrática? ¿Quiénes, cómo y qué hicieron los protagonistas de entonces? ¿Es posible hoy también ponerle fin a la década infame del siglo XXI?

En 1939, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial marcó el declive de Occidente, al menos por unos años. El mundo pareció partirse en dos, y esta guerra interimperialista tuvo profundas repercusiones en diversos sectores políticos e institucionales argentinos (políticos conservadores, socialistas y radicales; FF.AA.; sindicatos, etc.).
Aliados y Eje buscaron apoyos y tomas de posición en los distintos países. Argentina, por su parte, mantuvo su neutralidad, aunque esta pendiera de un hilo.
Años antes, jóvenes de orientación radical fundaron FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), una incipiente organización que, con figuras como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz a la cabeza, se caracterizó por su fuerte crítica al entreguismo económico, la corrupción política y la falta de soberanía nacional durante la década de 1930. La denuncia al imperante colonialismo británico fue un eje vertebrador en sus escritos, ampliamente publicados y leídos por diferentes protagonistas de la época.

Los avances materiales —y también los deseados pero no concretados— durante los gobiernos radicales previos a la Década Infame, como la fundación de YPF con Mosconi a la cabeza, la reorganización del Banco Hipotecario Nacional, la intervención en el mercado de cereales en 1918, el aumento en los presupuestos educativos y la Reforma Universitaria, entre otros, sembraron en el imaginario social y político una embrionaria toma de conciencia nacional.
Pablo Garello entiende que “no hay G.O.U. sin lo realizado durante los gobiernos de Yrigoyen, y no hay Perón sin ambos”. Y agrega: “La gestación del peronismo arranca con Yrigoyen. Es decir, estamos hablando de que lo que se materializa en 1945 arranca en 1916. Entonces, fíjate, madura durante treinta años; luego tiene su contra con la Década Infame, pero ahí igualmente aparece FORJA. La historia es muy dinámica”.

Scalabrini Ortiz escribiría en 1937: “Hemos asistido en el transcurso de los últimos años a un verdadero cataclismo de la nacionalidad. Ha ocurrido ante nuestros ojos un hecho histórico más importante que cualquiera de las invasiones inglesas. Hemos presenciado la transformación de nuestra patria, que tenía una economía maltrecha, llena de infiltraciones extranjeras, pero que conservaba, a pesar de todo, un tono y una independencia, en una factoría absolutamente doblegada a la voluntad de Gran Bretaña”.
Esta concepción era compartida por un sector del Ejército Argentino, el cual, según el historiador David Pizarro, tenía “cierto diálogo” con FORJA, al tiempo que estudiaban geopolítica, una ciencia en ciernes en aquella época.
“Perón era profesor de la escuela militar. Diez años antes, en 1933, saca su gran libro, 'Apuntes de Historia Militar'. Los demás militares que luego integrarían el G.O.U. también leían a Karl Haushofer, de quien comprendieron un poco la teoría de la dependencia y se dieron cuenta de que el enemigo histórico de Argentina era Gran Bretaña”, advierte David.
Debido a la lectura de autores alemanes años anteriores al nacimiento del nacionalsocialismo en Alemania, los historiadores de tradición liberal y/o progresistas, suelen acusar a esta camada de coroneles -protagonistas del G.O..U- de tener afiliación al nazismo. Sin embargo, la ecuación es menos dramática: Alemania le declara la guerra a Gran Bretaña y la posible derrota británica suponía una favorable configuración de sus dominios en territorio nacional. Esto será visto con buenos ojos por los militares argentinos que para entrada la década del 40' comienzan a organizar la logia Grupo de Oficiales Unidos (G.O.U.), bajo el lema: “Honor y Patria”.
Pizarro y Garello expresan que en la década del 30, la idea de tomar el poder con las armas estaba muy presente y no era exclusividad del G.O.U. Los radicales intentaron retomar al poder con alzamientos armados en 1931, 1932 y 1933. El clima era de indignación porque el fraude estaba a la vista de todos y la democracia no existía como tal, comentan al unísono.

En 1940, bajo la presidencia de Roberto Marcelino Ortiz es interrumpida por su enfermedad, lo que lo lleva a delegar el poder en Ramón S. Castillo, quien se propone perpetuar el fraude electoral y restaura el gabinete de Nación con políticos conservadores -aún más a fines a la oligarquía que los anteriores-.
Radicales, demócratas-progresistas, socialistas y comunistas buscan emular a los frentes populares europeos y tejen alianzas para establecer la unidad democrática, pero no llega a concretarse debido a resistencias de un sector del radicalismo encabezado por Amadeo Sabattini.
“La creciente influencia fascista en el gobierno de Castillo y medidas como el cierre del Concejo Deliberante de la Capital reforzaron la urgencia de la unidad opositora. El detonante final llegó a mediados de 1943 con la designación de Robustiano Patrón Costas, un azucarero tradicionalista, como candidato presidencial.
Para entonces, la oposición carecía de líderes y fuerza para enfrentar la 'máquina electoral' oficialista. Castillo, confiado, subestimaba la posibilidad de una intervención militar”, escribe en un artículo de divulgación publicado en sitio Siempre Historia, el profesor de Historia, Alejandro Héctor Justiparan.

Robustiano Patrón Costas encabezaba el ala más rancia y conservadora de la oligarquía argentina. La obscenidad era tal que su candidatura sería nombrada el 4 de junio en la Cámara de Comercio Británica.
Un nuevo frade estaba al caer. Y no solo ello, sino también la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial. Las relaciones con Alemania ya estaban rotas.
“En plena guerra quieren posicionarse a favor de los aliados. Se pasaban al bando inglés no porque sabían que sería finalmente el ganador, sino porque eran super anglófilos”, advierte David Pizarro.
Sin embargo, no eran los únicos con favoritismo por los aliados. Los sindicalistas socialistas y comunistas también comienzan a influenciar a los obreros metalúrgicos, de la carne y demás, para que no proliferen huelgas contra las patronales inglesas.
“En 1942 el pacto de no agresión entre Stalin y Hitler ya está roto. Los soviéticos firman con los ingleses la unión contra el nazismo. Ese año hay en Buenos Aires una huelga de metalúrgicos y lo que hace el Partido Comunista -que estaba al mando o tenía influencia en los principales sindicatos-, es frenar la huelga contra las patronales inglesas bajo el argumento de que si se paraba se le hacía el juego al nazi-fascismo, lo que desnuda la dependencia hacia la diplomacia soviética y el alejamiento para con la realidad: obreros mal pagos que exigían mejores condiciones y comenzaban a ver en el inglés a un enemigo de Argentina”, expresa Pablo Garello.

Para la logia del G.O.U, integrada por militares como Domingo Mercante, Arturo Saavedra, Bernardo Guillentegui, Héctor Ladvocat, Bernardo Menéndez, Urbano de la Vega Aguirre, Enrique P. González, Emilio Ramírez y Juan Domingo Perón, entre otros, la situación había llegado a un límite y era tiempo de tomar las riendas de la Nación.
David explica que el G.O.U. estaba compuesto por militares que no eran necesariamente todos de un mismo espectro ideológico. Había algunos con mayor rechazo al liberalismo o al comunismo, y con distintas visiones del radicalismo. Pero lo que imperaba y los unía a todos ellos “era el nacionalismo, el industrialismo y la identificación del Reino Unido como principal enemigo de la Patria”, expresa.
Garello entiende que los coroneles de la logia se consideraban como “un equipo preparado mental y espiritualmente para liderar y ser la vanguardia de un proceso en gestación”.
Sus objetivos, enumeran los entrevistados, consistían en: mantener la neutralidad en el conflicto mundial; restaurar la democracia y garantizar elecciones libres; restablecer el diálogo con los sindicatos y los trabajadores argentinos (tarea que realizará más que nadie Juan Domingo Perón); recuperar o generar las capacidades industriales que logren un desarrollo nacional fuerte e independiente; eliminar al liberalismo y colonialismo británico imperante en el país.
“Un golpe de Estado es para terminar con un orden democrático, y el GOU, más que golpe de Estado, lo que buscaba era restaurar un orden democrático que había sido roto por la década infame”, sentencia David.

Dirá Perón en una entrevista a Félix Luna, autor del libro “El 45: crónica de un año decisivo” (1969), sobre los momentos previos a la toma del poder:
“Hablé entonces con mucha gente. El primero, Patrón Costas (…) Le dije que en el peor de los casos no llegaría a proclamarse su candidatura y que si alcanzaba a proclamarse, de todos modos no sería presidente (…) Hablé también con los radicales, con socialistas, etc (…) lo que yo no quería era un golpe militar intrascendente (…) llamé a mis camaradas y les dije: Yo me hago cargo, pero no del golpe militar ni del gobierno que resulte, sino de la realización de la revolución de fondo que debe seguir a este golpe militar. Este golpe sólo tiene razón de ser si a continuación podemos hacer una transformación profunda que cambie toda la orientación que se ha seguido hasta hoy, que es mala.”
Luego refiere que: “Así ocurrió la revolución y yo, de acuerdo con lo que había exigido, fui designado en un puesto secundario, jefe del Estado Mayor de la Primera División, porque no quería estar en el primer plano. Y empecé a trabajar para formar un concepto, unas bases de lo que debía ser la revolución”.
Mientras tanto, el nacionalismo y la unidad conceptual de los coroneles del G.O.U se materializa en políticas públicas y en unidad de acción.
Entre 1943 y 1945 se crearon y gestaron empresas claves para el desarrollo de la Nación, como la intervención en el mercado de granos (antecedente fundamental para el IAPI) y el sistema financiero, el reconocimiento sin precedentes a sindicatos, la democratización profunda de la enseñanza educativa, la creación del Estatuto del Peón y el Estatuto del Periodista Profesional, Altos Hornos Zapla e Industrias Químicas Nacionales, Sociedad Mixta de Industrialización del Cromo, y la transformación de ATANOR en una sociedad mixta, entre otras.

A entendimiento de Pizarro y Garello, Perón se sitúa en la que será la Secretaría de Trabajo y Previsión (1943) de manera estratégica y con un objetivo claro:
“Perón va a buscar a todos los que más o menos están afuera, porque en realidad muchos de los obreros que lo iban a ver y demás no estaban encuadrados, no estaban organizados. Entiende la emergencia de un sujeto y lo sale a buscar, o sea, no sale a buscar universitarios, ingenieros, periodistas, va a interpelar al obrero que llega del interior, a los que en definitiva, luego serán los cabecitas negras”, advierte Garello.
Para 1945, Perón se transforma en algo gigante que otros militares no vieron venir, dice el secretario general de la juventud peronista de Santa Fe. Pizarro coincide: “Perón traspasa los límites que generalmente tenían los militares al incursionar en la política, pero de una manera distinta a como la habían hecho los militares en el poder, porque hace política de masas y luego crea un partido y va al frente con un movimiento. Cambia la historia de Argentina y modifica la visión de un montón de militares con las ideas que él tenía del nacionalismo y de la tercera posición”.
A pesar del indudable liderazgo de Perón, los entrevistados concuerdan en el valor de lo colectivo. Es una generación, una camada de militares nacionalistas, no hay un héroe individual, aseguran.
Una logia que cumple sus objetivos y se disuelve. Que un hijo del G.O.U ganase las primeras elecciones democráticas desde 1930, no era un objetivo ya definido y buscado, sino el fruto de una siembra en la que una mayoría de pueblo, compuesto por trabajadoras y trabajadores argentinos, comprende su lugar en la historia, identifica los enemigos de la patria y se involucra en una democracia social que emerge como faro para toda Latinoamérica.
Lo que sucede después de que Perón gane las elecciones, no sin antes enfrentar resistencias internas y la propia cárcel, es conocido.
La historia nos demuestra que de las décadas infames, dirán Garello y Pizarro, se sale con formación sobre la historia y el pensamiento nacional; la unidad conceptual sobre la Argentina actual entre las distintas corrientes y tradiciones políticas (en tiempos donde el radicalismo, el peronismo y las izquierdas se han alejado de lo popular); y la recuperación de una conciencia nacional que logre madurar la toma de posición de amplias capas de trabajadores argentinos sobre la importancia de su participación política. No sin previo combate a los liberalismos y neoliberalismos que hoy tienen nidos en todas las dirigencias y estructuras nacionales.
Pizarro sostiene al respecto: “así como necesitamos a un pueblo consciente de quiénes son sus enemigos y de su historia, también necesitamos militares nacionalistas. Pero la realidad indica que hoy los nacionalistas dentro de las FF.AA son una mínima expresión a comparación del liberalismo que predomina en las instituciones militares”.
“Que no conozcamos la historia del G.O.U esconde la intención de que nosotros no volvamos a discutir las capacidades nacionales y los discursos de esos tipos. De los Marcantes, de los Pistarini, de los Perón. Hoy, sin embargo, la revolución no va a salir de los cuarteles y tampoco de la partidocracia liberal; hoy tiene y va a salir desde la política y de juventudes que puedan pensar con estrategia y a largo plazo. Debemos gestar la generación patriótica que vuelva a liberar a la Patria”, concluye Garello.
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