Memorias de Oscar del Barco

Este domingo pasado murió Oscar del Barco, posiblemente el filósofo cordobés más importante hasta hoy. Mi intención en estas notas es rememorarlo y compartir con mi generación algunas reflexiones sobre su obra y su trayectoria.

Por Germán Díaz para Enfant Terrible

Quiero agradecer a Juan Pablo Patriglia, que estudió en profundidad la obra de Aricó y la experiencia de Pasado y Presente, por compartir conmigo su inestimable punto de vista sobre algunas de las cuestiones abordadas en este texto.

Este domingo pasado murió Oscar del Barco, posiblemente el filósofo cordobés más importante hasta hoy. Mi intención en estas notas es rememorarlo y compartir con mi generación algunas reflexiones sobre su obra y su trayectoria. Creo que esta tarea es importante porque la memoria de Oscar dice algo sobre la historia del pensamiento de izquierda en nuestro país, una historia que, brutalmente interrumpida por la dictadura, el exilio, el exterminio, solo pueden volver a tejer los hilos de la memoria.

Conocí a Oscar por mediación del gran pensador de la memoria, el “Toto” Schmucler, que fue la pareja de mi madre desde que vinimos a vivir a Córdoba, allá por el año 1998, hasta su muerte en 2018. El Toto y Oscar fueron grandes amigos; de chico yo admiraba y anhelaba una amistad como la que ellos compartían. Se habían construido una casa junto a la otra en un terreno comprado en común en San Ambrosio, una zona por entonces medio perdida, entre Río Ceballos y Salsipuedes, donde Toto residía de manera más o menos estable y a donde Oscar y su mujer, Eli, iban todos los días no laborables.

Recuerdo las apasionadas discusiones sobre distintos temas que se compartían en ese espacio en común entre las dos casas: la política local, e internacional, toda la historia del pensamiento y la cultura, desde Borges hasta Sacher Masoch, pasando por Levinás y Sarlo. Nutrían esas discusiones, además del Toto y “Oscarcito”, el Kichi (Samuel Kiczkovsky), Gustavo Cosacov, entre los viejos, y Sergio Schmucler y Diego Tatián, entre los jóvenes. Yo, por supuesto, no hablaba, pero escuchaba, y todavía recuerdo. Recuerdo, por ejemplo (la mayoría de “los viejos” eran de origen judío, críticos del sionismo) a Oscar, o el Kichi, diciendo que “el pecado capital del conflicto en Israel fue la propia fundación del Estado de Israel”. Recuerdo también la presencia de una ausencia, la del “Pancho”, figura para mí por entonces misteriosa, pero insoslayable.

Entre 2000 y 2004, solía asomarme a la casa de Oscar cada vez que nos llevaban a pasar el fin de semana a lo del Toto. De a poco, pero especialmente a partir de un verano en que, muy jugado con la cantidad de materias que debía rendir para no repetir de año, me enclaustré en San Ambrosio a estudiar, y tal vez un poco en respuesta a mi visible entusiasmo con las charlas de los viejos, tuve la suerte de que Oscar me tomara en ese momento como una suerte de discípulo –Gustavo, jodiendo, decía que era su “efebo”. Yo lo acompañaba en sus caminatas por los senderos aledaños, impregnados del perfume de los árboles, y hablábamos del griego clásico que me veía forzado a estudiar, que en su voz se volvía un asunto importante, y de ideas sorprendentes firmadas por nombres alemanes que yo aprendía a deletrear: el de Heidegger, pero sobre todo el de Nietzsche.

Oscar del Barco (izquierda) junto a “Toto” Schmucler.

Ese es mi primer recuerdo. En cuanto a los hechos que marcaron su trayectoria, quisiera ir en la dirección inversa. La última noticia que se tuvo de él fue su rechazo en 2014 del Premio Konex de Platino. Oscar, que encarnó profunda y vitalmente la filosofía como ejercicio crítico del pensamiento, rechazó el premio, y mandó a La Voz del Interior un comunicado explicando su posición. Era un premio a la labor intelectual, que desestimaba y ocultaba el trabajo (manual) de “obreros, enfermeras, empleados, albañiles, empleadas domésticas". Criticaba, incluso, que el premio se llamara “de platino” –detalle que a algunos nos hizo reír. Pero lo más importante es que lo rechazó porque era un premio otorgado, entre otros, a figuras públicas que justificaron y apoyaron la dictadura, como A. Fortabat y M. Grondona. Hacía una alusión crítica, incluso, de los intelectuales que no se habían posicionado con claridad sobre ese tema.

Este rechazo, y en particular la mención a la legitimación de la dictadura, se explican por otro hecho memorable, tal vez el más resonante de su peculiar aventura intelectual. Oscar publicó una “carta abierta” dirigida al director de la revista La intemperie; lo hizo luego de que allí se publicara una entrevista a H. Jouvé sobre un acontecimiento sucedido durante la experiencia de la guerrilla de Salta, en el que miembros del Ejército Guerrillero del Pueblo, juzgaron y ejecutaron a dos de sus integrantes. La posición de Oscar era netamente moral: sostenía que quienes participaron o apoyaron la experiencia del EGP fueron responsables de esas muertes, del mismo modo que, en general, todas las personas que participaron y justificaron la lucha armada en el país fueron responsables por la violencia producida por esas organizaciones. La carta provocó un revuelo muy importante en la estela de los intelectuales de izquierda, que fue compilada en un libro que tiene su interés para la historia intelectual nacional y que se tituló No Matar.

Lo que me parece importante destacar sobre este episodio, es que el núcleo de esa discusión no distaba mucho de lo que pasaba en las comidas en San Ambrosio –de hecho, el “director de la revista” La intemperie, a quien estaba misteriosamente dirigida la carta, era el hijo del Toto, Sergio. Era fundamentalmente una discusión interna de la generación de marxistas que había apoyado o participado de la lucha armada. Una generación diezmada por la dictadura, pero que, hasta entonces, no había saldado esa discusión sobre su propia violencia. Por supuesto que, conceptualmente o en abstracto, el tópico de la violencia es muy interesante y muchas personas pueden hacer aportes importantes sobre ese tema. Pero el núcleo de la discusión no era el concepto de violencia, sino la experiencia militante durante los años sesenta y setenta. Una experiencia a la que algunas de las voces conocidas que se sumaron al debate llegaba tan “de oídas” como yo en mi tierna juventud, espectadora y lectora de cada nueva carta que se publicaba. Cada vez que vuelvo a recordar esa historia, pienso lo mismo: lo que Oscar discutía no era el tema filosófico de la violencia, sino la opción ética de la lucha armada que él y tantos miembros de su generación habían hecho, en la búsqueda de una sociedad más justa y equitativa, guiados, tal vez, por algunos conceptos adecuados y otros conceptos equivocados.

De más está decir que estas vivencias cerca de Oscar y de este grupo de viejos militantes y pensadores fue determinante en la decisión, funesta para mi economía, de estudiar filosofía.  Lo menciono porque fue en la facultad donde descubrí otra dimensión muy importante de la obra de Oscar. Había sido el maestro de los que ahora eran mis profesores. De muchos de ellos -aunque no todos, o más bien pocos, reivindicaran entonces o reivindiquen hoy esa ascendencia. La obra escrita y de traducción que realizó entre los años 70 y 80, así como la composición del grupo editorial y la publicación de la revista Nombres fue decisiva para la incorporación de ciertos autores y temas a los programas rediseñados en la posdictadura (el lenguaje, el erotismo, la crítica y la política, de la mano de Heiddeger, Nietzsche, Wittgenstein, Arendt, la escuela de Frankfurt, Benjamin, Bataille, Levinás, Sade, Derrida, entre muchos otros).

Comencé ese recorrido, como tanta gente, pensando que la filosofía era algo fundamental, y lo concluí, como tantos más, sintiendo que era una actividad absolutamente perimida en la cultura contemporánea, a la que no tenía sentido consagrar mucho tiempo. Comencé pensando que el problema era la filosofía avejentada y alemana que nos enseñaban en la escuela, creyendo que la solución estaba en la más jovial filosofía francesa que no nos enseñaban, para finalmente concluir que no había futuro para la filosofía en un mundo atravesado por fenómenos que parecían el fin de esa cultura libresca, como Facebook y los E-books –era el año 2016, el siglo XXI no había comenzado del todo.

Fui entonces a visitarlo a Oscar, buscando su consejo. ¿Había muerto la filosofía? ¿Todavía tenía sentido dedicarse a ella? La obra teórica de Oscar, en la estela de Heidegger, Levinás y autores todavía más místicos, había hecho un giro que yo entendía, en aquella época, como “anti intelectual”. Fui, en realidad, a buscar su aprobación en mi deserción de la gran teoría; fui esperando que me recomendara la pintura, los alucinógenos o la masturbación, los temas entre la mística y el hedonismo de su última etapa. Sin embargo, la respuesta del viejo maestro me sorprendió y me devolvió al desasosiego. La cito como la recuerdo: “Puede ser, no lo sé, que la filosofía haya muerto. Hay quienes creen… ahora está ese entusiasmo con un autor del siglo XVII como Spinoza… Yo pienso que tal vez la filosofía puede haber muerto. Pero lo que siempre tiene sentido seguir haciendo es la tarea de pensar.”. Creo que no resta valor a su consejo un hecho que desconocía en su momento: su respuesta era en realidad casi literalmente una conocida frase de Heidegger. Tampoco el que me dejara la tarea de pensar qué significaba “la tarea de pensar”. Es una pregunta trillada, pero que nunca me ha abandonado. ¿Qué significa pensar?

Hoy pienso que, para Oscar, pensar fue antes que nada y principalmente ejercer el razonamiento crítico hasta sus últimas consecuencias, e incluso contra las creencias más propias. Lo que había pasado con la carta del No matarás, que algunos llegaron a interpretar como un apoyo o un regreso a la idea de los “dos demonios”, no era sino una expresión de ese pensamiento crítico sin límites, una guerra sin cuartel a todos los ídolos. Esta crítica, cuyo nombre propio en filosofía sería tal vez el de Nietzsche, estuvo para Oscar, desde el inicio, emparentada con el legado de Marx. Justamente, uno de sus libros más conocidos, El otro Marx, consiste en una interpretación del gran pensador alemán en clave netamente crítica.

Por eso, me parece primordial concluir esta memoria partiendo por el hecho inicial de la trayectoria intelectual de Oscar -y del Toto, y del “Pancho”, que resultó ser nada menos que J. M. Aricó, el gran introductor de Gramsci en Argentina. De jóvenes, esos viejos que pueblan los recuerdos de mi primera adolescencia, habían sido comunistas, críticos de la dogmatización del pensamiento marxista bajo influencia de la internacional stalinista. Expulsados del PC, exiliados en México durante la dictadura (que asesinó a tantos de sus familiares y amigos), el aspecto de este grupo que Oscar encaraba mejor, era el de la crítica intransigente, una que comienza primero por uno mismo y lo que nos rodea y constituye. A partir de la excomunión del partido, constituyeron un grupo intelectual encolumnado detrás de la revista Pasado y presente, comentaron, tradujeron, publicaron, discutieron y ampliaron el imaginario político, el lenguaje teórico y el campo temático de la izquierda argentina. Cortázar y Bobbio, Sade y Gramsci, Prebish y Lacan, las discusiones de los teóricos italianos marxistas sobre el Estado, la revisión de la teoría y la práctica leninistas.

Charlando con una amiga, decíamos hace poco que nuestra generación (¿milenial?) tiene la particularidad de tener los mismos ídolos que la de nuestros viejos. Oscar y Toto, que estuvieron en París en el 68 y que trajeron a Gramsci y Adorno antes del regreso de la democracia son, como Charly y Spinetta, un poco esos “ídolos” de la generación de nuestros viejos. Personajes proteicos cuyo legado, de alguna forma misteriosa, llegó hasta nosotros flotando como el mensaje en la botella. El plan de exterminio sistemático del pensamiento de izquierda logró hacer desaparecer a buena parte de sus militantes, pero no consiguió hacer desaparecer las ideas.

El discurso del fin de la historia puede haber surgido a fines de los noventa, pero quienes lo sostienen no se han agotado todavía. Seguimos escuchando que la época actual es la época del fin. El fin del estado, el fin de los sindicatos, el fin del rock, el fin de la lucha de clases, el fin de la izquierda, el fin de la filosofía. Entonces la tarea, tal vez, sea pensar uniendo, juntando. Rememorando. La experiencia de la primera generación de revolucionarios y la nuestra, la de las viejas utopías y la de las nuevas. El pasado junto al presente.

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