El marginal, un relato de criminalización de la pobreza sin perspectiva de género

Cuando pregunté a mis alumnos de la Unidad Penitenciaria N 9 de La Plata que opinaban de El Marginal, entendí por qué mas allá de la ficción se trata de una serie miope, simplista y con una preocupante falta de perspectiva de género para con mi trabajo como educadora en contexto de encierro punitivo. Una mirada intramuros de la serie argentina más exitosa de Netflix

Por Redacción Enfant Terrible |

🕒 5 minutos de lectura

Por Julia Pascolini para Enfant Terrible

La primera vez que vi El Marginal fue en 2016, cuando se estrenó. Casualmente, mismo año en el que empecé a transitar por los pasillos de la extensión áulica de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social en la Unidad Penitenciaria N 9 de La Plata. No tardé mucho en preguntar:

- ¿Vieron el marginal? las respuestas fueron inmediatas y contundentes

- Sí, es una cagada. Me reí, lógicamente.

- ¿Por qué? retruqué

- Porque mi hija de 16 años me llama preguntando -"Pa ¿vos vivís así?- y yo le tengo que decir que no, que se quede tranquila

La realidad es que la pregunta de la adolescente puede referir a más de un factor. Es decir, hay cárceles en las que efectivamente existen las “villas”; patios en donde las personas privadas de la libertad construyen casillas de mucha precariedad, podrán imaginar. Sin embargo, no sucede en todas y no es, definitivamente, la regla. Al contrario. Es solo la excepción. ¿Esto implica que las condiciones de vida en materia de hábitat intra muros son dignas? No. De hecho las cárceles ofrecen situaciones de sobrepoblación y hacinamiento. En ese sentido esta serie expone algunas semejanzas con la realidad.

Por otro lado, la primera temporada abunda en tópicos sexualizantes a la hora de abordar el personaje que encarna Martina Gusmán. La figura de una trabajadora sexual feminizada, hegemónica también, pero sobre todo: “que garcha con el preso” echa por tierra el trabajo de las organizaciones e instituciones educativas en contextos de encierro punitivo. En materia profesional y discursiva, la serie deja picando que cualquier feminidad que entre como trabajadora a una cárcel es “muy sensible” y “activa al toque”, es decir, que a la primera de cambio tiene sexo con un interno.

Este planteo nos ubica a las mujeres que trabajamos en el contexto de encierro punitivo en un lugar sexualizado, en un lugar de objeto y no en el rol de trabajadoras del Estado, trabajadoras de la educación, educadoras populares: compañeras.

Más allá de las exigencias de guión de esta ficción, -por que al fin y al cabo es eso, una fantasía- la sexualización del cuerpo feminizado en la serie resulta polémica

El perfil que encarnan los varones de la serie también abunda en un lugar común de "macho deseante" y de “no respeto” a la autoridad que ofrecería una médica, una trabajadora social, una docente. De nuevo la fantasía obtura la realidad: los pibes, son mucho más que varones que quieren garchar, son personas que necesitan que los organismos de salud mental y de acompañamiento y educación lleguen a ellos y con urgencia.

Los estereotipos de género que existen en torno a nosotras como trabajadores son múltiples. Por ejemplo, no dejarnos entrar a las unidades penitenciarias con ropa corta que permita que se nos vean las rodillas. Esto supone por un lado que nuestro cuerpo provoca "naturalmente" una reacción en la otra persona y por otro lado que los varones allí alojados "no controlan sus impulsos sexuales”. De esta forma jamás podremos aspirar a la cárcel como espacio de “re socialización”. Los varones privados de su libertad no son animales y los cuerpos feminizados que transitan esos pasillos no deben ser sexualizados. Somos trabajadoras, somos personas, no objetos, no construyan imágenes en torno a nuestras profesiones que son irreales y seamos responsables con lo que comunicamos. 

En otro orden de cosas aparece la violencia como característica principal: como la única herramienta que conocen las personas privadas de la libertad. Plantear que la cárcel es un circuito de puñaladas, rings de boxeo, secuestros y enfrentamientos con el Sistema Penitenciario es simplista y falso, además de salvaje, exagerado y miope

Esta serie que, -insisto, más allá de la ficción- deja picando en el imaginario colectivo que las cosas en la cárcel son de una forma específica. Es decir, más allá de la fantasía, se trata de temáticas abordadas con mínima frecuencia pero siempre desde una perspectiva espectacular. Esa perspectiva aporta a la construcción del enemigo social, el preso, el detenido. Una persona naturalmente violenta, casi como si esa violencia fuera inherente a su condición.

La relación de las personas privadas de la libertad con la violencia debe ser observada en su contexto específico. La cárcel es una de las principales estructuras sociales productora de violencias, si no la mayor en nuestra sociedad. Esto no tiene que ver con que las personas allí alojadas lo sean naturalmente sino con que por su condición socio-histórica sufren diferentes tipos de discriminación y, paradójicamente, violencias que recrudecen ideas negativas torno a la sociedad.

- La cárcel no resocializa, yo no me tengo que resocializar. La cárcel no resocializa porque es violenta es su estructura. Me dijo en una ocasión un compañero

Acusar a las personas que allí viven de ser violentas es una estrategia para seguir perpetuando prácticas discriminatorias y estigmatizantes con esa población que, no es solo la detenida sino sus hermanas, hermanos, adres, amigues, etcétera. Toda esa violencia, debe ser explicada, puesta en contexto. ¿Por qué el Sistema Penitenciario es violento? ¿Por qué la cárcel funciona de esa forma? ¿Qué objetivos esconde? ¿Busca promover el odio hacia los sectores más empobrecidos? ¿Por qué no nos preguntamos esto y sí asumimos que "los presos son violentos" o que "los pobres son violentos"? 

La perspectiva de Derechos Humanos se vuelve vital en la construcción de contenido audiovisual. Para eso no debemos pedirle individualmente a los actores que participan de ese proceso que lo hagan (al guionista, o al director) sino pensar integralmente cómo generar estrategias para hacer llegar la propia voz de las personas privadas de la libertad a la tele. Que ellas, ellos y elles relaten sus experiencias y sus historias de vida dentro y fuera de la cárcel.

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