Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por: Franco Sgarlatta
La disputa por la atención de los usuarios empuja a redes sociales, creadores de contenido y plataformas a encontrar estrategias que les permitan capturarla en los primeros segundos de exposición. Netflix se especializa en la materia y la serie Adolescencia no fue la excepción: el inicio del plano secuencia en que se despliega su primer capítulo atrapa al espectador, con el impacto inicial de una detención policial violenta de un niño de 13 años, capturado en su dormitorio mientras se orina encima, frente al desconcierto de una familia tipo en un tranquilo barrio residencial.
Tal fue el éxito de Adolescencia que, estrenada a inicios de marzo del año pasado, se colocó rápidamente en la cima de las series más vistas de Netflix y el clamor de la crítica no tardó en llegar: “Perfección total”, tituló sin timidez el Times. De hecho, es tal el dominio de las plataformas de streaming y las tendencias en redes sociales sobre la conversación pública que las autoridades educativas de diferentes países, incluidas algunas jurisdicciones de Argentina, apenas a días de estrenada ya estaban anunciando la promoción de la serie en las escuelas.
Pero la audiencia, como la atención de los usuarios de redes sociales, bajó rápido y una semana después los portales titulaban “Adolescencia acaba de ser destronada”. Y a otro tema… Hasta el 30 de marzo, cuando el asesinato de un niño de 13 años en una escuela de Santa Fe, a manos de un compañero de 15 años, volvió a colar las referencias a la serie en el debate público. En una conferencia conjunta del gobernador de Santa Fe, Pullaro, y la ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, el comisario a cargo de la investigación, Guillermo Díaz, inscribió el hecho en el marco de la actividad de grupos incel, que caracterizó como una estructura descentralizada de célibes involuntarios “tal como se vio en la película —o serie— Adolescencia. En este caso se dan todos los indicadores” (sic).

Citada una vez más como marco de referencia para la interpretación de problemáticas tan sensibles y complejas, la serie invoca y refuerza una serie de supuestos que ya estaban entre nosotros: madres y padres no entienden a sus hijos, los adolescentes están perdidos, la escuela no sirve para nada y ya no existe un lugar seguro para ellos. Y uno más, que sorprendentemente no mereció mayor mención cuando fue estrenada, porque se presenta como una evidencia: la única solución viable la tiene el sistema penal. La serie es de principio a fin una oda al punitivismo. Y tal vez lo más significativo de sus repercusiones en el debate público es que nadie se detuvo a discutir precisamente eso.
El protagonismo en los primeros dos capítulos se lo lleva una dupla de policías a cargo de la investigación. Y las escenas más ilustrativas del enfoque de la serie nos la ofrecen estos policías transitando los pasillos de una escuela absolutamente desbordada e impotente. El énfasis de la serie sobre la anomia escolar es tal que, por si el espectador no puede observar por sí mismo, nos ofrece un diálogo sin matices:
“—¿Te parece que alguien está aprendiendo algo acá adentro? Sólo parece un corral... Y huele a mierda. —Sí, es horrible, todas las escuelas apestan.”
Esa imagen de la escuela, junto a la representación de docentes inútiles, indiferentes o gritones, contrasta fuertemente con las imágenes que, en el tercer capítulo, ilustran a las instituciones carcelarias: todo allí está bien organizado y limpio, la interacción entre el mundo adulto y el mundo infantil está absolutamente protocolizada, los funcionarios cumplen su función y están comprometidos con la tarea. Así también, los enfrentamientos entre jóvenes, bajo los ojos vigilantes de las cámaras, son menos violentos y dramáticos que los que enfrentan durante la formación en el patio de la escuela. La serie dice una y otra vez, a través de los diálogos, de los escenarios y de la fotografía que, si los jóvenes van a estar encerrados, mejor la cárcel que la escuela, o incluso que su propio dormitorio. Al menos, mejor para nosotros, los adultos. Porque el punto de vista que la serie nos ofrece es siempre el punto de vista de los adultos.

En este capítulo el protagonismo lo tiene una psicóloga forense que busca, y encuentra, lo que ya todos sabíamos: el niño es un asesino. Aquí, la serie tampoco ofrece muchos matices: en todo momento, durante su entrevista, está claro que el niño es un manipulador, que es violento, que odia a las mujeres y que podría volver a matar. En suma, no hay nada que hacer.
El último capítulo consolida la imagen de una tragedia. Una madre y un padre que estriban entre la certeza de haber criado bien a su hijo y la incomprensión acerca de lo que lo convirtió en un asesino. Entre la actitud más introspectiva de la madre y la negación del padre parece insinuarse la fuente del asunto: un niño falto de afecto paterno. Un argumento bastante más clásico y lineal que el que muchos comentadores y funcionarios parecen descifrar en la serie para interpretar problemáticas del presente.
Uno de los tópicos más mencionados en los comentarios sobre Adolescencia es la comunicación de los jóvenes a través de las redes sociales. Ilustrando la incomprensión del mundo adulto, el hijo del policía a cargo de la investigación sobre el asesinato lo hace “ver” cosas en las redes que permanecen ocultas a sus ojos, como emoticones que no significan lo que parecen. Según esta óptica, los jóvenes se comunican en otro lenguaje, en un dominio donde habitan discursos violentos supuestamente desconocidos por el mundo adulto.

Sin embargo, la serie ofrece una visión extremadamente ingenua sobre la comunicación en las redes sociales, presentadas como una hoja en blanco donde los jóvenes establecen sus códigos con independencia de los adultos y el resultado es trágico. Es un enfoque estigmatizante que evita mirar de frente al elefante en la habitación: en las redes, las interacciones están regladas para maximizar las ganancias de las grandes corporaciones, bajo criterios ocultos y protegidos, por el sagrado derecho a la propiedad, frente a cualquier tipo de escrutinio público, a pesar de sus incalculables costos subjetivos, sociales y políticos.
En su lugar, preferimos construir la imagen de una juventud maldita, que encuentra en esas mismas redes y plataformas un espejo donde mirarse y este les devuelve un reflejo estereotipado y cruel: Acosadores, cómplices, asesinos, violentos o, en el mejor de los casos, víctimas. Es el lenguaje del poder punitivo, cuya potencia performativa es arrolladora.
Netflix lo hizo una vez más: capturó la atención de los espectadores durante unos días, en una competencia que se reinicia cada fin de semana. Usó recursos narrativos tan viejos como efectivos para lograr ese objetivo, y punto final. Lo increíble es que se tome tan fácilmente como clave de interpretación de la problemática adolescente contemporánea. Adolescencia no ofrece ni una sola imagen agradable de la juventud, desacredita otros marcos de interpretación o abordaje (como el que podría proponer la escuela) y, sobre todo, no ofrece en ningún momento una mirada adolescente del asunto.

Mientras alimentamos el algoritmo con interpretaciones sobre lo que la serie vino a enseñarnos, en el imaginario colectivo se fortalece una sensibilidad regresiva. Y todo esto ocurre cuando en Argentina se aprueba la baja de la edad de imputabilidad: una decisión tomada en una mesa de adultos ávidos de punitivismo y ajuste educativo, donde se sirve el futuro de niñas, niños y adolescentes.
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