Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por Ignacio Michel* para Enfant Terrible
中国 El nombre de China en mandarín está compuesto por dos caracteres. “中” (zhōng) significa “centro” y “国” (guó), “país” o “Estado”. La expresión puede traducirse como “País del Centro” o “Reino del Centro”, una concepción histórica y civilizacional vinculada a la idea de China como núcleo central del orden político y cultural, visión que hoy vuelve a adquirir relevancia.
A pocos días de lo que probablemente haya sido una de las cumbres más importantes de las últimas décadas, la visita de Donald Trump a China se produjo en un contexto internacional particularmente complejo para Estados Unidos y en un momento en el que la República Popular China vuelve a posicionarse como uno de los principales centros de poder del sistema internacional, recuperando parte de la centralidad histórica que ejerció durante siglos.
En los últimos seis meses, Beijing recibió la visita de numerosos jefes de Estado y de Gobierno de distintas regiones del mundo, reflejo concreto del creciente peso político y económico del país en la escena global. Entre las principales visitas oficiales se destacaron:
Sin embargo, las visitas más resonantes del mes de mayo fueron las de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, los días 14 y 15, y posteriormente la de Vladimir Putin, presidente de Rusia, entre el 18 y el 20 de mayo. La secuencia de estas reuniones reforzó la imagen de China como uno de los principales centros de articulación política y diplomática del sistema internacional, evidenciando no solo el creciente peso global de Beijing, sino también la necesidad de las principales potencias de mantener canales de diálogo y negociación con China en un contexto internacional cada vez más inestable.

La administración Trump llegó a Beijing en medio de un escenario de creciente desgaste derivado de la guerra con Irán. Si bien la superioridad militar estadounidense continúa mostrando su vigencia, el conflicto dejó en evidencia los límites de la capacidad de Washington para moldear unilateralmente el tablero internacional.
La República Islámica de Irán demostró poseer capacidad para generar fuertes tensiones sobre la economía global, particularmente a partir del bloqueo del Estrecho de Ormuz, uno de los puntos neurálgicos más sensibles para el comercio energético mundial.
En este contexto, la visita a China adquirió una relevancia aún mayor para la Casa Blanca. La propia composición de la comitiva norteamericana reflejó la importancia estratégica de la relación sino-estadounidense, con la presencia de destacados CEO's de algunas de las empresas más importantes de Estados Unidos y, por consiguiente, del mundo, las cuales hoy encuentran a sus principales competidores e incluso, en algunos sectores, a empresas que las han superado justamente en China.

Sin embargo, más allá de los acuerdos comerciales o de la agenda económica inmediata, la cumbre representó también un avance para uno de los principales objetivos estratégicos de Xi Jinping en materia de política exterior.
En este sentido, la visita de Trump implicó, simbólicamente, el reconocimiento por parte de Estados Unidos de que la relación sino-estadounidense constituye hoy el vínculo bilateral más importante del sistema internacional.
Desde la perspectiva china, dicho reconocimiento debe sustentarse en principios de respeto mutuo, sin subordinación ni imposición unilateral. Durante la cena de bienvenida, Xi Jinping sintetizó gran parte de las tensiones y desafíos que atraviesan la relación entre China y los EE.UU. mediante tres interrogantes centrales:
“¿Pueden China y EE.UU. superar la Trampa de Tucídides y crear un nuevo paradigma de relación entre grandes países? ¿Pueden responder juntos a desafíos globales y proporcionar mayor estabilidad al mundo? ¿Pueden construir juntos un futuro brillante para la relación bilateral en interés del bienestar de los dos pueblos y el futuro de la humanidad?” (Xi Jinping).

Desde el inicio de su mandato, Xi impulsó la idea de construir un “nuevo tipo de relaciones entre grandes potencias” 新型大国关系 basado en el reconocimiento mutuo, la coexistencia estratégica y la no confrontación entre Beijing y Washington.
La referencia a la denominada “Trampa de Tucídides” no fue casual. El concepto, popularizado por el politólogo estadounidense Graham Allison, plantea el riesgo estructural de guerra que emerge cuando una potencia ascendente desafía a una potencia dominante.
Allison retoma la explicación del historiador griego Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso, ocurrida en el siglo V a. C., entre Atenas, potencia emergente y Esparta, potencia dominante. Según el autor, el ascenso de Atenas y el temor que esto generó en Esparta condujeron a una dinámica de confrontación que terminó desembocando en la guerra. A partir del estudio de dieciséis casos históricos de transición de poder en los últimos quinientos años, Allison concluyó que doce terminaron en conflictos bélicos, mientras que solamente cuatro lograron evitar la guerra.

Uno de los ejes centrales de la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping giró alrededor de Taiwán, considerado por Beijing como el tema más sensible de toda la relación bilateral con Estados Unidos. La cuestión Taiwán ocupa un lugar central dentro de la política exterior china y del proyecto de “Rejuvenecimiento Nacional” impulsado por Xi Jinping.
Para el liderazgo chino, la reunificación con la isla constituye un objetivo histórico y político de largo plazo, estrechamente vinculado con la soberanía nacional, la integridad territorial y la superación definitiva del denominado “Siglo de la Humillación”.
Desde la perspectiva de la República Popular China, Taiwán forma parte del territorio chino desde la antigüedad y “la separación” existente desde 1949 es considerada una situación transitoria derivada de la guerra civil china.
Bajo esta lógica, Beijing sostiene el principio de , reconocido formalmente por Estados Unidos a partir del Comunicado de Shanghái de 1972 y, posteriormente, por la gran mayoría de los países del mundo.

En este marco, la dirigencia china suele presentar los casos de Hong Kong, colonia británica hasta 1997 y Macao, colonia portuguesa hasta 1999, como antecedentes exitosos del proceso de reunificación nacional. Ambos territorios fueron recuperados por China sin recurrir a la violencia y reincorporados a soberanía china bajo el principio de “un país, dos sistemas”.
Sin embargo, Taiwán representa un escenario considerablemente más complejo, tanto por su relevancia geopolítica y tecnológica como por el histórico involucramiento de Estados Unidos en el estrecho. La isla posee además una importancia estratégica central para la economía global debido a su producción tecnológica de punta.
La centralidad de la cuestión taiwanesa quedó explícitamente reflejada durante la conferencia de prensa posterior a la reunión entre ambos mandatarios. Allí, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Guo Jiakun, confirmó que el tema ocupó un lugar central en las conversaciones entre Xi Jinping y Donald Trump, evidenciando el nivel de sensibilidad estratégica que Beijing le atribuye a la isla.
Según el portavoz chino, Xi sostuvo que “la cuestión de Taiwán es el tema más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos” y advirtió que, si el asunto “se maneja mal”, ambos países podrían entrar en “enfrentamientos e incluso conflictos”, poniendo en grave peligro toda la relación bilateral.
La declaración no pasó desapercibida. Más que una simple formulación diplomática, constituyó una advertencia directa sobre los límites estratégicos que Beijing está dispuesto a tolerar en torno a Taiwán: para China, cualquier intento de independencia formal de la isla representa una línea roja innegociable.
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