Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Mayo comenzó con una gran noticia para Córdoba y Argentina: nuevas identificaciones de restos humanos en Loma del Torito, dentro del predio del ex centro clandestino “La Perla”. El día para anunciar sus identidades fue el pasado martes 12, en una jornada histórica para la lucha de derechos humanos a nivel federal.
Las identificaciones fueron posibles por el análisis antropológico de todos los elementos óseos recuperados en 2025 y de la selección de un conjunto de muestras enviadas al Laboratorio de Genética Forense del EAAF. En marzo 12 personas fueron identificadas y ahora otras 17, un total de 29 identificaciones, de igual manera como bien remarca el periodista Alexis Oliva, si a los identificados este año se les suma el hallazgo de la medalla que llevaba el desaparecido Jorge Cazorla, serían 30 nombres.
“El 1% de los 3.000 prisioneros que se calcula pasaron por el mayor centro clandestino de detención, tortura y exterminio del interior del país”, detalla Oliva.
Un día que quedará guardado en la memoria.

Con un sol otoñal radiante, los vidrios negros de Tribunales Federales 1 reflejan un tenue resplandor en el interior del monumental edificio.
La Sala Mayor de Audiencias caracterizada por tener la forma de una caja sin ventana alguna, está colmada. Allí la luz del sol no ingresa, sin embargo, será más de una persona la que afirme que los identificados la han visto después de medio siglo. La oscuridad deliberada ha sido vulnerada. Atisbos de verdades -ya inocultables- dicen presente en el recinto.
En el auditorio caminar se hace difícil. Para llegar hasta el estrado hay que bajar por las escaleras de los costados, las cuales ahora son usadas como una extensión de las butacas, esas mismas que durante las dos últimas décadas fueron ocupadas mayormente por los genocidas y por los familiares de las víctimas y militantes de la Memoria, Verdad y Justicia, quienes hoy lucen sonrientes y emocionados.
Es la segunda conferencia de prensa que el Juzgado Federal N°3 (a cargo del juez Miguel Vaca Narvaja) da frente a cientos de personas, con motivo de la restitución de identidades. El día tan esperado durante 50 años por familiares de las y los más de 30 mil, llegó. Esta no será la última conferencia, así lo afirma la autoridad judicial, lo que genera muecas de felicidad en los rostros de los presentes, donde hay familiares de los recientes identificados y familiares de quienes yacen todavía abajo de la tierra removida.

La expectativa por los nombres de los nuevos hallados hace que algunos presentes busquen calmar la ansiedad mordiendo sus uñas; otros se abrazan de a tres como formando una enredadera de brazos. Abuelos, madres, niños. La mayoría con carteles de sus desaparecidos sobre sus manos y pechos. Esos que han cargado durante medio siglo cuando llevarlo en el espacio público era casi una sentencia de muerte y también durante las últimas décadas, donde el significado se transformó y la herencia de luchar por un familiar ni vivo ni muerto pasó a las nuevas generaciones.
El micrófono se prende y todos se terminan de acomodar, menos los fotógrafos, que van de acá para allá en búsqueda de la síntesis visual de un momento único. Antes que el Dr Miguel Ceballos (Secretario de Derechos Humanos del Juzgado) tome la palabra, alguien del público grita con euforia: “¡30.000 presentes!"; “¡Ahora y siempre!”, corea el público.

Ceballos comienza destacando la labor conjunta de un entramado más que interesante de organismos e instituciones, claves, según sus propias palabras, para lograr el histórico cometido.
“Este trabajo colaborativo le hemos llamado la cooperativa, ya que todos cooperamos para un objetivo común: encontrar a nuestros desaparecidos”, define el letrado.
Los agradecimientos comenzaron por el Equipo Argentino de Antropología Forense, convirtiéndose el auditorio en un solo aplauso. Todos los presentes se paran y, durante varios minutos, extienden un aplauso que tiende a pintar infinito. No es para menos, la ardua y perseverante labor de las y los científicos argentinos lograron, junto a las abuelas, madres, hijos y nietos, lo que durante durante muchos años pareció un imposible: vulnerar la impunidad y el secreto del arma más cruel del proyecto genocida: la desaparición forzada de personas.
El doctor sigue con los agradecimientos: Gobierno de la provincia de Córdoba (presente a través del Ministro Siciliano y la secretaria Tamara Pez) y Gobierno de la Municipalidad de la Ciudad de Cordoba (en la persona del intendente Daniel Passerini junto a la secretaria Liliana Montero y al secretario Raul Lacava), por la decisión política de proveer la logística y el financiamiento de la misma.
Luego agradece a la “Cooperativa Robi Santucho”, a quién define como un puntal por su ardua labor en el zarandeo de la tierra para el hallazgo de los restos óseos. A la Universidad Nacional de Córdoba por el trabajo de los tesistas de antropología que ayudaron en distintas tareas, al Instituto de Medicina Forense del Poder Judicial; y finalmente al Ejército Argentino (en la persona del Comandante General de Brigada Gonzalo Roberto Herrera), quienes mostraron predisposición y proveyeron elementos de la logística.
¿Cuántos países pueden dar cuenta de un proceso así? ¿En qué otras latitudes un trabajo articulado entre gobiernos, universidad, Ejército, instituciones científicas y organismos de DDHH logra reparar semejante daño? Argentina continúa con un mensaje contundente ante el mundo: ni la dictadura más cruel del Cono Sur pudo lograr su total impunidad (más de mil condenados), ni el ocultamiento de sus crímenes pudo quedar sin respuestas para siempre.

En cincuenta años Argentina pasó de la dictadura más cruenta a una democracia liberal que prometió todo y cumplió poco. Tuvo 10 presidentes, ganó dos mundiales, estalló socialmente, juzgó a sus genocidas, recuperó sus empresas estratégicas, tuvo el salario mínimo más alto de la región; pagó su deuda, la volvió a contraer; privatizó empresas; padeció la pandemia; defraudó a todo un electorado; y actualmente tiene conduciendo a la Nación a un presidente pro dictadura.
En ese medio siglo, las familias de las y los desaparecidos pasaron y padecieron sufrimientos tan colectivos como subjetivos. Cada familia es un mundo dicen por ahí, todas atravesadas por un dolor incómodo y apabullador: la desaparición.
Desde 1976, en adelante, generaciones de familiares visitaron desde la ONU hasta fiscalías en distintas provincias. Presentaron habeas corpus, lloraron en solitario, se abrazaron en la calle, sintieron que nunca los encontrarían, nunca perdieron la fe. Y si bien son pocas las familias hoy presentes en comparación a la masividad del genocidio, hay un consenso que sintetiza el abogado querellante Ramiro Fresneda: “La Argentina va a sanar cuando encuentre a cada uno de sus desaparecidos”.

“Soy Luis Navarro, hermano de Juan Carlos Navarro”, comenta ante la audiencia y se quiebra. Luego continúa: “Cuando íbamos a pedir por nuestros hermanos, nos decían 'sin cuerpo no hay delito'. No podíamos hacer nada, por eso hoy con orgullo puedo decir que se haga justicia y se encuentre a más personas. Son más de 30.000”. Su hermano era obrero industrial de ARCOR construcciones, militante del Partido Comunista, apodado “piturro” . Secuestrado a sus 25 años el 18 de octubre de 1977.
Por su parte, Paula Mónaco, hija de Ester Felipe y Luis Mónaco, expresa: “Hoy empiezo a entender lo que significa el verbo encontrar: es la hermosa y sorprendente posibilidad de traerlos con nosotros. Es una inesperada forma de la felicidad”.
“Pedacitos rebeldes y maravillosos se escurrieron a las máquinas del horror. Sortearon el tiempo, la inmensidad y se rebelan luminosos ahora. Además, llegaron juntos, permanecieron juntos. Ester y Luis se mantuvieron unidos en la oscuridad. Sigo tratando de descifrar qué significa ese mensaje de amor”, comenta Mónaco. La antropóloga Silvana Turner advirtió que fueron seis las parejas halladas e identificadas en “una misma área”.

Lo último que Carlos David Torres escuchó de su hermano Gustavo Daniel Torres (16 años) mientras lo secuestraban fue: “Tengo derechos”.
“La desaparición forzada es el peor castigo. Porque como escuché por ahí: te roban la vida y te roban la muerte. Y hoy, una notificación de la muerte te devuelve la vida. Mi hermano tenía 16 años cuando lo secuestraron. Hoy mi hermano recupera algo de sus derechos”, comenta Carlos.
Cerca de Carlos, se encuentra Ernesto Ferreyra (hijo de José Ferreyra Rivero), quien nació a los pocos días del secuestro de su padre. En estos 50 años vivió el dolor en todas sus maneras. Se fue a vivir a Alemania, donde estudió y formó una familia. Una intuición inabarcable lo traería de nuevo a su tierra y la de su familia.
“Me costó mucho tiempo ver al dolor en los ojos (...) Cuando yo fui padre, entendí lo que debe haber sentido él al no haberme podido conocer. Estuvimos juntos bajo un mismo cielo pero no nos pudimos conocer. El año pasado sentí que había algo que me llamaba. Me mudé cerca de La Perla, desde el balcón veía sus palmeras. Fui por primera vez a abrir una puerta y cerrar otra. Sentía que mi viejo estaba ahí. Y hace poquitos días nos llegó esta noticia que nos trae mucha paz (…) Estoy aquí no para decirle chau a mi papá. Hoy, por primera vez pude decirle hola”, expresa Adrián.
Medio siglo después, en un contexto distópico para la Argentina, hay desaparecidos que aparecen. No por arte de magia ni por revelación de un secreto que se pactó eterno, sino por el esfuerzo colectivo y una decisión política de reparar lo peor que vivió este país. Lo que para estas familias fue una utopía que les sirvió para caminar, hoy es una realidad. Pedacitos rebeldes, sintetiza Mónaco. Llegan del pasado a un presente tentado a repetir la historia. Aparecen, inocultables, para decirnos que perseverar y trascender en la lucha es el camino hacia los imposibles, y, que NUNCA MÁS ningún argentino deba pasar por esto.
“Las palabras, los árboles, la tierra esparcida, convocan a un nosotros que llega” (frase en una placa en homenaje a los desaparecidos de la Facultad de Lenguas de la UNC).
Foto de portada: Julio Pereyra/Enfant Terrible.
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