Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra


Sin muestra alguna de arrepentimiento y alardeando de un consumado pacto de silencio, Máximo Thomsen, Ciro, Luciano y Lucas Pertossi, Enzo Comelli, Matías Benicelli, Blas Cinalli y Ayrton Viollaz se negaron a declarar en el juicio oral que los señala como responsables de matar a golpes a Fernando Báez Sosa en la madrugada de mediados de enero de 2020. Fernando Báez Sosa de 18 años, era hijo único y quería ser abogado. Prestaba servicio comunitario en el "Proyecto Servir" que ayuda a gente en situación de vulnerabilidad en la provincia de Buenos Aires.
Desde el inicio del juicio, la cobertura mediática abona el discurso del ojo por ojo como una forma de aislar el hecho de su contexto, como una manera de señalar a un grupo insólito de ovejas descarriadas. Por eso mismo resulta imprescindible pensar la muerte de Báez Sosa no como un hecho episódico sino como un crimen de odio. El fruto madurado de años de discursos racistas, de educación elitista y de desprecio por el otro.
Los datos hablan por sí mismos. El 19 de enero de 2006, Ariel Malvino de 17 años murió a causa de los golpes que le propinaron cuatro jugadores de un club de rugby de Palermo. Ninguno fue condenado. En octubre de 2020 varios integrantes del Rugby Club San Isidro golpearon sin motivo a un adulto mayor que se encontraba en estado de ebriedad e indefenso y lo grabaron con sus celulares.
En febrero de 2018, cinco jugadores del club de rugby de la localidad bonaerense de Monte Hermoso golpearon al joven Emanuel Eduardo Díaz de 17 años, que fue hospitalizado en estado grave e intervenido quirúrgicamente por un coágulo de sangre en el cráneo. Agosto de 2019, integrantes del Rosario Rugby Club fueron condenados a pagar 600 mil pesos a tres jóvenes a quienes golpearon tras una discusión en una fiesta. La lista sigue y es larga.

Pero jugar al rugby no es ser rugbier. La pertenencia a la "familia del rugby", como toda cofradía, requiere de pruebas, implica ciertos ritos de paso e iniciación, de ciertas ceremonias. En este sentido la antropóloga feminista Rita Segato señala: "Se trata de una cofradía o corporación de la masculinidad. Una estructura basada en un pacto obligatorio que se transforma en un mandato de masculinidad que es esencialmente violento".
En Argentina además, esta pertenencia tiene un origen de clase. El deporte favorito de las clases dominantes argentinas modela, divide, organiza y promueve la ideología de los patricios locales: el racismo estructural, el desprecio por lo "negro" o "grasa" como negación y subordinación del otro, depositario y merecedor del desprecio y la exclusión. La reivindicación de la masculinidad hegemónica, violenta y patriarcal donde o se es macho o se es puto, y si se es puto hay que violentar, con independencia de la orientación sexual.
El rugby se comenzó a practicar en argentina a finales del siglo XIX, importado por empresarios ferroviarios británicos y armadores de barcos escoceses e ingleses que recalaban en los puertos del Río de la Plata. El primer equipo integrado exclusivamente por argentinos tallaba doble apellido en letras de molde. Entre esos pioneros se encontraban el aviador Jorge Newbery Malargie, de padre inglés y madre franco-argentina que lideró la primera formación rugbier del país. En aquel scrum también estaba quien fuera presidente en la década de 1920 Marcelo T. de Alvear. Desde entonces este deporte cobró notoriedad entre las familias patricias, muy afectas a todo lo que viniera del norte, especialmente del Reino Unido.

Pensado como deporte históricamente situado, el rugby aparece en la sociedad argentina anexo a lo mas granado de la alta sociedad porteña. Inequívocamente blanca, obligatoriamente heterosexual, incontestablemente antipopular. No es extraño pensar entonces que, algo más de cien años después, la versión actualizada de los hijos de aquella oligarquía, desplieguen con impunidad una violencia inusitada y bárbara contra "la grasa", en este caso un joven de 18 años lleno de sueños.
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