“Tocar los tambores para que bajen los dioses”: una película colectiva

Es 2024 y en el Cineclub Municipal se gesta un taller dictado por María Aparicio. A contramano de la época, como respuesta a la época. Un espacio que es tanto una carta de amor como una postura ante la crisis cultural. Un haka ante la soledad, la crueldad y el desamparo

Por Gerónimo Vianelli

Con las manos vacías, un grupo de jóvenes estudiantes y realizadores han sido invitados a la boca del cine. En sus mentes no hay certeza. ¿Por qué hacer una película? En sus cuerpos hay deseo. Sólido, cristalizado. Deseo que deviene convicción.

Un año después, una noche de junio, se reunirán y terminarán de rodar una película colectiva. Primero harán una serie de entrevistas.

Las historias perdurarán rizomáticas, subterráneas, llenas de nutrientes. Se transformarán en personajes, se ramificarán. De una gran planta florecerá la obra.

Baricco, en La Vía de la Narración, escribió: “Lo que saca a la historia de sí misma, trayéndola así al mundo, es el acto de contarla”.

Dulce es entonces la sospecha de que la única realidad es la ficción. Filmarán la última escena y celebrarán. Compartirán la conmoción y la sensación de triunfo. Un augurio: lugar correcto, tiempo correcto y personas correctas.

Ante un contexto corrupto, la creación de una obra colectiva será un proceso corrector, rectificador, rehabilitador. 

Será indispensable amalgamarse, encontrar horizontes colectivos, parir un territorio social que sirva de refugio ante la angustia y el desánimo, ante la falta de proyección y lo complejo de imaginar nuevos o mejores mundos. Mundos más sensibles.

Una niña, participante de la obra dirá: “gracias por hacer este mundo maravilloso”. Una máxima atravesará el tiempo de esta película colectiva: existen tantas maneras de filmar como cineastas en el mundo.

Se dirigirá y producirá de manera colectiva. No habrá roles delimitados, no habrá jerarquías. Implicará desarmar varios prejuicios sobre cómo abordar los rodajes. También, por la positiva, supondrá una posibilidad. Una oferta. Un gesto de generosidad, un talismán puesto al servicio del anhelo.

Un actor, participante de la obra, dirá: “Ha sido un regalo”.  Pelear contra el desánimo para encontrarse. Salir y leer el mundo para convertirlo en una narración. O sea, devolverle una porción de su rostro más cuidado y más bello.

A todo este conjunto de osadías se le sumará la más ridícula de todas: filmar sin presupuesto.

Acá no hay giles y conocen muy de a pie la Argentina de hoy. Tan lejos queda ese país amado y vulnerado. Tan lejos y tan cerca. Hay espasmos rebeldes que exigen torcer el destino. Se va a filmar igual, aún en este contexto. El hambre será inspirador.

Un docente, participante de la obra, dirá: “Ha vuelto a mí el deseo de dar clases”.

Gran parte de la obra transcurre en un vivero. Quizás el vivero sea un personaje en sí mismo. Las imágenes y las sensaciones que se han fugado del proceso creativo dan cuenta de un simbolismo radical.

Los viveros son espacios diseñados artificialmente para cultivar distintos tipos de vida vegetal y controlar su desarrollo. Es evidente el paralelismo con el espacio colectivo. Un entorno antinatural, no por esto inorgánico, creado para un fin: refugio y cuidado.

Afuera puede haber una tempestad, adentro la vida mantiene su potencia. Es bonito comparar el contexto estético de la obra con su trasfondo ético y político. 

El mismo docente, la noche de la celebración, al concluir la ceremonia, agregará: “hay que tocar los tambores para que bajen los dioses.

Entonces, aún ante la falta de representación política, ante el desfinanciamiento y la desorientación, habrá creación y encuentro. Un ritual de auxilio primitivo.

Mientras, la pelea continúa en la calle. Si los dioses no escuchan, mejor salir a tocar los tambores para llamar su atención, que quedarse escondidos. Mejor vivos que muertos.

Somos el equipo de redacción de Enfant Terrible: el resultado de millones de años de evolución aglutinados en este irreverente existir.

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