Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

La casa tomada. Sobre la mesa una botella con cera alrededor. La vela lucha por no apagarse. No hay luz, no hay agua caliente, no hay señal. La casa me pide mi atención, la vela quiere mi calor, detrás de ella, una silueta. El velo cubre su cara, el manto se desliza sobre su piel aterciopelada. Me acerco dos pasos y se aleja tres, me acerco uno y me pide que me detenga, a la casa no le gusta que haga contacto con ella.
Me pide que me ubique, que haga de la casa tomada mi propiedad. Su voz risueña me recuerda al eco de un estéreo viejo. El graznido del sonido de su voz es lo que la casa no quiere escuchar. “Una no entra en la casa, la casa te toma”, me dijo. Para la silueta, yo también soy un rostro velado, un rastro del pasado.
- ¿Hay salida?
- Tiene tantas puertas como metáforas.
No la entiendo. Su lengua me es familiar, lo que sale de su garganta no. “Todo se transforma. Cuando la vela muera, serás La Rosa Profunda”.
Escucho su música. La siento en el reflejo del agua, en la vibración de las paredes, en su boca roja carmín que me hipnotiza. “La casa toma todo sueño”, me susurra. La siento al lado mío, es equidistante. No es un fantasma, es la silueta impoluta, tiesa, maquínica. La vida de la casa que tomó la figura de un cuerpo, para cantar sus penas, sus deseos, sus excitaciones.
“No me conmueve tu dolor, te conozco desde antes de nacer”, dijo, clavando sus ojos en mí. Es una silueta, es un velo, es un manto, pero no deja de mirarme con sus redondos ojos cansados.
“No quiero nada tuyo, me pierdo en la serenidad de la noche”, canta sonrojada.
El fuego de la vela, que ya era un compás de luz, dibujaba una sombra de una Gran Rosa en la espalda de la silueta. Excitada, suspiró de alivio. Un orgasmo de alivio. La casa tomada pasé a ser yo. La Gran Rosa me transformó en Rosa Profunda.

El paraíso de los perros que no duermen, el sol que nace y la niebla que me tapa los pies. Agitada busco un respiro, una seca, el mar. Todo bruma, todo lejano. Despierto y te veo. Sigo soñando, veo a los perros conmigo, los acaricio y lloran por vos. ¿Es esta la Rosa Profunda de la que habló Borges? El tiempo de la neblina, de tu ausencia.
Aquella indómita luz que me trajo a esta casa, a esta tensión de siglo que nada perece, ni nada pudre, ni nada florece. Romance de un romance. Amantes de Tinder, cariños de likes, silencios de ruido blanco, en YouTube para poder dormir. Nada conmueve cuando todo es producto, todo es comercio, todo es negocio. Demasiadas pretensiones para muy poco decoro.
¿Quién será la visita que invada la casa para que tome este cuerpo? ¿Será esta vez mi suerte de despertar y dejar a alguien más al cuidado de la Gran Rosa? En mí yace su sombra, en ella yace mi calor onírico.
Rosa Profunda es el enclave de un sueño en plena tensión de siglo. Sus figuras humanas son siluetas parte de un colectivo de productores. Quién hablará a continuación dice llamarse Belén. No sabría qué tan cierto es, no nos vimos las caras. El cuidado de la Gran Rosa nos encandiló, más no por ello pudimos figurar la luz, sin develar su sombra.
“Es un colectivo mutante. Al principio, la intención era no mostrar caras pero bueno, los tiempos de hoy te exigen personificar todo. Buscamos no desviar la intención del producto artístico a las personas, sino tratar de concentrarlo todo en lo que se gesta”, comenta Belén.

De silueta a figura, de figura a portar un nombre. Belén -dueña de mi casa tomada- me mostró cada rincón, cada habitación, cada puerta. El ensueño del Lobo Estepario. Cada sala podía ser el portal a un juego o una trampa inconsciente. “Soltarse de la especie o madeja la censura”, insinuó por lo bajo. Un relato tan abstracto como dos voces en una red global interconectada.
“Algo que tenemos muy presente desde la gestación de la banda es la 'Gran Rosa': una deidad que nos guía. Somos un grupo de personas unidas por un fin común, sacar a flote una banda de 'rock trip-hop'. Más allá de eso, no es fácil coordinar todas estas personas para hacer cosas. Por eso flasheamos que hay algo más allá que nos está juntando y desde el primer momento nos unió”, comenta, mientras me muestra fotos de cada uno que la Rosa poseyó.
Cada casa tiene sus recuerdos, a los míos los olvidé, todo es de su pertenencia. “Es común extrañarse de la singularidad, cuando quedás a merced del velo”, me dijo, mostrándome la cita que tomó del prólogo del poemario “La Rosa Profunda” de Borges.
“Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar son propicios”.
Lo recitó con la ceguera de un excelente escritor, tomado por la casa y la sombra de la Gran Rosa. Para quienes no hayan ingresado aún, pronto lo harán. La filosofía es hacer lo que pareciera que ya no existe: fijar la atención de lo inconsciente arriba del escenario, hasta no dirimir el sueño, de la realidad.
“Cuando ensayamos, producimos, está ese personaje. Los sonidos, las letras, hay parte de ese mundo que quiere transmitir. En la vida real no está, pero todo el tiempo está absorbiendo información inconscientemente, que va alimentando ese mundo rosaprofundístico. Está en todos lados”, continúo Belén.

De pronto la ansiedad invade mi cuerpo, el tul de terciopelo se vuelve harapo sucio, huele a húmedo, lo tengo tan pegado en mi piel que de arrancarmelo, debería limpiar los restos desperdigados por la casa. El velo pasó a ser una venda apretada en mis ojos. Inmóvil caigo al suelo. Mi pecho se encoge y la respiración se agita, el oxígeno es poco y los pensamientos son muchos. La casa huele a rosas.
“Soy esas cosas. Increíblemente soy también la memoria de una espada y la de un solitario sol poniente que se dispersa en oro, en sombra, en nada”, me recita con ternura.
No hay nada extraño en la casa, es el exterior lo que me abruma. Las cámaras me dan a entender que afuera nadie circula. Llego a la conclusión de que cada casa está tomada por millones de siluetas inquietas por salir. Tensión de siglo: perfume de la tempestad.
“Esto que está pasando que nadie entiende muy bien qué es, es esa tensión. Todo el mundo está esperando que pase algo y a la vez estamos super recontra re mil estimulados por internet que nos destruye el cerebro; nutre con un montón de información, pero a la vez nadie está preparado para tanto”, reflexiona Belén.
¿Quién infectó a quién? Culpamos a un virus, aunque el contagio también fue por medio de la cultura digital. La Gran Rosa, que deviene en Rosa Profunda cuando toma forma humana, se propuso a que no sea para siempre el letargo. “¡Fatal! Abajo no hay fondo”.
“Escuchar el disco es una pausa, el show también. Un momento de hiperfoco, de estimular todos los sentidos posibles y llevarse un viaje mental y despegar un poquito la cabeza”, comparte Belén.

Su voz me dice que es suficiente, que es momento de regresar a la realidad. Hacer de la censura un muro del olvido, despertar con la Gran Rosa velando por mí calor. No más encandilarse, lo indómito se hizo carne en mí. Encandecer la silueta. Lo único que nos da la pauta de no estar en un “muy muy lejano” es el arte, la persona detrás del personaje. El artista consumado, no consumido.
“Hay cierto lado lúdico de hacer música y sobre todo a mí me encanta la vida de banda, poder estar con tus amigos compartiendo algo tan lindo es un privilegio. No todos tienen esta posibilidad, me emociona, te juro”, concluye Belén.
Despertar. Aleluya
Fotografía de portada: Juan Cruz Rossi
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