Reconstrucción de una ausencia o la fragilidad de lo bello

La trágica vida de Jorge Barón Biza dirigida con maestría por el dramaturgo Gonzalo Marull e interpretada con gran versatilidad por Carlos Possentini. Una obra unipersonal que revive una de las historias más dramáticas y terribles que tuvo a Córdoba como escenario y cuyos ecos dejaron huellas en la vida del personaje principal.

Por Ignacio Bisignano |

🕒 5 minutos de lectura
Foto: Manuel Lening

Reconstrucción de una ausencia es un homenaje poético a la figura de Jorge Barón Biza. La trágica y vertiginosa vida de este reconocido escritor cordobés es mostrada en un unipersonal conmovedor. El director y dramaturgo Gonzalo Marull se atrevió a contar una historia que lo afecta personalmente, ya que su padre, Alberto Marull, era íntimo amigo del propio Jorge Barón Biza. El grado de sensibilidad de esta propuesta teatral se aprecia al descubrir la dedicatoria que Jorge dejó escrita en un libro: “Para Alberto Marull, amigo desde hace 40 años. Yo hice todo mal, él hizo todo bien. Por eso lo admiro”.

La lectura de esas palabras condujo a Gonzalo a reconstruir la ausencia de este amigo familiar a través de
la presencia del actor Carlos Possentini. La combinación de una dramaturgia sobresaliente y un trabajo actoral soberbio regalan una gran obra de teatro deleitable de principio a fin. La vida de Jorge se vio marcada por la tormentosa historia de sus progenitores. En un hecho violento y lamentable su padre, Rául Barón Biza, arrojó ácido en la cara de su madre, Clotilde Sabattini, desfigurándole el rostro hasta volverla irreconocible.

Clotilde pasó los siguientes 14 años intentando recuperar su apariencia en sucesivas operaciones de rostro que fallaron una tras otra. Finalmente regresó al departamento donde fue atacada por su ex marido y se tiró por el balcón. Raúl Barón Biza también se suicidó en el mismo lugar después de su cobarde ataque

Reconstrucción de una ausencia” desarrolla un relato sobre Jorge que excede a Jorge. Su penosa historia familiar delata la innegable fragilidad que invade a todo individuo respecto a situaciones que no controla. Jorge sufrió las secuelas de los infortunios paternos, parece como sí su seno familiar se hubiera convertido en una tragedia griega en la cual las penas de los actos de unos se transmiten de generación en generación hasta la expurgación final en el cuerpo de otros.

Esta obra de teatro no es la mera historia de un sujeto particular, sino más bien el despliegue de un drama familiar complejo que pone el acento en las vivencias del hijo. Por ello, el actor en escena no solo interpreta a Jorge, sino también a Raúl y Clotilde. En este sentido resulta impactante la versatilidad de Carlos Possentini en su capacidad de adoptar múltiples personajes. El incontable abanico de recursos escénicos y modulaciones de la voz que saca a relucir este actor consolida una narración atrapante. Cuesta pensar otra obra en la cual el espectador se compenetre tanto sin que tome en cuenta el tiempo que transcurre. Esto se debe en parte al logrado diseño de luces, el cual nos sumerge en una atmósfera donde el relato conquista irremediablemente nuestra atención.

El rostro y la presencia

Más allá de que “Reconstrucción de una ausencia” desarrolla diversas aristas de la vida de Jorge Barón Biza, sorprende la búsqueda poética que se expresa en la destrucción de la figura de Clotilde. Es aquí donde Gonzalo Marull recoge un hecho espantoso y lo convierte en un cúmulo de reflexiones exquisitas. Si se difumina el rostro ¿Qué queda de la identidad? La cara parece ser el primer eslabón de nuestra presencia, los demás suelen identificarnos por esa referencia. Muestra de ello es la exigencia de una foto carnet en
cualquier registro burocrático ¿Y si nuestro rostro se transforma hasta volverse irreconocible? ¿Si el signo más visible de la identidad se desintegra en una circunstancia inesperada?

La vida en comunidad no parece mostrar alternativa y la condena de transitar la cotidianidad con un rostro desfigurado conduce a la marginación. La imagen que nos presenta ante el mundo funciona como un mecanismo de ordenación acrítico que oprime cualquier anomalía. Sin darnos cuenta, el contenido visual de nuestra identidad monopoliza la “presencia” condenando a personas como Clotilde a ser una “ausencia” con vida.

Se evidencia la triste premisa social de que la esencia es la “apariencia” y no el “ser”. Para aquellos que no cumplan con el fetichismo de la imagen les espera un camino de nihilismo en donde se deshace toda barrera que amortiguaba el sufrimiento. “Nuestra carne solo sirve para sufrir y nuestro rostro la camufla”.

La frágil delicadeza de lo bello
“Reconstrucción de una ausencia” grafica no solo el horror de convivir sin nuestra imagen
de identidad sino también el vértigo de perderla de manera voraz e instantánea. En un

segundo puede extinguirse cualquier existencia apacible. Emerge un éxtasis insoportable en
corroborar la delicadeza no solo del rostro, sino de cualquier belleza. Todo resquicio
sagrado de la existencia humana puede profanarse, nada parece ostentar el deseado poder
de la inmunidad absoluta.
El miedo a ser dañado encuentra su contracara en el perverso deseo de dañar. Existe una
atracción morbosa hacia la destrucción de lo delicado. La belleza es tal por su capacidad de
degradarse velozmente en un acto violento. Ser el portador de ese acto invoca uno de los
anhelos más buscados por la pulsión humana. El filósofo Edmund Burke decía que el poder
brusco e inesperado de un poder capaz de destruir cualquier belleza despierta en nosotros
un horror delicioso, un dolor plagado de goce. Ese extraño sentimiento refiere a lo sublime,
un impulso que derriba la ingenua creencia de que en lo humano se expresa una
preeminencia sobre lo bello. Quizás sea justamente la posibilidad de su destrucción lo que
vuelva atractiva cualquier belleza, sea un rostro o una obra de arte. La delgada línea que
separa lo precioso del espanto exacerba un apetito voraz que oscila entre conservar y
aniquilar. Lo más fácil es esconder ese rasgo de nuestra vida cotidiana abrazando la fantasía
de que las bellezas del mundo estarán ahí incólumes sin que sufran nuestra propia
humanidad.

Una guerra consigo mismo
La esperanza perdida que Jorge observa en su madre parece impactar en su propia
precariedad. Reconstrucción de una ausencia señala la imposibilidad de refugiarse en lo
bello de alguien que ha visto de cerca una belleza pulverizada. La batalla pérdida que
transita su madre se traslada a una contienda interna del propio Jorge. La guerra de éste
consigo mismo casi siempre conduce a situaciones lúgubres e indecorosas. El dolor de su
trágica vida lleva a Jorge a transitar el mundo como una ausencia con retazos de vivacidad.
Sin embargo, en algunos momentos lo bello se impone y aflora la talentosa pluma de un
escritor versátil que dejará su huella en la historia de Córdoba. Las referencias a su amigo
Alberto Marull también permitirán cierto respiro a esa interminable oscilación brusca entre
lo bonito y lo desagradable que extinguen de a poco a un alma que en verdad no hizo todo
tan mal como creía.

Algunas veces, el caos del momento enceguece toda pretensión de encontrar la belleza en
lo propio. El proceso de perdida y destrucción abstrae la vivacidad de lo presente
magnificando la tristeza de existir. Sin embargo, la reconstrucción futura de lo ocurrido
reorienta la mirada y despeja sutiles pinceladas ocultas que hacen de este mundo algo más
hermoso. La vida de Jorge Barón Biza esconde mucha poesía que merece ser conocida. La
belleza de sus ruinas se observa a posteriori, no en el momento de su gestación. Gonzalo
Marull logró apreciar la potencialidad artística de una figura tan particular como Jorge
Barón Biza, descubriendo que los vestigios mordaces de un tormento indeseable pueden
convertirse en la pasión irresistible de una poesía acogedora.

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Ignacio Bisignano

Licenciado y profesor en Filosofía. Especializado en estética y filosofía del arte. Escribo ensayos y críticas sobre el teatro cordobés, también hablo de eso en “TeatroRadio” (Radio Gen 107.5).

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