Pantera: “Encrucijada es una puesta en escena de las memorias silenciadas”

Inspirada en la figura de la encrucijada como lugar de tránsito, decisión y encantamiento, la obra convoca memorias silenciadas y saberes ancestrales para reescribir desde el cuerpo una historia negada. La obra protagonizada por Pantera, se presenta este domingo, a las 20h, en Sala 12 Teatro.

La memoria es el recuerdo anclado a las sensaciones, un tiempo sin pasado, un presente con antigüedad. Hay vivencias colectivas que la historia colonial pretendió borrar y no sucedió porque en la comunidad se significa lo que la crudeza del genocidio no permite verbalizar.

El comercio de la esclavitud, la campaña del desierto, la explotación sexual en cuerpos racializados, son ejemplos de los intentos de borramiento, de negación o de instalar lo nefando de la población afro.

Lo que perduro en ello fue el ritual que trascendió el espacio-tiempo. El ritual como acto de reconocimiento, de unión, de organización. En la comunidad se borra el individuo para congregarse en la memoria del otro. Ese yo que no es sin el otro. Un circulo de sal, la danza, la mandinga de la inteligencia corporal de convivir con una historia propia como ajena. Ancestral.

Algo de todo lo que queda guardado en la memoria, intenta expresar la corporalidad de Pantera en Encrucijada. Obra nacida de las entrañas de 1.85X1.85, su primera creación escénica. Su opera prima sucede en un cuadrado de sal de 1.85x1.85, una analogía del tamaño de las celdas en las comisarias de Córdoba. La sal en Encrucijada, en cambio, toma forma de ancestralidad

“Esas experiencias fueron el detonante que me motivaron a problematizar la cuestión étnica-racial y crear ese fragmento. Llevaba ese nombre porque era una manera de evocar las dimensiones de una celda de paso de cualquier comisaría de Córdoba. Sin embargo, era una metafora”, Describe Pantera.

Metáfora y realidad

Las pequeñas celdas y el encierro que figuraba era una metáfora del agobio de estar enclaustrado en un sitio donde solo podría dormir. Sin embargo, la narrativa pasa de la metáfora a la acción al vivir en un país atravesado por el colonialismo y el borramiento identitario de la negritud.

Pantera migró de Buenos Aires a Córdoba desde pequeño. Pasó de Villa Fiorito al barrio cordobés, Colonia Lola. Desde los 12 años hasta los 25, la policía lo detuvo con frecuencia. Los trabajos que tuvo previo a la actuación fueron de servicio y limpieza. No reniega de su pasado, si marca con contundencia que hay ciertos hechos que señalan la obviedad de la negación: en Argentina el racismo es una constante.

Hoy puedo nombrarme como un artista y activista afroargentino, parte del colectivo antirracista Conversa Negra. Y creo que lo que me mueve es un profundo deseo de hacer justicia. Justicia estética, justicia espiritual. Y ojo, este relato no tiene nada que ver con la resiliencia, al racismo lo sigo viviendo en mi cotidiano, y más en este contexto”, relata Pantera.

Danza ancestral

Previo a la sociedad moderna e industrializada, donde se pasó de ciertos actos simbólicos como actos de iniciación, a la competencia y al relato de superación meritócrata, eran los rituales los que significaban ciertos pasajes: de niño a adolescente; de noble a rey; de aprendiz a maestro.

La danza era parte constitutiva de la escena. El intercambio de objetos que representaban valores simbólicos en sí mismos daba forma y sentido a ciertos arquetipos. Por ejemplo en la comunidad afro el concepto de mandinga puede significarse como la inteligencia del cuerpo, la sabiduría encarnada. Elemento del que parte Encrucijada como la síntesis de liberación y de inicio.

Pensando esta noción en Córdoba, un tipo de mandinga, tranquilamente podría ser las señas de los barrios de Córdoba. Son códigos corporales que construyen pertenencia, que habilitan el reconocimiento mutuo entre quienes han sido históricamente marginados. Son tecnologías corporales de pertenencia y supervivencia que circulan en los márgenes”, expresa Pantera.

En el movimiento y la repetición sucede el trance. El trance es el estado primigenio de donde converge el inconsciente colectivo. Encrucijada es una invitación a rememorar y darle cuerpo a todos los recuerdos contaminados por el olvido y la persecución.

Esas memorias no desaparecieron. Fueron silenciadas, sí, pero no destruidas. Están en los márgenes, en los cuerpos, en las cocinas, en las músicas, en los saberes que no entraron en los libros pero que siguen circulando. Están en las familias que fueron blanqueadas a fuerza de vergüenza o necesidad. Y están también en los cuerpos racializados que habitamos este territorio hoy, con una historia que nos pesa, pero también nos impulsa”, concluye Pantera.

Profesora y licenciada en psicología (UNC). Me dicen Chora. Editora de Género y de lo que se presente.

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