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Los Monstruos van Debajo de la Cama: una ficción basada en hechos reales
Desdémona se para al frente del escenario, mira al público, saluda y quiere contar algo. No le sale; habla de otra cosa, de lo que sea. No toca el tema, lo bordea, refunfuña y juega. "¿Se puede hacer teatro del dolor?", se pregunta. "No", se dice así misma, mientras da vueltas por el escenario. Ya no le pide al público que la aplauda, no quiere que la dejen sola en la pieza
Pasaron 80 años, 960 meses, 4174 semanas, 29220 días, y sigo sin poder contar mi historia, lo que resta de contar de ella. Intenté de todo, hasta quitarme la vida, pero no se puede arrancar los dolores de la piel. Lo que enferma es la hiel; la bilis negra, decía Hipócrates. El mejor de los médicos resumido a un juego de palabras: hipócrita.
Que no se me malentienda, si me quise quitar del camino de la vida fue porque su imagen me persigue a donde quiera que vaya. No es enojo, es rencor. Pasaron 80 años para continuar enojada, estoy cansada. Cansada de la pregunta que gira en bucle: ¿Por qué me tocó ser la elegida?
Desde los cinco años que soy la elegida, la favorita, la bendecida, la desgraciada. Ojala mi designio de sufrimiento hubiera sido conservar la perla de un gran amor, como la vieja Rose que se quejaba con anhelo de no haber dejado subir a la madera a Jack. Para ella, esos 84 años fueron de nostalgia; para mí significó el martirio de que no poder arrojar los traumas al mar.
Pobre muchacha, deben de pensar. ¿Por qué de todo? ¿Por la parte de que cobró 300 mil pesos de jubilación; que me recortaron la cobertura de los psicofármacos y de la presión arterial; o, por qué todos le creyeron a él que fue mi culpa ser la elegida? De igual manera no se preocupen, no soy la única.
Yo gozo de buena salud y del encanto de los comediantes. El teatro es el escenario para contar lo que siempre quise y nunca pude. Ahora que lo pienso, no sé por dónde empezar. 75 años atrás, yo era una niña para entender ciertos juegos; 75 años después, no volví a jugar de la misma manera.
No me aplaudan. No me tengan lastima por mi nombre, a mi me gusta, es una síntesis de para qué vine a este mundo. Un presagio, un destino, una repetición. Mi madre siempre contaba la misma historia, “te vi con los ojos apuntando a la nada, como si supieras que la realidad es una desgracia. Me dio esperanzas saber que no soy la única que ríe ante la adversidad, querida Desdémona”.
Sí, mi nombre es Desdémona. No aplaudan, o sí; hagan lo que quieran. Me pesan los pies, los arrastro como los años que llevo jugando con la túnica de la parca. Conservo muy poco de mi pasado, todos harapos que no me quedan y una muñeca que me regaló el hermano de mi madre, mi tío, el que me enseñó que aquello era un juego. Hico, hico, caballito.
Ríanse, no me miren con desconcierto. En este teatro que es la vida no hay escenario para el llanto. Hay luces y sombras, cada vez más sombras y menos luces; más oscuros que claros. Ríanse, no me dejen sola, todavía falta para el chiste que les voy a contar.
Para las y los despistados, soy Desdémona, la menor menor de 8 hermanos, la risueña, la que no come remolacha rallada, la que ya sabía coger antes de que las palabras tuvieran sentido. Las niñas somos así, educadas para complacer, o eso me decía él. Soy más que este personaje enquistado en las cuatro paredes de su pieza.
Tengo miedo de contar lo que me pasó y que salga el monstruo que está debajo de la cama. Quédense, quizás después del último acto, ustedes también lo puedan reconocer. Me van a tener que perdonar pero lo siento necesario, lo siento urgente... lo siento.
Fotografía: Eugenia Barrera
Una obra para todos los secretos familiares
Entre mates, una amiga le cuenta a la dramaturga, Natalia Buyatti, un secreto a voces. Algo tan ominoso que no puede ser pronunciado por ella, ni por quienes lo viven. Natalia decide actuar ante el esperpento, no quiere tener la sensación visceral de enterarse que su amiga fue la elegida. Le escribe un poema, “un vomito”, dirá. Lo lee, le desagrada y lo guarda en una cajita. Desdémona toca la puerta.
“Durante el proceso me fui perdonando, porque la obra es intentar y fallar. Sobre eso se trata, muchos intentos por manifestar algo que es muy difícil de decir”, comenta Natalia.
Desde 2018 que la carta quedó estacionada a la espera de ser releída, de transformarse en algo más que un descargo del impacto grotesco de la experiencia. “¿Se puede hacer teatro así?”, fue lo primero que se preguntó. Desdémona le dice que no se preocupe, no todos las obras pueden ser narradas como una tragedia, “algunos finales son inciertos”, le susurra.
“Si lo contaba así nadie llegaba hasta el final porque saldrían espantados. Rodear el asunto, llegarle por los costados creo que me ayudó a pensar. Como dice Lucrecia Martel, la narrativa tradicional viene de los conflictos bélicos, de ahí aprendimos esa estructura. En está obra me sirvió romperla, con la intención de que me acompañen hasta el final”, reflexiona la actriz.
Fotografía: Eugenia Barrera
Luces y sombras
En la obra, la actriz utiliza el recurso de las luces y las sombras para narrar sus días, semanas y años después del episodio. Durante el primer acto, un reflector de pie alumbra su rostro. La protagonista lo acomoda, el reflector parpadea y ella resopla. El recurso es simple y efectivo, en dos movimientos introduce al espectador en el mundo interno y externo de Desdémona.
“Hablar para inventar una distancia de lo que duele”, sintetiza.
En psicología el uso metafórico de las luces y de las sombras permite dar contexto y complejidad a los claroscuro de la personalidad. La sombra como lo velado, lo no dicho, lo reprimido o lo traumático; la luz como su antagónico. Asimismo, a mayor luz, más grande el secreto.
“Era un imposible. A mí los imposibles me gustan para empezar a escribir, como un leitmotiv. ¿Cómo escribo un personaje hablando una hora sobre algo que no puede nombrar?, ¿de qué habla cuando no habla de lo que quiere hablar?”, se pregunta Natalia.
El arco narrativo está atravesado por la interacción de Desdémona con los objetos. En uno de sus tantos intentos termina por contar la relación con sus padres y hermanos. Los gráfica con juguetes y un móvil que gira alrededor y proyecta sombras que, llegado al clímax, aumentan de tamaño produciendo una sensación terrorífica de asfixia.
“Trabajamos con el concepto de que cuando sos niño, lo primero que haces es prender la luz. Laburamos mucho con eso. Pensamos que la cama era algo muy obvio, porque los monstruos van debajo de ella. La disolución entre el bien y el mal tiene que ver con las luces y las sombras. Era solo un juego de niños, no podía ser otra cosa, no se veía como un monstruo”, relata la directora.
Fotografía: Eugenia Barrera
¿Los monstruos están debajo de la cama?
Cuando lo nuevo todavía no nace y lo viejo no termina de morir, los monstruos emergen, decía Antonio Gramsci, pero ¿Qué pasa cuándo la maldad acecha y merodea los rincones de la casa? Desdémona lo describe con su rostro lánguido y lívido, apretando sus ojos como si quisiera dejar de escuchar los pasos que se acercan desde el pasillo, hacia la puerta.
Del otro lado, alguien gira despacio la perilla y ella hace más fuerza, intenta que alguien escuche su silencio. Todos están presentes, supuestamente duermen, es la hora de la siesta. Para ella, el resto también hace fuerza para dejar de escuchar y percibir que el monstruo huele a persona y trasnoche.
“Los dolores se filtran por el colchón. Podés tratar de taparlos, de esconderlos, pero de alguna manera aparecen. Desde el útero enfermo, del hijo que querés tener y no podés, una pesadilla. Por más que lo quieras tapar, un dolor así de fuerte, reaparece”, concluye Natalia.
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