Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por: Pedro Sosa
En Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino, ante la pregunta del Gran Kan por el destino infernal que se puede avizorar en las pesadillas, Marco Polo responde que “el infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”. Y agrega: “Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuo: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. Seinoumandi dio inicio, este mes de marzo, al décimo año de su ciclo.
El nombre es una palabra inventada. La intervención de la sílaba “nou” en medio de “Seimandi” (apellido del bajista del trío, Federico Seimandi), produce como resultado un sonido que remite tanto a la expresión en inglés “say no…” (y por lo tanto al “say no more” de Charly), como a una suerte de vocablo sin traducción posible, sacado de alguna antigua lengua sagrada. En cualquier caso, pareciera que “seinoumandi” es, de hecho, una especie de palabra mágica, una palabra-conjuro que convoca, de alguna manera, la realidad que designa. Y es que Seinoumandi es inseparable del hecho vivo que tiene lugar todos los martes en Pez Volcán.
Al público habitué de ese ritual semanal que interrumpe saludablemente la rutina laboral y la organización productiva del tiempo, se le confunden los diferentes martes y la memoria los mezcla y superpone. Pero a la vez, cada martes es único e irrepetible, nunca uno es exactamente igual a otro, lo cual explica el éxito de la propuesta, es decir, el hecho de que tanta gente vuelva religiosamente a Pez Volcán, semana a semana, después de casi 10 años de continuidad. En todo caso, cada martes, en ese lugar del mundo, que es acá, en Córdoba Capital, ocurre la magia. Hay que ver, y escuchar en este caso, para creer.

Seinoumandi es Juan Pablo “Paio” Theaux en guitarra eléctrica, Andrés Theaux en batería, sampler y saxo, y Federico Seimandi en bajo. Es curioso notar que el otro proyecto que lideran los hermanos Theaux, junto con Martín Ellena — y del que Federico también participa— lleva por nombre una derivación sonora de su apellido: “Toch”. Aquí, en cambio, es el apellido “Seimandi” el que está en la raíz del nombre de la banda y el que, estirado y transformado, termina por referirse al trío en su conjunto; como si hubiera entre los dos nombres un juego de envíos recíprocos.
De la interacción escénica entre ellos tres (que se ubican en la misma línea del escenario, la batería al frente, reflejando espacialmente el protagonismo compartido), emana un universo musical impresionante, una especie de aleph musical que se abre ante el público, en el que coexisten géneros, geografías y tiempos diversos: cumbia, jazz, candombe, folclore argentino, solo por dar algunas referencias. En ese mosaico universal convive el acervo más valioso de la tradición con la actitud moderna más radical, todo armonizado y entrelazado en composiciones propias con una sonoridad singular. Y, siempre, en el medio, está la improvisación, el genio de la invención espontánea, dibujando por acá y por allá figuras sonoras que quedan dando vueltas en el aire de Pez Volcán.
Alguna vez dijeron que Seinoumandi era como su “patio de juegos”. Ese espíritu lúdico es perfectamente ostensible en el escenario. Se los ve ahí arriba divirtiéndose, disfrutando, riendo, jugando: una especie de niñez inocente, despreocupada, feliz, se apodera de ellos y se contagia hacia el público, haciendo de cada martes una verdadera fiesta.

Una yunta variada de músicxs, bailarines, raperos, poetas, artistas visuales, etc., se ha ido tramando a lo largo del tiempo en torno a Seinoumandi. Mery Murúa, Negra Marta Rodríguez, Ema Oliva, Paula Emelí Rodriguez, Gabi Merlo, Fouad Costas, Juli Muratore, el Ale la Bestia, Soledad “la Loba” Segurado, son solo algunos de los invitados frecuentes a compartir el escenario. Y junto con eso, también se ha tejido alrededor del trío un ideario político. No se trata de un conjunto explícito de consignas, sino más bien de una orientación común, una sensibilidad compartida que se expresa en gestos y afinidades: la reivindicación de las madres y abuelas de Plaza de Mayo, los feminismos y la bandera de la diversidad, el repudio de las formas de explotación económica, la militancia ambiental. Una sensibilidad que, justamente por cierta indiferencia respecto de la realpolitik y del juego diario de la rosca política, tiene la capacidad de despejar y de discernir, en medio de tanto ruido cotidiano, lo importante de lo que no lo es, de marcar el terreno y de aclararnos a nosotrxs mismxs de qué lado estamos, más allá del narcisismo de las pequeñas diferencias.
Seinoumandi es el resultado de un modo de construcción cercano y artesanal, que trama a su alrededor una comunidad afectiva, viva y real. No es, nunca lo fue, en ninguna medida, un “fenómeno de redes”. Es, esencialmente, como decía antes, un hecho vivo (al cual se mantienen fieles los dos discos disponibles en plataformas, uno de estudio lanzado en 2023, y otro grabado directamente en vivo y lanzado en 2024). Y en eso radica, en gran medida, una potencia contracultural inusitada.
Seinoumandi es –su sola existencia– un cuestionamiento en acto de algunos de los valores dominantes de la sociedad contemporánea: de las formas de individualismo, del carácter cuasi-sagrado del dinero, del aislamiento y los mecanismos de autoconfinamiento, del consumismo, de la captura algorítmica del gusto y la atención, de la moda de la crueldad y el cinismo. Como una fiesta de carnaval, todo lo que pasa en ese momento impugna el estado de cosas actual.

En tiempos adversos, siempre pasan, a la vez, cosas que vuelven el mundo habitable. Seinoumandi es, para algunxs de nosotrxs, una de ellas. Siguiendo la indicación de Marco Polo en Las ciudades invisibles deberíamos decir: no es infierno.
Fotografía de portada: Koky Schroeder
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