La belleza de lo cotidiano: "Por encima de este techo que nos cubre, hay un cielo"

«Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo» es una obra teatro que explora la experiencia ritual desde un costado artístico. A partir del trabajo escénico de siete actores, el espectador es invitado a vivenciar un hecho teatral que trasciende el protocolo tradicional de este arte. El happening, el arte povera, el pop art y el surrealismo, son algunas de las influencias que provocan una reconfiguración virtuosa de los elementos convencionales.

Por Ignacio Bisignano |

🕒 8 minutos de lectura

«Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo» es una obra teatro que explora la experiencia ritual desde un costado artístico. A partir del trabajo escénico de siete actores, el espectador es invitado a vivenciar un hecho teatral que trasciende el protocolo tradicional de este arte. El happening, el arte povera, el pop art y el surrealismo, son algunas de las influencias que provocan una reconfiguración virtuosa de los elementos convencionales. En el Club la Varieté de Güemes, Arturo M.  Bas 844, se pudo disfrutar hasta ayer de esta experiencia teatral

El teatro como rito

Suele decirse que el teatro en tanto fenómeno cultural representa un ritual. Asistir a ver una obra implica cumplir una serie de pasos que se repiten en casi todos los espacios teatrales. La antesala, la venta de entradas, el ingreso a la butaca, la contemplación de los actos que ofrece el escenario desde la comodidad de la grada, el aplauso final y la salida. Esta hermosa rutina que tanto encanta a los habitués del teatro se ve interrumpida en «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo»en favor de un nuevo rito.

Desde que ingresamos a Club Varieté hasta que volvemos a la calle, somos testigos de una experiencia compuesta de una sorprendente cantidad de momentos escénicos puestos al servicio de una ceremonia artística. En su singularidad, cada fragmento parece justificarse por sí mismo, creando una sensación de autonomía basada en la tenacidad de su presencia. Sin embargo, al momento de contemplar la totalidad de lo ocurrido, se vuelve evidente el carácter coherente que ostenta el conjunto.

El hilo conductor entre los segmentos no es narrativo, sino artístico y conceptual. Aunque la unidad no responda al campo lingüístico descriptivo, las imágenes fluyen entre sí, se relacionan en una dinámica estética atrapante. Más allá de que no entendamos muy bien porque, el ojo sigue estando atento, permanece compenetrado sin que notemos una desconexión. Se siente la fluidez de lo que vemos.

La errada percepción inicial de un collage estrambótico de escenas cambiantes se resignifica paulatinamente en la inobjetable belleza de los hábitos de un rito. Vivenciamos las costumbres de un mundo inventado que transita el diálogo dramatúrgico, la danza, el erotismo, la violencia, las injusticas de género y la reminiscencia tribal. En definitiva eso es el arte teatral, un campo de hábitos inventados que se repiten, a pesar de que en cada repetición se sufra algo nuevo. 

El Arte pobre y la obra total

Robert Rauschenberg, artista emblema del Pop art y participante junto a John Cage de los primeros happenings (eventos artísticos multidisciplinarios en donde primaba lo performático) se burlaba de la solemnidad que suele imperar en el mundo del arte: “Me da pena la gente que piensa que los platos de sopa o las botellas de Coca-Cola son feas porque ese tipo de cosas son las que ven todos los días a su alrededor y por eso mismo las consideran despreciables”. Ese espíritu provocativo y artesanal de Rauschenberg es el mismo que impera en «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo». El dispositivo escénico de esta pieza teatral resulta llamativamente encantador, y ello ocurre justamente porque combate el ilusorio edén del “arte elevado” con ingredientes ordinarios. 

En esta obra de teatro, los espectadores son conducidos a una especie de carpa improvisada erigida con desechos y objetos cotidianos. Como toda creación del arte povera aquí se instaura belleza con elementos que suelen describirse como “feos” y descartables. Botellas, baldes, velas, diarios y sábanas viejas funcionan como artefactos versátiles capaces no solo de componer un cuadro estético atrayente sino también de transformarse al servicio de lo que cada escena exige.

Si Michelangelo Pistoletto, uno de los fundadores del movimiento del “arte pobre”, quería sacar el arte del sacrosanto santuario del museo, Sergio Aníbal Etchetto y Sergio Gustavo Suarez, creadores de «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo», sacaron el teatro de la inmaculada sala tradicional para situarlo en un entorno cotidiano e impropio de las exhibiciones escénicas. En una terraza de un barrio popular el espectador se encuentra in situ de una carpa construida con residuos que no deja lugar a una distinción tajante entre grada y escenario.

Este lugar atípico exhala la herencia del teatro de Jerzy Grotowski y las Merzbau (casas construidas con desechos) de Kurt Schwitters. Las creaciones de este último tenían el fin de crear un lugar híbrido y fantástico: en parte escultura, en parte collage, en parte construcción. Su intención final era la creación contemporánea de una Gesamtkunstwerk (obra de arte total) que contrastara con la solemnidad de la obra de arte total del romanticismo decimonónico. 

Venus de los Harapos – Michelangelo Pistoletto (1967). Obra icónica del Arte Povera.

Al igual que Schwitters, «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo» se propone crear una obra de arte total a partir de elementos no convencionales en el afán de ofrecer un microcosmos de fantasía. A partir de un artilugio de transición interactivo, el público aparece intempestivamente en un espacio de ensueño donde transcurre la acción. De repente, el espectador se encuentra perdido en un lugar que no ofrece ninguna referencia visual hacia el afuera.La escena conquista terreno y el arte se impone ante el instintivo ejercicio humano de encontrar cualquier indicador de realidad.Lo que mantiene atento a los espectadores no es un sitio escénico que contrasta con lo ordinario, sino más bien la actividad actoral en un micromundo atemporal y omnipresente. La suspensión del orden habitual de lo sensible se complementa con la hibridez y multiplicidad artística que toda obra de arte total (Gesamtkunstwerk) busca. Lo que experimentamos es al mismo tiempo una obra de teatro, una performance y una “instalación” con números escénicos. 

La versatilidad artística de esta pieza teatral se extiende al apartado musical de la propuesta. Los distintos momentos de la obra se desarrollan al compás de diversas piezas musicales excelentemente escogidas. Se transita una gama amplia y heterogénea de géneros musicales: rock británico, melodías sinfónicas, danza árabe, tango, electrónica y pop. Esta especie de cambalache genérico consigue una sorprendente identidad, de tal modo que, a pesar de la diferencia ostensible entre los pasajes sonoros, se manifiesta una sorprendente continuidad. Resulta significativo como toda la obra consigue ese sello propio en todos los rubros. Observamos un mundo ficcional plagado de hábitos rituales que se interconectan bajo la huella de una lógica intangible, pero veraz. Más allá de que cada segmento sea diferente, en todo momento se expresa la marca de un conjunto sintético.

Un refugio de lo analógico

La apuesta de hacer teatro en un espacio no convencional da lugar a una serie de dificultades que parecen robustecer lo que vemos antes de degradarlo. No es conveniente hacer coreografías en un sitio tan pequeño. Tampoco resulta aconsejable situar al público tan cerca. Sin embargo se decide ello. Y quizás allí se encuentra el carácter más virtuoso de «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo».Los problemas que la misma obra se impone son resueltos con solvencia.

Observar complejos ejercicios escénicos en un espacio tan particular provoca un inesperado placer óptico. La contienda en contra de la comodidad y el sentido común estético se percibe con un agrado contradictorio al esfuerzo que implica tal tarea. Las fuerzas ocultas que modelan lo visible reconvierten su ardua labor en un delicioso despliegue visual. La osada intención de buscar belleza en un contexto de cansancio corporal y obstáculos recurrentes abre paso al insoslayable amor que esta obra tiene por lo artesanal. 

Hay un convencimiento en la creación de lo vivo a través de lo manual. Es palpable la resistencia ante las facilidades que la ingeniería digital ofrece. En la era del monopolio de lo virtual, esta obra constituye un refugio de la cultura analógica.

A pesar de que YouTube, Spotify y Netflix se imponen como plataformas imprescindibles para casi todo quehacer actual, «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo» sostiene una defensa conmovedora de la objetualidad como medio de transmisión cultural.

La referencia física de la cultura declara su resistencia a la mediatización inmaterial de todo tipo de contenido. Alrededor de la escena observamos VHS, CD, casetes, libros de ediciones de antaño y cartas escritas con puño y letra. Frente al chequeo acumulativo al que nos incitan los estímulos frenéticos que recibidos a diario, aquí se pretende habitar las cosas en la totalidad de su aparecer. Quizás el detenimiento que exige la presencia material permita exhumar raciones de poesía enterradas por la voracidad de la inmediatez electrónica. 

Una oda al cielo

Al final de «Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo» entendemos que el ritual artístico que hemos disfrutado parece consagrarse como una oda al cielo. Esta obra es un tributo a la permanencia de lo bello por encima de las miserias humanas. Aceptar los costados precarios de la vida no implica abandonar la búsqueda de lo poético. Creer en la literatura y el arte nunca podrá conducirnos a un desvío superficial del sufrimiento. Encontrarse con la riqueza de las palabras de Baudelaire o Camus expresa una batalla incansable frente a la resignación y el languidecimiento.

Se trata de cambiar la mirada para encontrar recortes del mundo que destilan un deleite inesperado. Detrás de la tormenta que vivenciamos siempre se esconde un cielo. El dolor de un mundo hostil suele escoger el atajo de la anestesia veloz de contar con todo para no presenciar nada. La evasión del encuentro con lo inmóvil parecía el camino, pero de algo nos estábamos perdiendo. La belleza estaba presente en nuestra vida, pero necesitábamos del arte para observarlo de otro modo. Los límites que impone la ficción permiten apreciar lo que está por fuera. Los condicionamientos de un mundo inventado mostraron la puerta hacia el disfrute de lo ilimitado.  

Me detengo, observo hacia arriba y admiro la preciosa inmensidad. Después de atravesar un microcosmos ficcional hermético el mundo se me abre en múltiples direcciones. Logro contemplar lo ordinario como sublime. Nunca pensé que la noche de este barrio tendría tanto brillo para ofrecerme. El cielo siempre estuvo allí ¡Cómo no lo vi antes! Cómo puede ser que no lo vi…

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Ignacio Bisignano

Licenciado y profesor en Filosofía. Especializado en estética y filosofía del arte. Escribo ensayos y críticas sobre el teatro cordobés, también hablo de eso en “TeatroRadio” (Radio Gen 107.5).

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