Si todos quieren un pedazo del suelo argentino, ¿por qué les resulta tan ajenos y deplorables quienes lo habitamos? “El problema de Argentina es que está llena de argentinos”, dijo el ex presidente de la Nucleoeléctrica Argentina S.A, Demian Reidel, acusado de fraude fiscal por sobreprecios del 140% en contrataciones de personal de limpieza para Atucha I, destinados al pago de deudas millonarias suyas. En este momento el 49% de la Nucleoeléctrica está en periodo de concesión, es decir en búsqueda de potenciales acreedores, Peter Thiel es el principal candidato.
“Cualquier excusa viene bien para enojarse por cualquier cosa”, publicó en X el docente rosarino Mauricio Vera. Las redes en temporada de vacaciones de invierno y el vacío del mundial dejaron un caldero de emociones a flor de piel. Nadie escapa de la pavada ni los famosos, Samuel Jackson, Rosalia, Pedro Pascal, ya sea por el brain rot -cabeza quemada- de no mirar que repostean o porque pareciera que ninguna chicana futbolera se despega de la acusación de ser un país segregacionista, denunciaron racismo, desconociendo su propio paradero.
En redes toda discusión es un molinete de bosta, salpica para todos lados. El psiquiatra africano Frantz Fanon describió como la “zona del ser y no ser” a las delimitaciones que el colonialismo marcó a lo largo y ancho de las conquistas. El racismo es la línea que divide quiénes sí y quiénes no son aptos para levantar la voz, ocupar lugar y ser referencia. Esto traído a las redes con un presidente que dice ser “el más sionista de todos”, no hace más que constatar el elefante sobre la sala.
De igual modo y como bien describe Barb Pistoia “Argentina racializa la clase y extranjeriza la raza”, no hay que perder de vista que somos un país racista al igual que el extranjero lo es. Las denuncias individuales de una problemática colectiva por un lado banaliza la violencia de las consecuencias que acarrean “las zonas del no ser” -migración forzada, precarización, tráfico de personas-; y, por el otro, corre el foco de atención de qué está pasando frente a nuestras narices: la degradación humana y la venta de los recursos naturales.
Es que así como fue tendencia mundial el graff de “Las Malvinas son argentinas” desplegado en la cancha, no lo fue la concesión por 25 años a la empresa belga Jan De Nul sobre la vía fluvial del Río Paraná; la concesión por US$3.000 millones a los hermanos Más (dueños del Inter de Miami) de 527km de extensión de Vaca Muerta; el desarme nuclear de la CNEA y la visita de 7 funcionarios estadounidense en planta de Atucha I; y, la privatización de un sector del Parque Nacional Iguazú. El VAR no llega a todos lados, Rosalia va en contramano.
Medirse el aceite de qué país es el más racista es firmarle el 08 a las commodities internacionales. Lamentablemente la virtualidad es un saco sin fondo para una realidad cada vez más cruda y cínica. Si hace diez años el problema eran las fake news, hoy lo es la desconfianza ante un otro que se comunica primero por X y después pregunta cómo estás.
No creo que la respuesta sea la caridad de la tercera posición: filantropía de famosos con necesidad de expiación de sus pecados capitales. Samuel Jackson es tan contradictorio como lo es un jugador de fútbol declarando que “nosotros no hacemos política”. Más preocupante es notar que una discusión en redes exacerba emociones, mientras se felicita a un oficial por gatillo fácil; Galperín se ríe de una adulta mayor que no puede jubilarse por no contar con la moratoria o que el presidente no encuentra techo moral al considerar que es más factible abrir las importaciones, en medio de 28.000 PyMEs cerradas y 350.000 despidos.
Quisiera creer que la efervescencia del scroll impulsa a la conformación de una masa social en defensa y organización de sus derechos ciudadanos. Sin embargo, la linealidad y literalidad quedan en las redes, en tanto los intereses y concesiones sobre la posibilidad de que una empresa extranjera compre tierras sin tope ni miramiento de propietario -lo que propone la reforma de la Ley de Tierras Rurales- tienen consecuencias concretas.
Toda categoría analítica debe ser constatada en su presente. La esclavitud no es la misma que hace 200 años, el racismo tampoco, aunque sus mecanismos sean más o menos similares. El refinamiento de la tecnología no hizo que las relaciones humanas mejoren, más bien acentúo la eficiencia del capital.
¿Qué lugar nos queda habitar a quienes no heredamos tierras? ¿Cómo se redefine el racismo en el siglo XXI? En la línea del ser y no ser también existen los grises, aunque las fronteras sean cada vez más estrechas. Si los dueños del capital se pelean entre sí al punto de que el dueño de X es el “primer trillonario”, ¿Qué estamos discutiendo? Si el mismo país que se enriqueció con el petróleo venezolano luego de intervenir militarmente el país y secuestrar al presidente, durante el show de medio tiempo pone una gigantografía con la palabra “LOVE”: ¿de qué se jactan sus habitantes al generalizar que Argentina es racista?
Somos cada vez más extranjeros en nuestra propia casa.