“El año en que hablamos con el mar”: el agua como toda tierra

Abrir un libro y oler el mar. Pasar la página y sentir la tormenta cerca. Cerrar el libro con la emoción de haber hecho un viaje hermoso, con la compañía de un pueblo

Por Paulina Mancilla Pepicelli (Casa Chuncana)

El año en que hablamos con el mar” (La Pollera Ediciones, 2024), de Andrés Montero, tiene todo para abrazar la lectura nuevamente. Una novela que renueva el contrato de estas tierras latinoamericanas con el realismo mágico e invita a volver al gesto soberano de la imaginación, elegida como entrega de mayo en la suscripción literaria cordobesa, Casa Chuncana.

Julián y su hermano se reencuentran después de años separados por la distancia y el silencio. Julián partió joven sin mirar atrás; Jerónimo permaneció para construir una comunidad. Su regreso revoluciona a los habitantes de la isla que los vio crecer. La pandemia -el bicho, como le dicen allí- obliga a Julián a quedarse durante un año completo: tiempo suficiente para reconstruir su historia, que es también la de cómo un pedazo de tierra al lado del mar se convirtió en pueblo.

La novela se va tejiendo de relatos narrados como quien saca papelitos al azar de una bolsa. Dos hermanos, un hombre maldecido y sus hijos nombrados en orden alfabético, una barcaza que casi naufraga, un fotógrafo que se vuelve cronista. Todos conviven, se entrecruzan, y juntos arman un manojo de imágenes, sabores y sensaciones propias de un viaje bien vivido por una isla que no figura en ningún mapa pero es más chilena que el mismísimo escritor.

Con una larga trayectoria como narrador oral, Montero convierte la novela en una reflexión sobre el lugar de los relatos en una comunidad.

De hecho, y es la vedette de esta obra, la voz narradora de gran parte del libro está en primera persona del plural. Así cierra el primer capitulo de El año en que hablamos con el mar (2024): “(...) Y entre lo que contaron los mayores, y lo que habían oído los menores, y lo poco que nos habían contado los mismos mellizos, nos entretuvimos todo el otoño hilando otra vez una historia que parecía destejida para siempre” (p.66).

Porque así funciona la memoria de los pueblos: colectiva, coral, imposible de reducir a una sola voz, ávida por vivir junto a otros para después salir a contar lo compartido.

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