Duelo, memoria y canciones ricoteras

A lo largo de estos días vi miles de relatos de personas que contaban de qué manera el Indio había marcado sus vidas, acompañado pérdidas, amores, amistades y momentos decisivos como nacimientos, separaciones o procesos de (re)conocimiento de la propia sexualidad. Las poéticas del Indio ofrecieron un espacio para (re)conocerse en otros y otras, construyo comunidad

Por: Cecilx Castro*

Durante muchos años, en mi familia hubo un ritual que se repetía cada Navidad: sonaba una canción del Indio Solari. Se esperaba la medianoche, llegaba el brindis, y en ese instante se levantaban las copas por el hermano de mi pareja, fallecido años antes en una avalancha de nieve, como si cada diciembre el Indio ayudara a construir un puente entre los vivos y los muertos.

No voy a buscar, más consuelos tontos, no. Buenos Aires 2026. Kaloian Santos

No fue la misma historia la que se repitió en otros hogares, pero sí algo de esa experiencia. A lo largo de estos días vi miles de relatos de personas que contaban de qué manera el Indio había marcado sus vidas, acompañado pérdidas, amores, amistades y momentos decisivos como nacimientos, separaciones o procesos de (re)conocimiento de la propia sexualidad.

“Me volví a mi casa escuchando Los Redondos después de decirles a mis viejos que era puto”, testimonio compartido en redes.

Historias distintas, unidas por el mismo artista: sus canciones habían ayudado a nombrar emociones difíciles de explicar y, en muchos casos, a sentirse más humanos. Tal vez, porque en un país atravesado desde hace décadas por formas cada vez más agresivas de un capitalismo que fragmenta vínculos y mercantiliza la existencia, las poéticas del Indio ofrecieron un espacio para (re)conocerse en otros y otras, compartir fragilidades y construir comunidad.

Ondeando, luzca el sol o no. Córdoba 2026. Fotografía: Juan Cristian Castro

En buena parte de los estudios sobre música popular, género y sexualidades se ha prestado históricamente más atención a las letras, las identidades juveniles, que a una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué hace la música con las personas? ¿Cómo interviene en la construcción de nuestras subjetividades? ¿Cómo organizan nuestros recuerdos, nuestros afectos y nuestras pérdidas?

La despedida pública del Indio Solari permitió observar algo de eso. En Córdoba, como en muchas otras ciudades, ricoteros y ricoteras se reunieron para compartir canciones, abrazos, lágrimas, fotos, remeras, flores, anécdotas y su pasión. Más que una reacción ante la muerte de un artista, apareció una experiencia de duelo colectivo. Un sentimiento compartido que hizo visible que las comunidades musicales también son comunidades afectivas.

Al rey de esta jungla se le soltó un patín. Buenos Aires 2026. Kaloian Santos

Como sostiene la teórica feminista Sara Ahmed, los colectivos se constituyen a través de emociones que circulan entre los cuerpos y los conectan. No sentimos primero para luego formar una comunidad; muchas veces es el acto mismo de sentir juntos y juntas el que produce esa comunidad.

Más que un homenaje espontáneo, lo que ocurrió en plazas, bares y esquinas de distintas ciudades tuvo algo de ritual público. Un conjunto de acciones repetidas (cantar, abrazarse, compartir recuerdos, llorar y reír) que permitió transformar una pérdida individual en una experiencia colectiva. Del mismo modo que aquella canción navideña ayudaba a convocar la memoria de quienes ya no estaban, las reuniones ricoteras produjeron un espacio donde el dolor pudo ser compartido y, por eso mismo, hacerse más habitable.

Humano roto y mal parado. Velorio del Indio. Fotografía: Martín Rata Vega

Quizás por eso el Indio no puede reducirse a una figura que modeló ciertas masculinidades del rock. También atravesó las experiencias de mujeres, lesbianas, travestis, trans. Hoy personas no binarias que encontraron en las canciones, formas de pertenencia, amistad y visibilidad. Desde perspectivas transfeministas, el pogo puede leerse no solamente como una expresión de fuerza masculina sino como una práctica colectiva donde los cuerpos negocian cuidados, riesgos, proximidades y solidaridades.

Cuando el Indio dedicó "Juguetes Perdidos" a Micaela García, convirtió una canción en un gesto político y afectivo que acompañó el reclamo de miles de jóvenes que exigían justicia y transformaciones concretas frente a las violencias de género. Quizás allí resida una parte de su legado: no en la construcción de una figura intocable, sino en la capacidad de enlazar sensibilidades, dolores y esperanzas colectivas.

Ceremonia durante la tormenta. Velorio del Indio. Fotografía: Martín Rata Vega

Tal vez esa sea una de las mayores enseñanzas de la música popular: mostrarnos que una canción puede ser, al mismo tiempo, memoria, refugio y comunidad. Y que a veces seguimos cantando no para olvidar a quienes se fueron, sino para que continúen acompañándonos. Porque si las canciones del Indio ayudaron a reunirnos para llorar, recordar y celebrar la vida de quienes faltan, también pueden ayudarnos a sostener las luchas que siguen abiertas.

Qué corta es la vida mi amor. Córdoba 2026. Fotografía: Julio Pereyra.

*Cecilix Castro: docente de la Facultad de Ciencias de la Comunicación y Facultad de Artes. Antropologx y performer. Colaboradorx en Festival Grl Pwr.

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