Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por Ignacio Michel para Enfant Terrible
Con Donald Trump secuestrando al presidente de Venezuela y a su esposa, amenazando a Europa con apropiarse de Groenlandia y hostigando al presidente de Colombia y al de Canadá, queda en evidencia que la política exterior estadounidense busca convertir las relaciones internacionales en una versión descarnada de la ley de la selva: la ley del más fuerte.
Lo actuado por el mandatario estadounidense, sin embargo, merece ser leído desde otra dimensión. Desde la perspectiva de esta columna, constituye un reflejo nítido del proceso de transición hegemónica que atraviesa el sistema internacional. El viejo relato estadounidense como garante de la libertad y la democracia global ha llegado a su fin. Sabíamos que, en buena medida, se trataba de una construcción retórica, pero su soft power fue —y sigue siendo— extraordinariamente eficaz. Nos gustan sus películas, sus consumos culturales y el American Dream continúa vigente para vastos sectores de las sociedades al sur del Río Bravo.
Trump se encargó de decirlo sin eufemismos apenas días después: “queremos el petróleo”. Nada de derechos humanos. Nada de democracia. Ni siquiera el ya gastado argumento del “Cartel de los Soles”, que la propia justicia estadounidense terminó reconociendo como un bluff. Lo que queda al desnudo es una política exterior estrictamente imperial, que rompe con todos los manuales del derecho internacional para reinstalar, sin mediaciones, la ley del más fuerte.

El lector de estas columnas, tituladas De acá a la China, puede preguntarse: ¿y qué tiene que ver China con todo esto? La respuesta pasa por comprender que, en el actual proceso de transición hegemónica global, no solo hay un actor en declive —Estados Unidos—, sino también uno en ascenso: China.
Ese ascenso no implica que China haya reemplazado a Washington como líder global. Sin embargo, el peso económico y tecnológico que hoy detenta es innegable y constituye uno de los factores estructurales más relevantes del sistema internacional contemporáneo.
China es actualmente el principal socio comercial de gran parte del mundo y de la mayoría de los países de América Latina, una región que Estados Unidos ha considerado históricamente como su área de influencia privilegiada, su “patio trasero”. Allí aparece el primer argumento norteamericano y, al mismo tiempo, el primer punto de fricción: la pérdida relativa de centralidad de Washington en un espacio que durante décadas monopolizó política, económica y simbólicamente.
En este marco, la narrativa de la “amenaza china” vuelve a escena con fuerza. Desde hace décadas, Estados Unidos sostiene que el crecimiento económico chino derivará inevitablemente en una expansión militar agresiva y en la imposición de un orden autoritario a escala global. El argumento no es nuevo y funciona, en gran medida, como un espejo: describe la forma en que Estados Unidos ejerció su propio poder durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI. Intervenciones, sanciones, bloqueos, golpes “blandos” y guerras preventivas integran un repertorio ampliamente documentado, que hoy se proyecta discursivamente sobre el ascenso de otro actor.
En coincidencia con el sinólogo Gustavo Girado, el éxito económico y la prosperidad que atraviesa China ponen en tensión un supuesto central de la ideología estadounidense: la creencia de que la prosperidad material está inevitablemente asociada a la aceptación del modelo político liberal de las democracias occidentales. China demuestra que existen otras formas de desarrollo y, al mismo tiempo, otras maneras de concebir las relaciones internacionales.
El gigante asiático, en contraposición, observa con cautela cómo su rival sistémico se encarga, por sí mismo, de erosionar alianzas estratégicas con Europa, mientras su política interna se ve atravesada por una profunda crisis, marcada por las redadas del ICE contra migrantes: una paradoja en un país fundado, precisamente, por migrantes.
En América Latina, la ecuación regional se presenta con claridad: una potencia ofrece inversiones —con la Iniciativa de la Franja y la Ruta como expresión emblemática— y comercio; la otra exige alineamiento y sometimiento acrítico. Es responsabilidad de cada país identificar con claridad sus intereses nacionales para poder representarlos, con autonomía, tanto frente a China como frente a Estados Unidos.
Para concluir, la lección es clara: los intereses de los países latinoamericanos deben ser definidos y defendidos por sus propios Estados. No se trata de elegir bandos ni de alinearse acríticamente detrás de ninguna potencia, pero tampoco de actuar como bufones del presidente de Estados Unidos ni de nadie. Se trata, simplemente, de ejercer soberanía en un mundo en transición.
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra
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