Néstor Perlongher, en su vendaval de plumas, escribió que, cuando matan a un maricón, quieren ejecutar el devenir-mujer del hombre: ese filamento casi secreto, esa torsión dulce y peligrosa que desbarata la tiranía del macho. Quieren clausurar ese pasaje, ese puente clandestino que une la fragilidad y la insolencia, ese gesto que abre el cuerpo a una feminidad no autorizada.
“Matan a una marica”*: así nombró Perlongher el texto que, con lengua de loca, escribió en octubre de 1988.
Noviembre de 2025: “la policía de Córdoba mató a un pibe por puto”, decía un mensaje que llegó a un grupo de WhatsApp. Alguien preguntó: “¿hay alguna noticia que diga que era gay?”. Otrx respondió: “no sabemos si era gay, pero un testigo señala que la policía, antes de matarlo, le gritaba ‘puto de mierda’”.
Matan a una marica, o lo que los ojos policiales, turbios y lacerantes, señalaron como marica. Alentados por el odio que es política de Estado, matan a una marica. Como materialización de los discursos fogoneados en Davos, matan a una marica.
Marica: esa figura corporal donde el orden hetero ve su propio derrumbe, como un espejo que devuelve un brillo inadmisible. No importaba su deseo, su historia, ni la partitura íntima de su vida: importaba la sospecha, ese destello en la postura, esa hebra de delicadeza que, para ellos, es afrenta, herejía, desobediencia de género.
Así lo mataron: con la mirada ladeada, con el hocico de uniformados olfateando una falla, con el ansia de corregir el mundo a fuerza de golpes y de insultos. La palabra puto, que se les escurre con facilidad, les funcionó como un decreto de muerte, como un sello sacrificial de la masculinidad en pánico.
La Policía de Córdoba, a Samuel, lo vio así: no como Samuel, sino como el enemigo que sus fantasías represivas necesitaban.
Lo sentenciaron antes de pronunciar su nombre.
Lo mataron después de dispararle el insulto.
Porque —como escribió Perlongher en su vendaval de plumas— cuando matan a un maricón quieren ejecutar el devenir-mujer del hombre: ese filamento casi secreto, esa torsión dulce y peligrosa que desbarata la tiranía del macho. Quieren clausurar ese pasaje, ese puente clandestino que une la fragilidad y la insolencia, ese gesto que abre el cuerpo a una feminidad no autorizada.
Samuel Tobares
¿Samuel era gay o no?
Qué importa: fue capturado por esa visión policial que todo lo reduce a un rótulo viscoso. La policía no lo vio a él; vio el temblor de género que el macho teme, vio la floración mínima de un gesto que no encaja, vio un borde suave donde exigen ángulos. Y ese borde, esa sospecha, esa posibilidad de desviación, fue suficiente para fabricar una víctima.
Porque el régimen policial-viril no tolera los cuerpos que descomponen la dureza. Necesitan borrar el desliz, la torsión, el brillo oblicuo. Necesitan restaurar la muralla del macho aniquilando lo que la fisura. Por eso matan maricas: porque matarlas es su modo de custodiar la identidad pétrea que se les cae a pedazos.
¿Samuel era gay o no? Qué importa.
Lo que importa es lo que su cuerpo irradiaba para ellos: el fulgor imperdonable de no pasar por varón según sus parámetros. Puto, puto, puto, le gritaron. Importa que su existencia —apenas movida, apenas inclinada, apenas distinta— les recordó que hay mil devenires posibles que no caben en sus armaduras. Lo mataron para asegurar la ficción del varón entero.
Para sofocar, en un cuerpo ajeno, lo que temen de los suyos. Para ejecutar, otra vez, esa política del exterminio del devenir-mujer que, aunque no estén dispuestos a reconocer, late en cada hombre y que ellos llaman —con odio y con miedo— puto.
Nestor Perlongher y Cia
*"Hablar de homosexualidad en la Argentina no es sólo hablar de goce si también de terror. Esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos, que los sujetos tenidos por "homosexuales", padecen tradicionalmente en Argentina -donde agredir putos es un deporte popular- anteceden, y tal vez den a explicar, el genocidio de la dictadura", (Néstor Perlongher, 1984. P.31).
El jueves negro. El día que la institución sentenció y silenció el cuerpo y la voz de Diego Armando Maradona. Un pueblo sin cuerpo, un hombre sin piernas. Si Cristo en la cruz es la señal de las consecuencias del poder sobre el perdón; las piernas estocadas de Diego fueron la señal de que un país quedó al desamparo de una ilusión flanqueada
La presentación oficial en vivo del disco será esta noche en Chilli Street Club (Córdoba), a las 20h, junto a Los Hermanos Domínguez que abrirán la noche