Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

Por Ignacio Michel para Enfant Terrible
El pasado 3 de septiembre, China celebró con un imponente desfile militar el 80º aniversario de la victoria sobre Japón, conocido oficialmente como el Día de la Victoria de la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa. La ceremonia en la Plaza de Tiananmen no solo fue un acto conmemorativo, sino también una demostración calculada de poderío militar y tecnológico.
En la pasarela militar aparecieron misiles balísticos intercontinentales, misiles hipersónicos, sistemas de armamento nuclear, drones aéreos y marítimos, e incluso perros robóticos de combate, elementos que no pasaron desapercibidos en los titulares occidentales, incluso el propio presidente de Estados Unidos, con su particular modo hizo alusión al evento.
La imagen política más resonante del histórico acto fue la presencia de Xi Jinping junto a Vladimir Putin y Kim Jong-un, tres líderes de países con capacidad nuclear, en primera fila de una veintena de mandatarios invitados. Esta postal se encadenó con otra tomada días antes, durante la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), que reunió a Xi, Putin y Narendra Modi, primer ministro de India. La participación del líder indio resulta particularmente significativa, dado que Nueva Delhi atraviesa tensiones con Estados Unidos por los aranceles y con la Unión Europea por su negativa a reducir la compra de petróleo ruso. Estas imágenes proyectan a China no solo como conmemoradora de su pasado, sino también como anfitriona de un orden internacional en transformación.


Más allá del despliegue armamentístico, el desfile tuvo un trasfondo simbólico de gran peso: reivindicar el papel de China en la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Desde la narrativa occidental —y especialmente a través de la industria cinematográfica de Hollywood— el relato histórico ha colocado a Estados Unidos como el gran artífice de la victoria sobre el nazismo, mientras que el rol de la Unión Soviética y de China suele ser relegado o invisibilizado.

China busca corregir esa omisión, recordando que la resistencia al Japón imperial le costó alrededor de 35 millones de vidas, en su mayoría civiles, y que durante ocho años mantuvo ocupado a gran parte del ejército nipón, contribuyendo decisivamente a la derrota final de las fuerzas fascistas en Asia. Al conmemorar aquella gesta, el gobierno de Xi Jinping refuerza la idea de que el pueblo chino no solo fue víctima, sino también protagonista de la victoria antifascista mundial, un mensaje que conecta tanto con la memoria histórica como con la actual narrativa de proyección internacional del país. Esa epopeya, sin embargo, no se limita a los desfiles en Tiananmen, sino que encuentra su expresión más cruda y conmovedora en Nankín, escenario de una de las mayores atrocidades de la guerra, hoy convertido en museo y espacio de duelo colectivo.


El Museo de la Masacre de Nankín es un encuentro directo con una de las páginas más oscuras del siglo XX. La mayoría de los visitantes chinos concurren vestidos de negro o blanco. En la entrada principal, un cartel con la palabra solemnidad anticipa el tono del trayecto. Poco después, a cada visitante se le entrega una flor blanca que debe colocarse en memoria de las víctimas al final del recorrido.
La cifra es estremecedora: 300.000 personas asesinadas en Nankín por el Ejército Imperial japonés, en su mayoría civiles. Pero no es solo el número lo que duele, sino la brutalidad con que se llevaron a cabo las masacres, recordadas por las torturas y violaciones masivas que dejaron una herida imborrable en la memoria china.


Como en casi todos los espacios públicos de China, una multitud considerable desborda el museo. Sin embargo, lo que domina el ambiente es un silencio sobrecogedor. El respeto impregna cada sala. Las personas avanzan lentamente entre documentos —la masacre de Nankín se distingue por la abundancia de registros y pruebas históricas que hoy se exhiben en el museo—, fotografías y testimonios que dan cuenta de los horrores cometidos.
El museo no es únicamente un espacio de historia, sino también de conciencia colectiva y advertencia universal. China proyecta su futuro y entiende que sin memoria no se puede avanzar.
China no olvida.
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