Malandro: “Soy lo que aprendí en la calle y en la vida”
De cara a un nuevo jolgorio en Córdoba, el Malandro de América dialogó con Enfant acerca del fascismo, los códigos de barrio, su presente y la misión que tiene para su vida
Atorrante con clase y categoría, desde niño hasta adulto. Matías, Mala Junta, el Joven Sandro, Malandro de América, apodos que cuadran con distintos pasajes de la vida de un artista hecho por y para la calle.
From Las Tunas hasta La Quiaca, el Malandro compone, dibuja, camina el conurbano bonaerense y celebra jolgorios por todo el país, con la misma humildad y altura que desde sus inicios. Hombre de barrio y familia, cantor de noches de luna llena y artista con más de dos décadas recorridas en el underground, el rapero nos comenta sobre los códigos de la calle, el fascismo, sus puentes con el rock y su misión en esta vida.
Este sábado vuelve a pisar tierras cordobesas a las 00.00 h en el Club Paraguay (Marcelo T. de Alvear 651) junto a Bidiwan, integrante de la legendaria banda de rap de Villa El Libertador, Sudaclan.
A sus cuarenta años, el Malandro de América cuenta con un repertorio que incluye 14 mixtapes, 5 álbumes y más de 300 sencillos. Es actualmente uno de los artistas argentinos que más sencillos produce por mes.
“Mi vieja ya está por jubilar, mi viejo es jubilado y y cuando fui a las manifestaciones sociales, fui por por mi familia. Yo pongo el pecho por mi familia, por mi gente”, expresa el Malandro de América a Enfant Terrible.
Malandro junto a la T y la M. Foto: Autoría a quien corresponda.
Sin chamu ni autotune, de la calle pa' la calle
“Mira mis límites, paredes, countries, y negocios, respira profundo de la contaminación que gozo, ignorados por el gobernador y socios, pero vamos a salir como el agua de acá..del pozo!” , From Las Tunas (2014).
Pocos eran los pibes que a principios de los 2000 convertían sus bocas en cajas de resonancia capaces de producir un beat digno de ser rapeado por un tercero. En las plazas no había competencias ni masivas rondas de jóvenes gritando erreape. Sin embargo, la cultura del hip hop se hacía lugar en las periferias de las grandes ciudades, de norte a sur de Argentina, destinada a convertirse en lenguaje universal.
“No era nada fácil hacer rap en esos años, cuando nos juntábamos en la plaza y alguien pasaba y nosotros notábamos como un gesto de aprobación, lo perseguíamos dos cuadras para preguntarle si escuchaba hip hop, si conocían a tal o cuál artista. Y así nos hacíamos amigos”, nos comentaba el año pasado, el Indio Javier Ortega, pionero -al igual que Malandro- del rap en Argentina, amigos entre sí.
Los referentes no proliferaban como en la actualidad, pero los había. La escena existía y a pesar de no tener el reconocimiento que sí gozaban en ese entonces la cumbia o el rock, raperos como Sergio Sandoval, El Brujo, Mustafa Yoda, Fuerte Apache, daban los primeros shows y talleres de rap para la pibada. Un tal Matías Ezequiel Mansilla, los escuchaba y asentía que la música también era lo suyo. Si ellos pueden, yo también.
Calles de barro, techos de chapa, niños corriendo de a montones, tías con reposeras en la vereda. La maldita policía vigilando cada tanto. Con visera a todos lados, vestimenta elegante sport, rodillas raspadas de caídas en el potrero, el pibe de las rimas soñaba con ser una leyenda del under y así ayudar a su familia y a su barrio a tener una mejor vida.
“Quiero ver a mi gente reir y festejar, jure poner en las alturas a mi barrio las tunas, es un orgullo fuerte ser de este lugar”, canta en uno de sus primeros videos subidos a Youtube, donde le da rostro y voz a su barrio, Las Tunas, villa colindante con Nordelta, apenas separados por un mural y un abismo de desigualdad social.
A pesar del abandono estatal y la carencia de oportunidades, el Mala nunca paró de crecer, tanto en seguidores en la vida real como en las redes sociales, no sin padecer las miradas largas de narices paradas -y no tan paradas-, y las detenciones arbitrarias de la policía.
“El fascismo me pega de cerca porque de guachin sufrí mucho la discriminación, hoy día también, por mi pinta, por por cómo me veo, por cómo me visto, si no fuera porque soy un artista reconocido y hoy un gran artista de este país no sé si tendría las cabidas que que tengo. Creo que hasta hasta se me hizo bastante difícil por esto mismo, por la diferencia que hacen con uno digamos. Y creo que es importante compartir la experiencia”, expresa Malandro.
Pionero del trap, leyenda del rap
Antes que las caras tatuadas fueran la norma y los chascarrillos de las barriadas se convirtieran en la melodía común de las canciones más pegadas del trap, un tal Mala Junta comenzaba a filmar y subir sus primeros videos. Por entonces, una mujer gobernaba la Nación, la selección perdía la final con Alemania en Brasil, y la inflación nuevamente era titular de los diarios.
El freestayle, por su parte, crecía entre los jóvenes y empezaba a copar las plazas, con algunos raperos que profesaban la cultura entre la masa obrera amontonada en los bondis y los subtes. En Córdoba, personajes y bandas como Carballo, Jeez, Locotes, Doble H, Loko Frankachela (CFC), Sudaclan, entre otros, asomaban desde Cofico hasta Villa Libertador dándole una impronta cordobesa a la escena nacional.
El rap y el trap pujaban por encabezar una ola en crecida. Adolescentes como Ysy A, Duki, Wos y Trueno, daban sus primeras batallas en El Quinto Escalón. Mientras tanto, el Mala ya había recorrido las plazas del conurbano de oeste a este con el free, en representación de Las Tunas y General Pacheco (Tigre, BS.AS), bajo el aka de el perroh. “Antes no era solamente ser freestayler, tenías que caer a los barrios de los demás y eso era respetable. Tenías que ganarte el aplauso. No solo era filmarte y subirlo a redes”, comenta el Malandro en una entrevista en Caja Negra.
Esa calle, recorrido y códigos vieja escuela, serían constitutivos para la carrera del joven Sandro. El amor a la madre (a quien le dedicó los primeros frutos de sus trabajos), el respeto a la familia y el barrio, la vigencia de los códigos, la humildad, la caballerosidad, la lealtad a los suyos, son valores impresos en las letras de sus distintos discos. Desde Jolgorio y Jarana hasta Mucho Lov First Class, un lenguaje reconocido en miles de barrios, decenas de murales con su rostro y también impreso en cientos de pieles.
“A los códigos yo los tengo arraigado desde mi familia, desde la calle misma y desde lo que aprendí. Anduve en la calle desde los siete y hoy con el hip hop recorrí de punta a punta todo Buenos Aires, todo el conurbano, aprendí un montón de cosas. Aprendí de la gente grande, del hampa, de la gente buena, de la laburadora, de los tránsfugas, de la calle misma y todo eso me llevó a a ser quien soy. Soy lo que aprendí en la calle y en la vida”, comenta Malandro.
Para Matías, ya conocido como el Malandro de América, el freestayle, el trap y la noche pintaban los paisajes diarios. Hizo del trap lo que quiso, como un pionero distinto del subgénero. Si la norma era hablar de putas, drogas y dinero, el Malandro cantaba:
Ya cerré ese portón, es otra película, pero el chascarro, la esquina y la esencia del rrioba esta ahí, papá Ya visualicé, di un giro, el rumbo cambié Pero no cambié, fiel al ghetto, no bardeé (Malandro de America, Jolgorio y Jarana, 2015)
En sus inicios, el trap no era visto con buenos ojos; masbien era asimilado como una cierta degeneración del rap, tanto en su armonía y melodía como en su postura social y valores. Si el rap históricamente cantaba sobre la realidad de los ghetos y las barriadas populares, el trap, como subgénero, llegó para pervertir y desafiar los límites de lo cantable.
Sin embargo, el Malandro no se hizo tanto problema ni le esquivó al desafío de argentinizar el trap. Le imprimió a este una escencia distinta a la que luego se hegemonizaría. “Vos más que un real G sos un alpargangsta”, canta en uno de sus temas, donde se mofa del cartel que muchos traperos se pusieron a sí mismos al entender o asumir que trap era sinónimo de una vida de gánster estadounidense en la Argentina del siglo XXI.
Al contrario del común, el Mala retrató y le puso voz a las situaciones conflictivas de las barriadas y también a aquellos sujetos que hacen al imaginario social y familiar argentino: el vago y atorrante, el tío soltero, la vecina del barrio, el inmigrante senegalés, la gorra, etc.
De homenajes, misiones y palabra
Con interpretaciones de Sandro, el Indio Solari y Leonardo Favio, El Malandro de América ha tendido puentes con el rock y la cumbia, explorando nuevos géneros más allá del rap. Como él mismo explica, esa incursión en diferentes estilos nace de su necesidad de evolucionar y no quedarse en un solo lugar.
“A pesar de que uno pueda a veces cambiar de género, para mí, la gente me banca y me acompaña por lo que digo, más que por lo musical. Mi mensaje es lo que tiene más peso. Puede venir un productor super importante, pero mi gente va a estar siempre esperando qué tengo para decir. Para mí, es un desafío y algo muy reconfortante cuando lo logro, es de lo más lindo que te puede pasar”, expresa.
Antes de que la industria del mainstream lo reconociera, el Mala ya era popular en todo el país. Su canción “Amor de vago” impulsó su carrera y llevó su voz a sonar de punta a punta en Argentina, según contó en una reciente entrevista con La Voz del Interior. Que su música se masifique después de dos décadas de trayectoria no hace más que confirmar su talento y perseverancia, haciendo justicia para con una leyenda viva del hip hop nacional.
“Yo vine con una misión y la misión es dejar un mensaje. Que si Dios, la divinidad, el universo, las energías, como le quieran llamar, Alá, Buda… el mundo me dio este don y tengo el poder de comunicar algo bueno y transformador para la gente, yo creo que esa es mi misión. ¿No? Ser el puente. El puente del mensaje. Hacerte llegar el mensaje, de una forma en la que te la dice tu viejo o tu vieja, te la digo con música. Esa es mi misión”, concluye el artista.
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