Metele Catú en La Piojera
Metele Catú se presenta el viernes 17, a las 20:30h, en el Centro Cultural La Piojera (av. Colón 1559). Entrada libre, salida a la gorra

De la historia Billiken, a los procesos históricos para rescatar el nombre propio. El recorrido de una biografía trazada por todo lo que la sociedad espera de las vidas travestis y de lo que “La Berkins” decidió construir junto con otras.
Así como Mitre 'canonizó' a los héroes patrios, hasta volverlos no más que efemérides, las travestis también podrían adjudicarse sus propias heroínas canonizadas por los manuales de la heterocisexualidad: la expulsión de espacios institucionales -familia, escuela, trabajo-, las múltiples violencias como el estigma social, las razias policiales, la prostitución y el mito de la Ley de Identidad de Género.
Sin embargo, las travestis produjeron un relato propio, combativo, clandestino: el lenguaje carrinche, que aunque se dice extinto, forma parte del inconsciente colectivo.
“No es solo tener derechos, es poder construir un lenguaje en común, donde la palabra travesti no sea solamente una mala palabra”, Lohana Berkins.

Lohana nació el 15 de junio de 1965. Pasó gran parte de su niñez en Pocitos, localidad al norte de Salta, limitrofe con Bolivia. Hija de padre peronista, militante y “gaucho de Güemes”, trabajaba en la refinería de YPF. A los trece años, su padre, le da un ultimátum: “o te haces bien hombre o te vas de la casa”.
“Cuando planteé algo concreto de que quería transicionar, me dijeron que no. Pueblo chico infierno grande... Y me fui, ¿cómo era posible que no vengan a buscar a su propio hijo? Ahora viéndolo en retrospectiva, fue la mejor decisión que tomé en mi vida”, cuenta en Historias Debidas para Canal Encuentro.
Su tía -a quien consideraba su “hada madrina”- y amigas maricas, fueron sus salvavidas. Le enseñaron a tejer, a coser, a montarse. Esas alianzas fueron performando a una Berkins que buscaba, a través del juego, quien quería ser.

Siendo expulsada de su familia, de la escuela y de su pueblo natal, con la plata que junta viaja a Salta Capital. Allí es detenida, por primera vez, por estar pernoctando en el parque “San Martín”. Como era menor de edad, la policía la demora y en lugar de llevarla al reformatorio, le recomiendan que busque a“La Pocha” Escobar: “madre de las travestis”. Ahí tendrá su primera revelación: la prostitución, la calle y la clandestinidad, parecen ser los únicos destinos posibles para las de su especie.
“Primero conocí la prostitución y el sabor del dinero. Me educaron para la putería. Sin embargo, me lo tomé como un juego. No lo sufrí hasta tiempo después cuando me di cuenta por lo que tuve que pasar. En su momento, el silencio era el valor más preciado que teníamos en la calle. Te alienas tanto que crees que es lo único que podes hacer”, cuenta Lohana en ‘Decime quién sos vos’.
En el 76', se muda a Buenos Aires y comienza a trabajar en un cabaret. Allí cambia su nombre a Ana, como su madre. La dueña le recomienda que busque algo más “cabaretero”. Medio en chiste, medio en serio, toma prestado el prefijo “lo”, que anteponía su tío a todo lo que nombraba y pasa a llamarse Lohana.

Para las travestis, la dictadura tuvo una prolongación mucho más duradera que la vuelta de la democracia en el 83'. Los edictos policiales y los códigos contravencionales eran “exclusivos” para las personas que “visten a su sexo opuesto”, pasando periodos de detenciones de hasta treinta días.
Para evitar ser detenidas, inventaron un lenguaje propio, una lengua secreta, hoy casi extinta: “el carrinche”. Un lenguaje del cuerpo, de la identidad y de la palabra:
“De haber sido entendidas por los carcelarios, en aquellos momentos donde se imponía la transa tránsfuga contra el poder, hubieran sido apresadas o castigadas como criaturas de la huida”, escribe Alejandro Modarelli en Página12.
Los controles, en el calabozo, no serán solo de cacheo. Aparecerá una etiqueta nueva para estos cuerpos acechados por la yuta y dejados a la deriva en las zonas rojas:“la peste rosa”.
“La prostitución es un error verla solo desde la pobreza. Es más que eso, es una cuestión de clase social. Se puede hacer por poder o por dinero. Compartir la marginalidad nos dió un conocimiento para sobrevivir en las calles, teníamos que estar pillas, no podíamos andar por las avenidas. Aprendimos a ocultarnos en cada recoveco que encontrábamos”, comenta Lohana en ‘Decime quién sos vos’.
En el 90, adentro del calabozo, fundan A.T.A (Asociación de Travestis Argentina). Según, Claudia Pía Baudracco un oficial al mando les dijo: “¿Qué piensan hacer ustedes, crear una asociación de travestis?” En paralelo, la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), venía movilizándose en las Marchas del Orgullo, con Carlos Jauregui como presidente. Ellas se acercaron buscando unidad política, él les contestó: “está es la pata que le faltaba al movimiento”.

“La participación travesti en la marcha fue no sólo numéricamente mayor que la de los otros grupos, sino que nuestra colorida vestimenta hacía que destaquemos dentro del conjunto. La decisión de llevar atuendos coloridos fue sin duda una estrategia alternativa a la invisibilización que se nos había impuesto”, relata Berkins, en ‘Itinerario Travesti’.

Desde la década de los 90’s, hasta mediados de los 00’s, Lohana pasó de las esquinas a trabajar en cargos públicos. En 1994 funda la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti-Trans (ALITT), y la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMA). Ambas organizaciones fueron impulsoras en la erradicación de los edictos y códigos contravencionales.
En el año 1998, fue asesora del legislador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por el Partido Comunista, Patricio Echegaray, convirtiéndose en la primera travesti con un trabajo estatal. Se desempeñó también como asesora de la legisladora porteña, Diana Maffía, en Derechos Humanos, Garantías, Mujer, Niñez, Infancia y Adolescencia. En el año 2001, se postuló como candidata a diputada nacional:
“Uno de los motivos que me impulsó, fue preguntarme: ¿Dónde estábamos paradas, qué era todo esto? Teníamos que salir del papel de víctimas y la salida era colectiva. Teníamos que ser sujetas para el cambió revolucionario. Yo no creo que la sociedad haya cambiado, somos nosotras que avanzamos en nuestros derechos” cuenta Lohana a Eduardo Aliverti.
En 2005, escribió “Cumbia, Copeteo y Lágrimas”, con el objetivo de registrar qué sucedían con la vida de las travestis, sus pasatiempos, vivencias, afectos y el contacto en carne propia de lo que implica nacer, vivir y morir en la ilegalidad.
“Existía mucho relato oral individual, pero no colectivo. Nos encontramos con que nuestras principales causas de muerte se daban por asesinatos policiales, enfermedades relacionadas con el VIH o el uso indiscriminado de las cirugías en condiciones insalubres, pero lo que nos acecha siempre son enfermedades asociadas a la pobreza”, relata Berkins.
En 2008, funda la primera cooperativa textil para travestis: “Nadia Echazú”. Nombrada así en memoria de su amiga asesinada por la policía. El objetivo fue que las travestis y trans tengan otra salida laboral que no sea la explotación sexual. Cómo dice Ivanna Aguilera: “no estamos en contra del trabajo sexual, queremos tener la posibilidad de decidir. De lo contrario, estamos hablando de prostitución”.

El 2010, fue un año bisagra para la promulgación de leyes en defensa de los derechos de la población LGBTIQ+, al aprobarse la reforma del Código Penal -“Matrimonio Igualitario”- y la posibilidad que dos personas del mismo sexo-género puedan contraer matrimonio, asegurándose una herencia.
Si bien fue una noticia celebrada por el colectivo en su conjunto, no dejó del todo satisfecha a Lohana, al considerar que si las travestis querían casarse, lo iban a tener que hacer con sus nombres de “varones”. Sin embargo, había algo que le llamó la atención y fue el proyecto de la Ley de Identidad de Género, impulsada por la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Travestis (FALGBT).
“Nosotras decíamos que la identidad de género se encarna en un cuerpo, no está en el aire. Esto es lo que queríamos que el proyecto contuviera. Si la identidad es un derecho humano primordial, también lo es la salud. No había nada que separar. No había que discutir sobre la cuestión de si primero la identidad y luego la salud”, cuenta Lohana en “La Berkins: una combatiente de Fronteras”.
Recorre el país buscando armar un frente para elaborar un proyecto de ley propio. Logra juntar a quince organizaciones de diferentes partidos políticos, militantes autónomos, trabajadoras sexuales, profesionales de la salud y miembros del Estado, fundando así el “Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género”.
Se reunían en el bar-restaurante “La Nueva Embajada”, (Buenos Aires). Entre los ejes principales, solicitaron: la despatologización de las identidades no hetero-cis, el cambio registral de la partida de nacimiento, el trato digno y respetuoso, y la atención integral en salud dentro del ámbito público y privado.
El 9 de mayo de 2012, se aprobó, con 55 votos a favor, la primera ley en el mundo en reconocer como ciudadanas a las personas travesti y trans: la Ley de Identidad de Género N° 26,657.
“Para llegar acá muchas compañeras dejaron sus vidas. Hoy, a la sociedad que nos dice negras, viciosas, ladronas, a la que nos quiere esconder permanentemente, le decimos que somos ciudadanas y ciudadanos ¡de primera! Que se cuiden los que creen que nos van a humillar, porque no somos las travestis de antes”, comenta Lohana en “La Berkins: una Combatiente de Fronteras”.

Hay personas que tienen un conocimiento de sí, que parecieran saber cuándo han de morir, Lohana no fue la excepción a la regla. Desde hacia tiempo que convivía con la Hepatitis C. Sus dolores aumentaban considerablemente al entrar en contacto la silicona en sus glúteos y pechos, con la camilla de metal helada.
Para la escritora, antropóloga y amiga, Josefina Fernández, fue todo un proceso acompañar a Lohana en sus últimos años, mientras escribía “La Berkins: Una Combatiente de Fronteras”.
“Si yo hubiera pensado en estas cosas antes, no me hubiera hecho nada de lo que me hice. O lo hubiese hecho más protegida. Yo me pregunto ahora ¿cómo pude agredir mi cuerpo de esta manera?”, relata Lohana a Josefina.
Pasó del exilio de su tierra natal a terminar la secundaria, de las andanzas en las esquinas a postularse como diputada, de aprender de la vida en la calle a comandar un proyecto de ley, en un frente con más de quince organizaciones, solo le faltó cumplir su mayor fantasía: “Lohana Berkins, presidenta de la Nación”.

“El mayor orgullo de la vida es que cuando yo muera, pongan en la lápida: aquí yace una persona que fue absolutamente feliz de ser travesti”, concluye en Historias Debidas.
Fotografía de portada: Télam
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