Estados Unidos: una espiral de muerte y espectáculo en nombre de la libertad

Cientos de personas, especialmente menores de edad, mueren todos los años en los colegios estadounidenses en lo que ya es una triste y trágica cotidianidad. La última masacre de Texas revela cómo operan los medios hegemónicos presentando las masacres estudiantiles como hechos aislados, cómo el lobby de la muerte y las armas antepone el mercado a la vida y cuáles son las consecuencias de una sociedad acostumbrada a la espectacularización de la violencia.

Por Redacción Enfant Terrible |

🕒 5 minutos de lectura

Por Julia Pascolini para Enfant Terrible

Foto de Gabrielle Galimberti, parte de su ensayo "Ameriguns" sobre la libre portación y acumulación de armas de guerra en Estados Unidos

El 27 de mayo Salvador Ramos de 18 años entró a la escuela primaria Robb, en el estado de Texas, Estados Unidos y mató a 19 niños y niñas y a dos profesores. El responsable de la masacre fue asesinado por agentes de seguridad. Había recibido como regalo de cumpleaños dos fusiles semiautomáticos tipo AR15.

Estados Unidos protege a través de su II Enmienda el uso personal de armas. Los motivos son: defensa propia y evitar la tiranía del Estado. “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado Libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas". 

Las milicias, originadas durante la Guerra de Independencia estadounidense tenían como principal objetivo garantizar la defensa del pueblo de los abusos de poder que podían cometer las fuerzas oficiales: el ejército profesional. En este sentido, en la actualidad, organizaciones como la NRA (National Rifle Association of America) se oponen a todo tipo de regulación y reglamentación en torno al uso de las armas resguardándose en esta enmienda y en el derecho a la libertad individual.

Los defensores de la regulación, por su parte, explican que “la milicia bien ordenada” como concepto no refiere a la individualidad sino justamente a la organización colectiva en caso de ataques producidos desde el exterior. Durante 70 años, hasta el 2008, a través de un fallo de la Corte Suprema de ese país se logró una mayor regulación del uso de armas a través de las competencias ampliadas a los Estados. Sin embargo, en ese año otro fallo volvió a los inicios de la Enmienda II luego de que un policía demandara al Estado por habérsele negado la venta de un arma.

“De los mil millones de armas de fuego en circulación mundial a partir de 2017, 857 millones (85 %) están en manos de civiles, 133 millones (13 %) están en arsenales militares y 23 millones (2 %) son propiedad de los organismos encargados de hacer cumplir la ley”

Estos son datos de la Small Arms Survey, un proyecto suizo sobre el uso de armas a nivel global, asimismo aseguran que Estados Unidos lidera el ranking de civiles con armas superando el número altísimo de 120 cada 100.000. Es decir que el número de armas es mayor a la cantidad de personas (una persona puede tener más de un arma y no existen mayores limitaciones al respecto más que la exigencia de licencias en algunos Estados).

Según la descripción de la BBC de la masacre de Texas, Ramos era “un joven con problemas de adaptación y comportamientos erráticos”. Esta justificación, reproducida por todos los medios hegemónicos, aporta a la construcción de esta clase de delitos como individuales, monstruosos, aislados y alejados de lo que en realidad son: el producto de una sociedad profundamente segregada, desigual, con altos grados de paranoia colectiva y con acceso irrestricto a armamento de guerra.

Entre 2011 y 2014 se produjo al menos un tiroteo masivo cada 64 días en los Estados Unidos. Unas 40.620 personas mueren cada año por armas de fuego en Estados Unidos, según la oenegé Everytown For Gun Safety, o 111 personas por día.

Sin embargo, el caso de Ramos no puede ser analizado de forma aislada. Es difícil pensar en una sociedad menos punitiva cuando los propios Estados formulan estrategias de desestabilización contra la paz social. Es decir, que el uso de armas sea un derecho constitucional para evitar la tiranía del propio Estado, además de haber quedado atrasado, es por lo menos, parte del problema. En nombre de la libertad se han hecho muchas cosas. Los hechos políticos tales como la conformación de una constitución deben ser observados en su contexto social e histórico determinado. No es posible comparar a la sociedad de ese entonces (1787) con la actual. 

En medio de la conformación de los Estados Nación como tales, es a lo menos entendible que existieran dinámicas que posibiliten a les ciudadanes defenderse del abuso de poder por ellos perpetrado. Sin embargo, trescientos años después, las cosas, seguramente, cambiaron un poco. En ese sentido, Estados Unidos, a pesar de tener un Estado fuerte, legitimado como tal a partir de la I Guerra Mundial, es un país regido por lógicas empresariales. No es casualidad que el mayor mercado de armas a nivel global esté dirigido por la industria yanqui y tampoco es casualidad, que sea el primero en iniciar conflictos bélicos en nombre de la libertad y el progreso.

El mercado de armas genera, en este sentido, dos cosas: por un lado, discursos anti institucionales y de libertad individual en los cuales la propiedad privada se presenta como la justificación de la defensa propia. Por otro lado, perpetúa un sistema global en el que las cosas se resuelven a través de la violencia y no existen otras posibilidades. No por nada la pena de muerte sigue existiendo en varios Estados de ese país. 

Los casos como el de Texas no son aislados. Están basados en estas dinámicas de la violencia y el sostenimiento de una cultura de la libertad individual legitimada en las lógicas que ofrece la propiedad privada por sobre la vida. A su vez, Estados Unidos cuenta con una sociedad que espectaculariza la violencia y perpetúa discursos en torno a la buena vida americana que generan, también, muchas desilusiones. La fama, el consumo de la vida como mercancía, las operaciones de los medios de comunicación, son puntapiés para la bronca y la destrucción de lo comunitario. Cuando lo que prevalece es la supervivencia individual, la destrucción de lo colectivo se vuelve potencia.

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