Desilusión inesperada: reflexiones sobre el fallido debut de la selección argentina

El golpe de una derrota inesperada nos dejó un sabor amargo difícil de sacar. En este texto Nacho Bisignano propone una catarsis colectiva a caballo entre la poesía y la pasión futbolera.

Por Redacción Enfant Terrible |

🕒 3 minutos de lectura

Son las 23:26, la continuidad de un día difícil. La jornada se vuelve latosa y desabrida ¿Cómo era antes? La poética de lo inesperado abandona su deleite fantasioso y golpea con cruda realidad. Tan sólo quería disfrutar las horas en una agenda cargada de momentos placenteros de un deporte que entusiasma. Pero la planificación de un bienestar amable se hace trizas en dos jugadas.

Solo cinco minutos fueron suficientes para que la alegría de un mundial se convirtiera en la maldita copa del mundo. La imagen en movimiento de dos pelotas entrando en un arco bastaron para que lo querible se vuelva despreciable. El comentario de Twitch, la TV del fondo y la repetición incansable de los goles consagraron
un castigo diseñado con los mismos ingredientes de aquel festín autocomplaciente ya destruido.

La angustia vivenciada no tiene sentido, pero a ella no le importa. La sensación irracional no encuentra expresión adecuada, pero está más cerca del reproche propio que de la culpa ajena.  Los confusos intérpretes deportivos de una mañana de martes endiablada parecen irradiar su pesar a una porción de almas sufrientes al sur del planeta. El día se transita como si fuéramos nosotros los que hicimos algo mal. Yo siento que hice algo mal, aunque no pueda esquinar una pelota más allá del centro del arco y a los 30 minutos me salve el
salbutamol como oxígeno artificial.

No depende de mí, pero la creencia subjetiva no acusa recibo: yo soy parte de ese “deberíamos” que no se cumplió ¿Qué cosa deberíamos? meter más goles, responder la cachetada a tiempo, preparar de otro modo el partido… tantas cosas. Aunque duela, mejor quedarse deambulando en lo que hicimos, ya que afrontar “lo que haremos” es aún más insoportable ¿Cómo esperar una proximidad que oscila bruscamente entre la absoluta desgracia y el mero alivio?

El evento definitorio de un lejano sábado contra México solo puede regalar una sutura, a sabiendas que la cicatriz preventiva acariciaría nuestra ansiedad en una inalcanzable tarde de miércoles frente a Polonia. Aquí la incertidumbre no se trata de triunfar, sino del riesgo a morir. La anticipación de una contienda sin contratiempos era el camino cobarde que nuestra imaginación diseñaba. Ahora que lo calculado no existe, y el acontecer es este, llegó el momento de apreciar lo dado.

La cercanía de una pena irrevocable nos vetaba (y nos veta) de disfrutar un presente futbolero plagado de pinceladas irremplazables, algunas por bellas, otras por dolorosas. Depende de mí, claro, por eso indago en lo ocurrido más allá que lo reinante recaiga en una treintena de impávidos aventureros. Quizás el traspié implique una fastidiosa persecución de la permanencia infructuosa en la batalla.

El desierto de allá muestra que lo vital no aparece en el condimento anecdótico de una historia desplegada de antemano. Lo vivo emerge en el forzado trazo que lo acontecido imparte. Tanto en las tierras arábigas de Qatar como en los vestigios de esta Nueva Andalucía mediterránea, la poesía se impone en el mal trago de evitar la expiración de un baile que no controlamos.

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