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"El rostro del trabajador en primer plano"
Votaron sin mirar. Hablan de ellos. Legislan sobre ellos. Calculan sobre ellos. No miran. El trabajador, el laburante, el obrero, no es una cosa. Es la respiración a las seis de la mañana. Es la mano que tantea la oscuridad buscando la ropa del día anterior. Es el cuerpo que ya sabe, antes de levantarse, cuánto pesa la jornada. No miran cuando dicen modernización. No miran cuando hablan de robustez normativa. No miran cuando pronuncian mercado laboral, como si el mercado no tuviera párpados, cicatrices, hambre, sed, sueños. El trabajador no es el mercado. Es el que carga la bolsa, la que limpia el vidrio, la que programa en silencio, el que cose, el que mezcla el cemento, la que vende en la esquina sin factura, el que factura sin descanso para bolsillos ajenos. Más del cuarenta por ciento habita esa frontera imprecisa que llaman informalidad. Como si la intemperie pudiera formalizarse con una palabra. El laburante no es una palabra. Es un rostro que vive. Un rostro que sostiene el país, mientras el país discute cómo sostenerlo. Un rostro atravesado por la historia del movimiento obrero, por conquistas que no cayeron del cielo, sino que fueron arrancadas al tiempo, a la explotación, al miedo, a lo desconocido. Cada derecho fue primero una herida. Cada descanso fue antes una huelga. Cada jornada limitada fue antes una jornada infinita. Y ahora, otra vez, hablan de reforma. De flexibilizar. De actualizar. De modernidad. Clicks. El trabajador no es la reforma. Es la condición de posibilidad del país. Sin él, no hay producción. Sin él, no hay crecimiento. Sin él, no hay futuro que se pronuncie en voz alta. Sin embargo, quienes votan su destino lo hacen sin sostenerle la mirada. Levantan la mano. Aprietan un botón. Festejan con un TW. Nunca con el pueblo. No miran. Y tal vez ese sea el gesto más elocuente de todos: que se puede votar sobre un cuerpo, sobre un rostro, sin mirarlo nunca. Parados ahí al frente del Congreso, en las plazas, en una avenida.