
Fotogalería
Corsos cordobeses: memoria, crítica y celebración popular
Febrero en Córdoba más que un mes, es una grieta de luz. La ciudad, tan aplicada a su geometría de trámites y horarios, amanece de pronto con una costura suelta por donde se escapa el barrio entero, vestido de lentejuelas improbables y bombos que no piden permiso.
El corso no empieza cuando suena el primer redoblante; empieza mucho antes, en la mesa donde alguien dibuja un boceto torcido de traje soñado; en la reunión donde se discute si este año la murga va a cantar más fuerte o más claro.
La organización comunitaria es un animal paciente: crece en silencio, se alimenta de mate compartido y de esa obstinación que tienen los vecinos cuando descubren que juntos son más que la suma de sus cansancios.
Las murgas, esas academias del aire libre, ensayan una pedagogía distinta. Enseñan que el cuerpo puede decir lo que la boca calla, que el salto es también argumento, que la crítica puede ser una editorial envuelta en banderines. El barrio, entonces, se vuelve un texto coral, cada voz desafina un poco, y en esa leve imperfección aparece el carnaval.
Hay quien confunde el carnaval con un permiso para el exceso. No entiende que se trata, en cambio, de un permiso para la imaginación colectiva. Durante unas noches, la ciudad abandona la prosa disciplinada y se atreve al verso callejero. El poder observa con esa incomodidad que provoca lo imprevisible, no sabe dónde empieza la crítica cuando viene pintada de colores, ni cómo domesticar una ironía que baila.
Reivindicar el corso es defender esa grieta luminosa en el calendario. Es afirmar que la cultura no se decreta, se organiza. Que no desciende en forma de espectáculo, sino que asciende desde la vereda, desde el club, desde la plaza donde los chicos aprenden a tocar antes de aprender a resignarse.
Cuando el último bombo calla, algo queda suspendido en el aire. No es nostalgia, es una certeza. La comunidad ha ensayado su propio relato y lo ha puesto en escena. Ha recordado que el barrio puede ser protagonista y no decorado. Y esa memoria, que canta, que ríe y late, es una forma exacta de resistencia.
Siguiente