Nadia Larcher: “trine m'ijita, trine”

A horas del cierre de su gira por Córdoba en el valle de Traslasierra, entrevistamos a Nadia Larcher, cantora, investigadora y docente catamarqueña que presentó su primer disco solista: “Trinar. La flor”. En la conversación, recorrimos el oficio del cantar, el vínculo con las ancestras, las luchas por el territorio

Por Débora Cerutti*

El canto de las aves. La rabia. El andar diciendo y gritando lo que pensamos, lo que sentimos, sin callarnos más. Trinar es eso, y es la palabra que la abuela de Nadia Larcher le obsequió entre los algarrobos de Andalgalá para resistir, para recordar el canto de los pájaros, para no callarse nunca más.

Trine, m´ijita, trine, le decía.

Esta palabra, tan bonita, tan sentida, tan antigua y venida de los diálogos con las ancestras, da nombre al disco de la cantora catamarqueña, su primer trabajo solista que presentó durante el mes de junio en la provincia de Córdoba. Trinar, una palabra que su hermana guardó entre los recuerdos de la infancia compartida para ofrendársela, muchos años después, trayendo al presente a la abuela María. Es en el momento de la pandemia cuando Nadia comenzó el proceso creativo de este disco: “Necesitaba sanar mi cuerpo, mi relación con el ciclo lunar, con mi útero. Sentía que la abuela estaba todo el tiempo ahí. Apareció allí la idea de trinar y vino el reencuentro con ella y con su frase: Trine, m´ijita, trine la guitarra, trine. Y cada vez que lo cuento, voy repasando de qué se trata esa palabra”.

Nadia sostiene que “trinar” es una palabra hechizo que produce encantamiento: “Primero puse la atención en los pájaros y el recuerdo de mi mamá y mi abuela criadas en la montaña, la relación sonora con las aves. El escuchar la musicalidad de la naturaleza, para una campesina, es como su playlist. Mi abuela transmitió eso y mi mamá también, una gran escuchadora de esas melodías”. En segundo lugar, Nadia, con mirada perspicaz, nos dice que hay algo más que esconde esa palabra; es el ejercicio de soberanía y de autonomía de aquellas mujeres indígenas, diaguitas calchaquíes que cantaban en la montaña y a las que la sociedad les prohibió el canto, les prohibió la alegría, como parte de la dominación ejercida por el patriarcado, como parte de la colonización que vivieron nuestros territorios: “Hoy en día, vemos una coplera desde nuestra percepción occidental y no nos damos cuenta que ahí hay un canto de resistencia. Si hay una coplera, hay una persona y una generación que, generación tras generación, resistió a la defensa de ese canto”, dice Nadia. Su abuela lo sabía: al decir “trine”, estaba diciéndole a sus hijas y a sus nietas que ejercieran su soberanía. Trinar nos eleva a la dignidad de los pájaros, trinar es sacar la fuerza, enojarse, defenderse: “un hechizo contra el racismo que nos tocó vivir por tener sangre originaria”, sentencia Nadia.

Fotografía: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas 

Conjurar el canto

Nadia viene de una familia donde la oralidad es parte de la resistencia, donde las vivencias, los cuentos, las anécdotas aparecen una y otra vez. Su abuela María, la cuentera, su abuela Catalina, que todavía está viva y no deja de contar, como una forma de “literaturizar” su vida, dice Nadia. Juntarse alrededor de un fuego para narrar, para hidratar el territorio con la oralidad, como escuché una vez en la voz de Pablo Rosalía, divulgador de relatos orales (Relatos del viento). En esos fogones, también se escuchaba música, cantos acompañados por guitarras, sin grabadores, sin reproducción digital del sonido. Sólo el momento. Un momento de  encantamiento. La música de Nadia tiene esa base de relatos, de historia, de saber contar.

Larcher es la primera generación de su familia que estudió en el secundario y luego en nivel terciario. Y de alguna manera, al decir de la cantora, es la generación familiar que empezó a incorporar conceptos occidentales como “arte”, “proceso creativo” en su lenguaje. En ese transcurrir, Nadia visualiza un alejamiento de su lengua madre, de su cultura diaguita calchaquí, sus juegos, su comida, sus tejidos, sus formas. En ese mirar-se se nombra a sí misma. Un proceso de iniciación que comienza por alejarse, irse lo máximo posible, para volver a mirar el origen con ternura, sin perder la posibilidad de observarse para tensionar, para discutir: “Por eso este regreso a mi origen y la decisión de poner a mi abuela en la tapa y que no sea un disco andino de un estereotipo indígena. Es mi propio relato interno”.

Fotografía: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas

La espiritualidad y el oficio

En 2021, durante la pandemia, ocurrió una caminata que marcó a Nadia. Los bosques patagónicos estaban ardiendo por los incendios, como muchos otros territorios a lo largo y ancho del país. Un grupo de mujeres indígenas salieron a recorrer 1900 kilómetros para denunciar el terricidio, el racismo y el genocidio de los pueblos originarios.  Caminaron más de un mes hasta llegar al Congreso de la Nación, en Buenos Aires. Nadia siguió sus pasos y fue entendiendo que lo que ellas estaban haciendo, era espiritualidad: “Es importante leer la espiritualidad de nuestras propias comunidades. La manera en que te relacionás con la madera, con estar en la tierra. Mi mamá es tejedora, por ejemplo, ella hace ponchos, peleros y yo veo una forma de espiritualidad en la manera en la que trabaja esos materiales. Y esa espiritualidad para mí está sostenida en una relación con el tiempo que es diferente”.

Así, lo artesanal aparece rebosante de espiritualidad, al igual que el acto de componer canciones y hacer recitales, donde la música propone, en escasos minutos, momentos de trance: “Una canción te puede hacer sentir la eternidad. No es esta linealidad que nos enseña el mundo occidental, sino justamente la composición más fractal de las vidas de las personas. La espiritualidad es escuchar ese tiempo otro”.

Fotografía: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas. 

El oficio de cantar es comunitario, nos dice Nadia, no hay oficio de cantar si no hay la posibilidad de regalárselo al otro, dárselo al otro. Nunca se camina sola, nunca se canta sola. Hay además, un sostén de las cantoras, una incidencia en el canto de Nadia de esas mujeres con las que se sentó a dialogar y a escuchar. Su oficio está cargado del canto de la montaña: “Lo puedo sentir en mi corazón, en mi garganta”, nos dice.

El oficio baja a tierra y nos ponen los pies sobre la tierra, lo que lleva todo hacia la praxis, hacia las manos, hacia el hacer: “No vamos a poder hacer una mesa con la idea de la mesa. El oficio implica tiempo, dedicación, pero sobre todo humildad para poder sostenerlo, para iniciarlo, para crecer en él”.

Fotografía: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas.

La flor, el fruto, la raíz

Trinar, está acompañado de un primer movimiento: la flor. La fragilidad, el salto al vacío y la belleza. Y sobre todo, su abuela materna: “Cuando ella muere, yo quedo muy conectada a su ser. En un sueño muy hermoso que tuve con María, me dijo: Yo soy un lapacho blanco, mijita. Me puse así a juntar semillas de este árbol, yo quería un lapacho blanco en la puerta de mi casa porque era mi abuela. Y así es de traviesa mi abuela, que no es posible sembrar un lapacho blanco, porque es una mutación genética del lapacho rosado, una especie de albinismo. Entonces, ante la imposibilidad de sembrarle un árbol a mi abuela, se lo quise cantar. Empecé por la flor y luego viene el fruto, que es lo que cae a la tierra y vuelve. Las raíces, es a lo que vamos. Y ahí dije, ahí está mi abuela andina, mi abuela diaguita, planteando esta sabiduría. Pretender ahora ir a la raíz con la edad que tengo, con el conocimiento que tengo, es como hasta inconsciente. Mi abuela me está pidiendo que haga el viaje hacia la raíz. Empecé por la flor porque también vi mi propia fragilidad ahí. La flor que cumple su ciclo, que cae a la tierra, que alimenta la tierra, que guarda la semilla. La flor ya es el árbol de alguna manera. Eso me gustaba y las flores, nuestras florcitas del bosque nativo, del campo nativo, del monte que son tan bellas y tan preciosas también son como mi abuela. Ahí, ella era una flor también”.

Fotografía: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas

Nombrar y sostener la palabra

La conjunción entre el deseo artístico y el compromiso político, es también un eje que abordamos en la conversación con Nadia. Venir de Catamarca, de Andalgalá, ese territorio donde todavía hoy se sostiene cada sábado del año, desde hace 16 años, una caminata por la vida, por el agua, por la defensa del territorio en contra del extractivismo de la megaminería.

Nadia narra lo difícil y doloroso, las violencias, las censuras, la represión del 15 de febrero del 2010. El duelo. Las soledades. Los familiares que dejaron de hablarle, la ruptura de los lazos comunitarios: “Después de ese 15 de febrero, hemos quedado totalmente rotos”. Así, actualizar la resistencia a través de la identidad y de la memoria colectiva, aparece como un  acto de reconocimiento hacia esas generaciones que se resisten a una vida marcada por la minera.

Fotografía: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas.

La memoria colectiva construye mi memoria, dice Nadia. Y continúa: “Estas memorias que aparecen en mis cantos son como el color de mi piel. Hay una memoria de lo que estamos construyendo y una memoria muy necesaria para el día a día, que tal vez toque un poco a esta idea de espiritualidad de la que estamos hablando. La memoria como herramienta, como activación de la percepción, de la escucha”. Como un ejercicio necesario para el cotidiano, para hacer que el discurso baje a la carne.

“Hay que nombrar el dolor, hay que nombrar la resistencia, hay que nombrar a los pueblos, hay que nombrar lo que hacemos. Necesitamos recuperar nuestro sentir comunitario. Nuestro sentir de andalgalenses, de pueblo. Nombrar también la conciencia, la alegría y empezar a hacer las preguntas necesarias para ver cómo vamos a seguir pasando esta información de todo lo que vivimos. Es una deuda pendiente”.

Nadia es Andalgalá, su río, su piedra, su comunidad que resistió. Que luchó. Que lucha. Nadia es parte de su belleza. De su trinar.

Fotografía de portada: Débora Cerutti, en el concierto realizado en el Centro Cultural La Urpila, Villa de las Rosas.

*La entrevista fue grabada y producida junto a Aimé Sancho Furlán en el marco de un proyecto de podcast que tiene lugar en el valle de Traslasierra, Córdoba. 

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